Por qué no me callo. SUÁREZ

 

SUAREZ Y CARMELO

Imagen de diciembre de 1980. Lo entrevisto bajando la escalerilla del avión. Se dirigía a Bogotá.

 

Suárez se quedó completamente solo cuando dimitió como presidente en enero de 1981. Lorenzo Dorta lo llamó esa noche y él mismo descolgó el teléfono desde su casa, en los primeros instantes de su travesía del desierto. El alcalde de Garachico lo llamaba desde el Cabildo con Galván Bello al lado, y Suárez, desamparado, aceptó raudo la invitación de pasar en la isla baja las primeras vacaciones tras dejar el poder. En la casa de los Ponte Machado, rodeado de plataneras, descansó con Amparo Illana, la esposa, lejos de todo, de la Moncloa, de los militares, del Rey y de la UCD, a los cien días de su capitulación. En Garachico estaba como en casa, era hijo adoptivo del municipio que lo recibió en una nube en el 77, y se encariñaron. Dorta lo solía agasajar con un baño de multitudes. El viernes, tras anunciar el hijo de Suárez la noticia de la muerte inminente, me encontré, paseando al perro en Ramón y Cajal, al amigo del timonel de la Transición. En plena calle reconstruimos los hechos, la anécdota de Suárez llamando a Otero por el micrófono perdido en la marea humana, la sonrisa picarona que mencionó el hijo en medio de la triste premonición, y el relato del político jubilado, en su casa de Madrid, de los recuerdos que pronto se le iban a borrar de la mente. Nunca pudo recoger la medalla de oro del Cabildo de Tenerife, a causa de las desgracias personales y del caos de su agenda. Tengo el reflejo periodístico de una serie de conversaciones, desde el viaje maratoniano a las islas (con la impronta ‘asesora’ de Olarte, esquivo con Soriano, presidente por sorpresa de la Junta preautonómica), en abril del 78, tras el atentado a Cubillo en Argel; los días ‘medicinales’ de Garachico en el 81, y la toma de posesión de Fernando Fernández al frente del Gobierno canario, en el 87, ya como CDS, hasta su particular otoño de patriarca de la democracia después del ’tejerazo’. En una escala camino de Bogotá, subí al avión, en el Reina Sofía, a ‘robarle’ unas declaraciones. Guardo la foto bajando la escalerilla mientras lo entrevisto. Le comento a Lorenzo Dorta que Suárez te metía en el bolsillo. Amigo de sus amigos y hasta de sus enemigos, Amparo Illana le advirtió una vez: “A casa puedes traer a todo el mundo, incluso a Felipe González, pero a Alfonso Guerra ni hablar”. Suárez lo contaba con la sonrisa picarona que nunca se le olvidó.      

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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