Por qué no me callo. LOS SABANDEÑOS

LOS SABANDEÑOS

Los Sabandeños posan junto a un molino de viento para su disco ‘Boleros canarios de amor y trabajo’

Cuando arribamos a Cosquín (Córdoba, Argentina), hace más de un cuarto de siglo, con Los Sabandeños (que mañana presentan el disco ‘Patrimonio’), Facundo Cabral me dijo detrás del escenario que no daba crédito: a él le había costado Dios y ayuda llegar al templo de la canción popular en la Plaza Atahualpa Yupanqui, y los huéspedes canarios lo hacían por la puerta grande a la primera oportunidad, como consta en Youtube y en su Casa Museo. En ‘El canto de las Afortunadas’, la biografía sabandeña (El País Aguilar, 1995), con Martín, relatamos el capítulo de Cosquín, que fue la reválida de su repertorio más susceptible: el de la otra orilla. El propio Yupanqui había expresado en Tenerife alguna reserva de fidelidad: “Vos hacés 38 compases cuando la zamba solo tiene 32”. Corría como una leyenda cierto diferendo con Elfidio Alonso, autoritas del grupo, y varios sabandeños fundadores. Una escena –dramatizada- describía a Yupanqui, un hombre reconcentrado, amagando con dejar dos pesos debajo del plato y marcharse porque lo hicieron esperar. A Los Sabandeños les perseguía la incertidumbre de no ser homologados en América Latina, con la salvedad de Miguel Ángel Asturias. El Nobel guatemalteco nos dijo en la isla que “olía a América” oírles, y escribió en una servilleta: “Mientras no nos libertemos, necesario es cantar”. Entre tanto, en recitales y discos (como el recopilatorio que ayer distribuyó este periódico) no faltaban incursiones ‘americanarias’ (neologismo que acuñaron), hasta que un día fueron invitados a Cosquín. ¡Era la prueba de fuego! Recuerdo cuando hablamos con Yupanqui, el santón del continente, en el Hotel Parque. Alguna impertinencia nos dijo, que lo dejamos con la palabra en la boca, nos retuvo y se excusó: “Verán, todavía soy el niño tímido que no pasa de la última fila del cine por vergüenza a la gente.” De ahí sus prontos con Los  de Sabanda y con el público que le tachaba de comunista traidor con gritos mortificantes: “¡Yuyanqui!” Julio Mahárbiz, el maestro de ceremonias de Cosquín, arengó al auditorio para recibir a los cantores de Canarias con un tendal de pañuelos y acabó con los equívocos para siempre.  

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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