Por qué no me callo. ANTES Y DESPUÉS

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Edificio del desaparecido periódico La Tarde, en la calle Suárez Guerra, de Santa Cruz de Tenerife

Santa Cruz, a veces, se parece a Santa Cruz. La caserna cultural de los 60-70 en la que me crié en un perímetro de salones artísticos y literarios, donde la calle era un cosmorama de músicas, esculturas y aprestos teatrales, y Suárez Guerra me traía y llevaba de Radio Club a ‘La Tarde’ y a la Librería ‘La Prensa’, de mi tío Paco Martínez del Rosario. El filósofo Emilio Lledó, que era catedrático en La Laguna, saluda a los libros de su biblioteca como parte de la familia, que, a veces, le dicen, “¡oye, hace tiempo que no nos tocas!” En esa esquina del diagrama con la calle del Castillo, echo de menos de memoria los libros de mi infancia y a mi tío detrás del mostrador vendiendo los de Ruedo Ibérico de estraperlo. Callejeo por la ciudad y no la reconozco en su taracea de olvidos, como si yo viviera en un Santa Cruz imaginario, otro, y busco refugio en el TEA. El viernes, volví a ver una cola de gente por fuera del Espacio Cultural de CajaCanarias, como en tiempos de la Obra Social con Martín y Pascual Arroyo Gajate. ¡La edad de oro de la Transición! La ciudad rebosaba de bellas artes y coral (de voces blancas). La serpiente humana, esta vez, acudía a escuchar al Gran Wyoming, J. J. Millás y José Chamizo. Hace cuarenta años, convocábamos ríos de gente para ver a Cabrera Infante en las jornadas Canarias-América, movilizábamos a los cineastas y a la Escuela de Actores, o traíamos a Lindsay Kemp y al Teatro Negro de Praga. De pibe vi a los escultores en plena faena en la muestra que cumple cuatro décadas, bajo la mirada contenta de Westerdahl y Pérez Minik. A cada rato, ahora, repito el itinerario por las plazas donde expone Henry Moore, con tal efeméride, hasta el domingo. El profesor Lledó, invitado al undécimo ciclo de Fernando Delgado ‘El mundo que queremos’, nos habló en la terraza del Mencey (para Teide Radio) del tiempo filosófico y físico, con el otoño más amable del mes en el jardín, y citó a Aristóteles: “El tiempo es la medida del movimiento, según el antes y el después.” Por el pensador invulnerable no pasan los años (86) y Santa Cruz volvía a ser la que era en la cola de público a dos pasos de las huestes de bronce de Henry Moore, la ciudad polimorfa a ratos cultural de las vanguardias, como entonces…, antes y después.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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