Por qué no me callo. CENTENARIO ESTÉVANEZ

 

Nicolás Estévanez Murphy (1838-1914)

Nicolás Estévanez (Las Palmas de G.C.1838-París 1914)

 

Aquel canario era irreductible. Nada que ver con un extenuado Estévanez septuagenario y pobre al que visitó en su cama por última vez, en París, el periodista Bartolomé Calderón. Fiel a una iconoclasia de hombre de acción, pide con 76 años servir a Francia al estallar la I Guerra Mundial. Y muere de una pulmonía contraída durante una misión como un héroe valetudinario. Marca Nicolás Estévanez (1838-1914). Pío Baroja, que lo veía a diario en el café de Flora del Bulevard Saint-Germain, lo describe “con sus ojos azules, su perilla larga y blanca y sus mejillas todavía sonrosadas”. Un día se alteró sobre el atentado a Alfonso XIII -ileso en la masacre-, obra del anarquista Mateo Morral, fan de Estévanez, molesto por la leyenda de que fuera el ‘correo’ de la bomba casera. ¿Pudo haber sido más agitada su insurgente trayectoria? Basta leer sus memorias, que reeditó Juan Manuel García Ramos en la atinada ‘Biblioteca Básica Canaria’.

 

NICOLAS ESTEVANEZ MANUSCRITO

Poeta y militar, fue Gobernador Civil de Madrid y ministro de la Guerra en la I República Española, y un convencido federalista.

 

No, no pudo ser más conflagrativa aquella vida tempestuosa al servicio de unos ideales (republicanos y federales). Cuando Calderón acudió aquel lunes a Montparnasse, Anita Estévanez, la hija, le pidió que le diera conversación. ¿Cómo se encuentra? “Ya ve usted…, hacia el fin”. ¿Qué aprendemos de este “hombre de una pieza”, como dice Eligio Hernández? La talla épica/ética de su valor extremo: conspiró con Prim, alentó el sexenio revolucionario; pisó la cárcel y fue ministro y gobernador civil de Madrid en la efímera I República Española. “El gobernador no tiene ni destinos, ni dinero, ni nada que dar”, rezaba un cartel en su despacho. En  la acera del Louvre, en La Habana, fotografié la placa que honra el gesto -1871- de quebrar la espada al oír la descarga de fusilería contra ocho estudiantes cubanos de medicina y desertar de un ejército que lo había laureado en las guerras de África. Político antes que poeta (hizo la poesía de la política, “aunque esta, si de algo carece, es de poesía,” sostenía Carlos Pinto Grote), acuñó el famoso mito del almendro (“Mi patria es de un almendro/la dulce, fresca, inolvidable sombra”), epítome de la Escuela Regionalista de La Laguna, la ciudad adoptiva del aventurado grancanario, pero Unamuno no vio nada detrás de la metáfora (“¡Pobre del que no tiene otra patria que la sombra de un almendro! ¡Acabará por ahorcarse en él!”), y estaba, nada menos, que el alma de un hombre lejos de las islas donde naciera. Calderón volvió el miércoles, y Anita le dio la noticia al abrir la puerta, hace cien años.

El célebre almendro de Nicolás Estévanez, cuya sombra comparó con la patria, en la casa familiar de la Curva de Gracia, en La Laguna (Tenerife).

El célebre almendro de Nicolás Estévanez, cuya sombra comparó con la patria, en la casa familiar de la Curva de Gracia, en La Laguna (Tenerife).

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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