RICARDO TAVÍO SONREÍA A LA VIDA HASTA EL FINAL

 

 

Dos 'Ricardos': Tavío y Melchior, en el acto de nombramiento de Hijo Ilustre de Tenerife /DA

Dos ‘Ricardos’: Tavío y Melchior, en el acto de nombramiento de Hijo Ilustre de Tenerife /DA

 

La muerte de Ricardo Tavío a los 67 años no ha sido una sorpresa propiamente dicha, pero sí resulta inconcebible que finalmente se haya podido producir, como cuesta poco creer que los hombres mueren cuando enferman y, sin embargo, nunca nos acostumbramos a la idea de que sea así en la vida real.

 

Tavío era un ser fantástico, una persona llena de buena fe, que hacía de la bonhomía cívica la normalidad cotidiana, incluso en la ácida política, como si en la práctica a aquella nada la impidiera, pese a la evidente anomalía que un carácter afable como el suyo suponía en el terreno de las pugnas de ’siglas’ más personales que ideológicas. Pero Ricardo Tavío no sabía ser de otra manera, su sonrisa no era en absoluto postiza; era él en el gesto que mejor lo retrataba.

 

No lo recuerdo triste, pero sé que la enfermedad lo entristeció por último como un otoño inesperado que nos aguara la fiesta de niños sin poder salir a jugar con la pelota, y le quedaban ganas de vivir cuando las cuentas ya no le salían.

 

Ser hijo ilustre de la isla, que era su quintaesencia, debió de compensarle, aún joven ya postrero, el paso por la vida truncado por la enfermedad, y haber sido como era, un abanderado del sur, un visionario del turismo, un enamorado de Tenerife de los pies a la cabeza, un deportista de Primera en los años inimitables del Náutico de mi infancia, un profeta en su tierra, en fin, un canario en su isla que tenía un pico de oro, eran las facetas completamente inherentes al más optimista de los tinerfeños que he conocido en las verdes, no ya en las maduras. Días, semanas antes de fallecer, glosó anécdotas del Tenerife y bromeó como si no estuviera hospitalizado seriamente herido de muerte, a través de la radio, en ‘Bota, Heliodoro’, a la llamada de Javier Cabrera.

 

A Ricardo Tavío, los amigos lo animaban a cantar conociendo el oído y la voz que tenía. Tenía oído para atender a los demás y enseguida se convertía en su portavoz. Escuchaba y siempre estaba predispuesto a prestar algún tipo de colaboración al estilo de los filántropos anónimos de mediados de siglo en un Santa Cruz que también contenía ricos y pobres en grado extremo.

 

Le recuerdo en los albores de ATI (nunca pareció sentirse cómodo en otras denominaciones del nacionalismo insular) y tengo, en especial, buena memoria de su etapa de consejero insular de Turismo. Era el hombre que podía pregonar la hospitalidad al visitante, encarnando, sin ningún esfuerzo, los atributos del anfitrión perfecto.

 

Repito que Ricardo Tavío sonreía a la vida como si fuera parte de su sistema nervioso; verle dar la mano a alguien era aprender a ser conceptualmente amable, una asignatura que muy pocos más podían impartir en la vida con su impronta característica de amigo de propios y extraños.

 

El presidente del Cabildo, Carlos Alonso, se fijó el otro día, durante su toma de posesión, en una frase pronunciada al azar por Ricardo cuando lo nombraron Hijo Ilustre: “Ser personas, lo demás no interesa”. No podía ser mejor persona.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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