EMILIO LLEDÓ: “LA VEJEZ NO TE HACE MÁS SABIO, SINO MÁS CRÍTICO”

 

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Cuando Fernando Delgado comentaba que “hemos tenido gobernantes demasiado optimistas, pero el optimismo siempre es necesario”, se incorporó Emilio Lledó a la tertulia de LAS MAÑANAS DEL MENCEY y se sentó al lado del jardín junto a nosotros. “No es verdad que el hombre sea un lobo para el hombre. ¿Somos así, malos? No, somos buenos, como nos recuerda la figura de la madre,” comenzó diciéndonos por alguna razón. Hablábamos del ‘Mundo que Queremos’, el ciclo que coordina Fernando desde hace -¡ya!- once años en el Espacio Cultural de Cajacanarias, hoy fundación (en esta edición sobre el ‘Saqueo a la democracia’). Y el profesor y filósofo, uno de sus primeros invitados, la noche anterior, junto a Amelia Valcárcel, catedrática de Ética, completó la reflexión: “El impulso amoroso en la historia humana es muchísimo más poderoso que el impulso maligno”.

 

De ahí que, de pronto, nos viéramos sumergidos en una conversación ‘en el aire’, como se dice en la radio, sobre un asunto tan trascendente. Y el otoño nos mostraba su cara más amable en la terraza del hotel después de unos días lluviosos. Lledó estaba en su isla, en la que trabajó como catedrático de la Universidad de La Laguna, en los años 60, tras formarse en Alemania, cuando aún le quedaba por hacer nada menos que una carrera heroica en un país de nuevo libre, tras los ecos de Ortega y Gasset sin salirse del mismo siglo. “Fue mi primera experiencia docente universitaria, mi primera cátedra. Y recuerdo que yo construí mi propia isla dentro de Tenerife. Mi hijo más pequeño, Fernando, nació aquí y tiene 45 años. ¡Todo ese tiempo ha transcurrido desde aquellos días maravillosos!”

 

El invitado de ‘CANARIAS EN LA ONDA’ (TEIDE RADIO) introdujo el tema de uno de sus libros, ‘Ser quien eres’, la educación, que casaba con lo que decía. “El ser humano es lo que la educación hace de él”. Lo acuñó Kant, citó Lledó, que, de inmediato, aclararía: “El 10% de esa influencia corresponde a los profesores y el resto al imaginario colectivo, a los medios de comunicación, sin ir más lejos.” Nos lo dijo mirándonos. Nosotros éramos en ese instante los medios de comunicación, y el filósofo del lenguaje, el académico que escribió ‘El silencio de la escritura’, nos exhortó a expulsar de los medios las frases hechas: “Poner en valor”, eligió al azar, por ejemplo.

 

A propósito, ¿puede alguien ser un experto en la televisión y no consumirla? Don Emilio confesó las cicatrices que le dejó la estulticia de la vaga polémica sobre su credibilidad en aquella labor, de cuando le tocó presidir un comité de sabios para transformar la ‘caja tonta’ en algo cívicamente útil y algunas voces críticas no le perdonaron que él mismo admitiera no ver la tele en casa (por accidente, y, de paso, por voluntad propia). “Fue una circunstancia doméstica, el aparato se averió, pero hoy quizá lamente haberme pasado diez meses de mi tiempo estudiando informes y libros en inglés, alemán y francés, hasta convertirme en un erudito del tema.” Lo contó con media sonrisa y otra mitad de resignación. “¡Qué se le va a hacer!” Así transcurre el tiempo entre nosotros en un país que se levanta con el colmillo afilado hasta que se vuelve a acostar.

 

Pero, si bien la ‘caja tonta’ no ha encontrado mejor destino, a la vista de los hechos, el pensador que teníamos delante recobraba la pasión al hablar de los libros como si fueran sus hijos. “Tengo una gran biblioteca con los libros de mi vida. Y cuando los miro se me van los ojos y veo mi vida en ellos. Y algunos parecen estarme diciendo, ¡oye, que hace tiempo que no nos tocas!” (acaba de publicar una compilación de ensayos con el título ‘Los libros y la libertad’).

 

Sin querer, Lledó deslizó varias veces la palabra tiempo, la de su otra obra ‘El surco del tiempo’, y ya no tuvo más remedio que hablar de él, y dejamos aparcado el capítulo mediático, con lo que nos liberaba de asumir competencias que él ya desempeña en la Real Academia Española: el cuidado de las palabras. “Desde el punto de vista filosófico, el tiempo, lo efímero es esencial. Y desde el punto de vista físico, lo miden los latidos del corazón. El tiempo es el pulso”. Y regresó, en el tiempo, a Aristóteles, que dijo: “El tiempo es la medida del movimiento, según el antes y el después”.

 

Marlene Meneses, responsable del programa, tenía, como Fernando Delgado, José Antonio Pardellas y un servidor, la tentación de escuchar al profesor renunciando egoístamente a hacer preguntas. Cuando los invitados son un pozo de sabiduría (don Emilio replicó en antena que la vejez no te hace más sabio, en todo caso “te haces más crítico”) siempre tienes el temor de interferir, al preguntarles, el curso de lo que tienen que decir, y entonces preguntas casi con la mirada, sin interrumpirles, esperando del oyente de radio la misma complicidad. Lledó hablaba del tiempo desde una edad larga, pero seguro de sí mismo, como si ya lo hubiera comprendido. El secreto del tiempo. Y dio su receta particular para estar en forma a las 86 recién cumplidos como si tuviera veinte años menos: “Trabajo mucho y pienso mucho. A veces, el pensamiento me produce tristeza, y a veces, entusiasmo y alegría.” En este punto, retomó el hilo de Fernando Delgado cuando este epicúreo autor de ‘Elogio de la infelicidad’ se sumó a la mesa: “A pesar de todos los pesares, soy optimista”, sentenció antes de que le recordaran que tenía pendiente otra entrevista, y nos dijo adiós con la mano obedeciendo la servidumbre de la fama con un deber kantiano.  

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a EMILIO LLEDÓ: “LA VEJEZ NO TE HACE MÁS SABIO, SINO MÁS CRÍTICO”

  1. jose antonio

    Magnífico recuerdo, Carmelo. gracias.

     

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