Por qué no me callo. ANA MARÍA MATUTE

 

Ana María Matute, entre duendes y fantasmas. / Efe.

Ana María Matute, entre duendes y fantasmas. / Efe.

 

La autora de ‘Olvidado rey Gudú’ aún soñaba con las bombas; era una anciana venerable que enseguida despertaba una confidencialidad apacible como de sobremesa de té. La conocí en 2007, pocos meses antes de que recibiera el Premio Nacional de las Letras Españolas al conjunto de su obra, pero a cierta distancia todavía del Cervantes, que acariciaba con desaliento, consciente de su avanzada edad – tenía 81 años, se lo dieron a los 85 y murió el miércoles a los 88- y de que cada vez le quedaban vivos menos hispanistas afectos y pronto nadie se acordaría de ella, como de las noticias viejas. “¡Vamos, hombre”, dijo irónica, “con los ramilletes gordos que hay que presentar, ¡a la Matute, no, por favor!”. Se refería al Cervantes y, por el mismo precio, al Nobel, en cuyas quinielas figuraba desde los años 70, pero últimamente solo gracias a la Academia sueca, no a su propio país. Se sentía marginada como la niña tartamuda a la que zaherían en el colegio y a quien la guerra civil –un miedo mató a otro- le curó la disfemia.

La escritora soñaba con las bombas de la guerra civil.

La escritora soñaba con las bombas de la guerra civil.

 

El reconocimiento lo ceñía a los lectores cuando les firmaba ejemplares escrutándoles para establecer si eran legítimos o impostores. A mí me analizó mientras conversábamos. Habló de las arrugas de reírse que alargan la vida. “Usted no parece muy convencido”, me señaló. Durante la hora que estuve con ella a solas, en marzo del primer año de la crisis, hablamos de cosas sensibles, del hambre y los duendes, de monstruos y niños atravesados, de gente buena y mala; de la infancia rural de Mansilla de la Sierra, de su niñez, que tenía conciencia prematura de la desgracia de una mala cosecha o la muerte de una vaca. Me abrió su mundo y me metí en él con aquellas preguntas ingenuas: ¿qué es la fantasía?, ¿quiénes son los geniecillos?, ¿dónde nacen las historias? Ella, fingiéndose lacónica, sentenciaba: los niños cuando nacen ven; los libros son la vida; la magia existe. ¿Letizia y el (entonces) príncipe es un cuento de hadas en la vida real? “Habrá que preguntárselo a ellos”. Olvidado rey Juan Carlos, parafrasearíamos hoy. Y también: Rubalcaba se sale del cuento como un gnomo. “Yo soy una isla”, se definió, de pronto. Venía de África, enamorada de Mozambique, y reparó en nuestra Naturaleza: “Canarias lo tiene todo para mí”. “Vengase a vivir”, le sugerí. “Ya me gustaría, no se crea”, dijo como si pensara hacerlo alguna vez. Y todo el tiempo tuve la sensación de estar hablando con alguien que quería parecerse a un fantasma.     

 

El reconocimiento que más valoraba era el de sus lectores.

El reconocimiento que más valoraba era el de sus lectores.

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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