Por qué no me callo. JUAN MARICHAL

 

JUAN MARICHAL FOTO

Juan Marichal/El Pais.com

La infancia de Juan Marichal  no fue una empresa fácil. Pero ocupó en Harvard la primera cátedra hispánica (de 1816) y tocó el cielo con la mano. En los años 20, a los niños con padres sin recursos los criaba otra mujer, una segunda madre; en su caso, María la herreña. Este insigne paisano, que hoy recibe un homenaje póstumo de la mano de Fernando Delgado en el Instituto de Estudios Canarios (La Laguna), decía que a ser humilde “se aprende”. Vivió con Solita Salinas -hija del poeta del 27-, su novia de Princeton, una existencia sosegada, en la ‘isla’ de un despacho con doscientos mil libros en castellano. Esa calma académica le acompañó tras litigar con la guerra y los suicidios de su vida: en México, salvó de la muerte a su tío protector, Domingo Pérez Trujillo, que se cortó las venas en la bañera y leía el final de Séneca descrito por Montaigne, pero no pudo evitar que reincidiera fatalmente cuando ya él vivía en EE.UU.  ¡Aquellos suicidios españoles republicanos, al estilo de Stefan Zweig! También se mataron su segundo hijo, en California, y Óscar Domínguez, en París, que le hacía juguetes en su casa de Tacoronte. Marichal parecía un hombre zen, y yo indagaba en el loto de su mirada lo que había detrás de los recuerdos. Había hambre atrasada, me contó, “viendo los tollos que almorzaban los jornaleros”. Discípulo de Américo Castro sin ringorrango y antólogo de Azaña, a los 80 años me hizo un pronóstico: “En el 3000, Negrín será considerado el gran estadista español del siglo XX”. Decía que Aznar había “leído mal” sus cuatro volúmenes de Azaña, regalo de boda de Ana Botella. Era un tímido feliz que se quitaba importancia. Agradecía al azar su plaza en Harvard muy joven, “¡la lotería!”, exclamó su suegro. El exalumno J.F.Kennedy votó a favor de su nombramiento. En realidad, era un islote con las raíces lejos: en su casa de Cambridge escribía ‘El secreto de España’ (Premio Nacional de Historia) con una manta esperancera, y prologó el ‘Natura y Cultura’, porque, según me dijo, “dignificaba nuestro pasado”. A veces vacilaba como hacía Cocteau de Víctor Hugo: “Me siento como un loco que se cree que es Juan Marichal”. Y ponía cara de Anthony Perkins en ‘Psicosis’.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario