CALDAS, ENTRE SIGLOS

FERNANDEZ CALDAS

Enrique Fernández Caldas (i) junto a Wolfredo Wildpret en enero de 2013

 

Decíamos Caldas y era suficiente. A Enrique Fernández Caldas le tocó vivir una etapa de transiciones. Transitó, por ejemplo, los puentes de la dictadura a la democracia, siendo un rector aperturista que vio venir los nuevos tiempos, y transitó por un sendero de tierra antes de que las islas pavimentaran el acceso al autogobierno para cambiar de siglo, cuando fue consejero de Educación y encajó las primeras embestidas del toro de la división universitaria, aquel morlaco imperioso que lidiaron de mala gana los padres de la patria.

 

Con la perspectiva de los años, diríase que Enrique Fernández Caldas, fallecido ahora a los 90 años, adoptó, hace tres décadas, una posición arriesgada, digna de un hombre de bien, cuando dimitió como rector con su junta de gobierno porque la policía invadió el campus para impedir que actuara Lluis Llach, el cantautor ‘maldito’, que venía del exilio de París y se topaba en Tenerife con la prohibición de Fraga y una expulsión deshonrosa que lo traumatizó. Los herederos del dictador que acababa de morir se rearmaban con saña ante los augures de la democracia que planeaban hacer la Transición sin pérdida de tiempo.

 

El otro episodio público que tuvo a Caldas bajo los focos desembocó también en su renuncia. Irrumpió, al final de la década de los 80, la demanda de Las Palmas de Gran Canaria de una universidad completa. El Gobierno autónomo se tambaleó, el presidente Fernando Fernández se sometió a una agria cuestión de confianza, y el consejero de Educación (Fernández Caldas, por las AIC) sobrenadó como pudo las primeras sacudidas de aquella ola, hasta que optó por dar un paso al costado, superado por la iracundia de las partes e indefenso ante la virulencia de los enfrentamientos verbales y la tensión desbocada en la calle. En aquellos tiempos prevalecía en Canarias, con más ira que hoy, el enfrentamiento encarnizado bajo cualquier pretexto, fuera la adhesión europea, la ley de aguas o la ley universitaria. Los diputados se exhibían con pinturas de guerra, fueran de las islas mayores o (incluso, con mayor ardor) de las mal llamadas menores.

 

Caldas era un hombre tranquilo y los calderos estaban entonces al fuego en Canarias. La vida pública no logró empañar su trayectoria académica y docente de padre de generaciones de edafólogos. Deja obra escrita y divulgada en numerosas publicaciones y el recuerdo de un hombre íntegro, un palmero ilustre, respetable y campechano.  

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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