LA ‘REPÚBLICA’ DE ‘EL MAE’

 

 Antonio Castro, 'el Mae' / Diario de Avisos

Antonio Castro, ‘el Mae’ / Diario de Avisos

 

El Mae no era un maestro al uso. Pero era un maestro. Y seguramente también era el maestro. El último maestro de dimensiones verdaderamente sociales, el personaje público afectivo que ha sido tradicionalmente el maestro en todo pueblo que se precie y cuya condición él ejercía consciente de ello en Santa Cruz. Un pueblo. Su profesión goza, finalmente, de una imagen contradictoria entre la reverencia ancestral y ese inexplicable desdén que la devalúa dentro del propio sistema educativo y de algunas capas estupidizantes de la sociedad. El Mae se reivindicaba en todo lo que hacía, como alguien que sabía que no se representaba solo a sí mismo, como si esa fuera una conducta obvia en su condición de dirigente involuntario con que vivió su vida. Esta le sorprendió en mitad de un debate encendido sobre la nueva ley de educación, que como todas las leyes del gremio nace con los días contados, siendo esta una nota sobre la finitud del tiempo humano. Como quiera que tuve la suerte de hablar (no todo lo que hubiera querido) con este hombre acerca de muchas cosas (lo que dijo, por ejemplo, en una de las ‘cavernas’ que hice en televisión, ahora se me antoja un hermoso testamento), y una de ellas o la primera siempre fue su republicanismo axiomático y digno, tengo en la memoria que ahora se nos amasa en torno a su figura, la idea sobresaliente de un hombre íntegro y sencillo, y de un caminante. Su mejor metáfora frente al inmovilismo era aquella vocación de transeúnte que tenía, junto a una cabeza escultórica donde los párpados sombríos eran los de un recién levantado paseando por la ciudad de su casa como un sonámbulo. A ‘el Mae’ le gustaba pasar callado y saludar con la vista, a solas con sus pensamientos, para no ser interrumpido. Creo no equivocarme si digo que le apasionaba andar la calle, pero la Escuela era su patria, la Escuela con mayúscula como escribe Tinerfe Fumero. Pese al género de sus preocupaciones políticas, no parecía un octogenario amargado por morirse sin ver retornar la República en cuyo nombre su padre fue alcalde de Santa Cruz. Me pasaba las revistas que invocaban esa resucitación de España y lo hacía como un lector intelectual recomendando un libro interesante. La República era un tema sentimental e intelectualmente político en sus prioridades cívicas. Su República ya era la Escuela Montessori de por sí, en la calle Emilio Calzadilla, que fundó hace medio siglo, la ‘otra’ Escuela donde los padres saben que los hijos aprenden a ser personas y de ahí cierta fama despectiva de taller de niños sabihondos. Mi sobrina María, exalumna de Montessori, eligió, a buen seguro, en el arte dramático que luego ha estudiado por vocación, las señas de identidad que aprendió en ese atelier laico de artistas de la vida en manos de sabios maestros de ciencias y humanidades sin complejos. Uno de los momentos dramáticos de la vida de aquel hombre fue su batalla colérica contra la Caja por la hipoteca abusiva de la ampliación de la Escuela. El Mae palideció aún más de lo habitual su aspecto, aquellos días exageraron los signos familiares del rostro despeinado y sin afeitar que cultivaba adrede; se volvió entonces un hombre desecho del Toscal profundo dispuesto a ayunar hasta la muerte si le embargaban su pequeña República escolar. La Caja gozaba de una cierta bonhomía social y cultural de su obra bienhechora, a la que tuve oportunidad de contribuir (con gente de mi entorno, mi hermano Martín y los amigos conmilitones durante la Transición y comienzos democráticos, con el inolvidable concurso inconformista de Pascual Arroyo, creador y gestor de una enorme importancia olvidada), y el problema, creo recordar vagamente, se recondujo por una senda de mutuo acuerdo que desactivó el escándalo. El Mae, sin embargo, supongo que guardó para siempre aquella espina clavada en su bohemia administrativa, pero convivió con ella como con el club de alterne que le abrieron por narices, puerta con puerta, junto a la Escuela, y no tuvo más remedio que aguantarse, digiriendo la impudicia con todas las consecuencias. Antonio Castro seguirá sacando en adelante la bandera republicana al paso de la procesión de las Angustias, la Virgen correligionaria, el viernes santo, mientras sonará, de modo indefectible, como desde el siglo XIX, ‘Adiós a la Vida’, de Tosca. Y la marcha fúnebre de Puccini hará que regrese cada año el Mae a la isla.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a LA ‘REPÚBLICA’ DE ‘EL MAE’

  1. Maby

    Gracias Mae por haber participado en la educación de mi hija, por haberla hecho buena alumna y mejor persona.Es fácil no olvidarse de alguien, pero a ti, además, te recordaran siempre, porque “estarás presente” siempre en el porqué sus ideas, pensamientos, desiciones, opiniones…en ellos u ellas.

     

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