Por qué no me callo. FERNANDO DELGADO

 

Fernando Delgado, que dirige el 'Mundo que queremos' en la Fundación CajaCanarias, es novelista, poeta y periodista.

Fernando Delgado, que dirige el ‘Mundo que queremos’ en la Fundación CajaCanarias, es novelista, poeta y periodista.

 

La cueva es un buen regazo para una velada literaria. La otra noche, en el Círculo de Bellas Artes (Castillo street), Fernando Delgado recitó versos y retazos de su vida santacrucera como al calor de una fogata. El ‘perezarmas’ Víctor Álamo ‘rompió fuego’ y Fernando hojeó su último poemario. Allí estaba la escena, el déjà vu de otros recitales en nuestra infancia; el poeta desgranó la suya (la de “los niños que buscaban las cenizas mojadas de sus muertos”), junto a la abuela en las novenas de la Concepción, misas tridentinas con olor a incienso, bajo los tubos graves del órgano que añora su voz pulcra hilando memorias de “sueños en el altar”. De tales liturgias nació un gusto agradecido por las palabras, la literatura, el solfeo y la declamación, la lírica y la prosística de un escritor bien hecho, vuelta y vuelta, que no tiene desperdicio. Yo echaba de menos un conjuro poético como este, mientras afuera la sangre llega al río y la crisis, novela negra, termina mal. Entre verso y verso, el poeta, que viajó con Verdi en tren de Viena a Salzburgo, como si tal cosa, reunió a otros poetas a bordo, y salimos bien cenados de letras, con la ración de metapoesía en su tinta; cosa distinta a las malas sobredosis de poetas inmiscibles. Semejante espiritismo convocó a Neruda en Santa Cruz en el 70 (camino de Valparaíso a hacer campaña pro Allende), para saludar a los heresiarcas locales de Gaceta de Arte, mientras Matilde Urrutia se iba de compras a los ‘indios’. Como no quería pisar España con Franco, sus anfitriones contraargumentaron la astucia de que la isla era “España, pero poco”. Si se tira del hilo salen los poetas a porrillo, del más grande, Juan Ramón Jiménez, al más ‘férreo’, José Hierro, que amenazaba siempre con sorna con leer el poema largo que llevaba aposta en el bolsillo, pasando por Gil de Biedma, sucinto y excelso, y los garcías Lorca y Cabrera. Hizo un aparte para Aleixandre, que pastoreaba a los escritores que lo iban a visitar, y de esa recua era Fernando que recuerda los perros fantasmas de la casa que ladraban “a la nada” en Wellingtonia. También mencionó -como Whitman, que hablaba con su canario- al pájaro que le mató el gato. Yo retengo un momento de Santa Cruz como una imagen congelada en el tiempo: en la calle General Goded (hoy ‘Del Perdón’), sentado en su esquina con un güisqui en la mano, habla Domingo Pérez Minik, “una persona completa”, proclamó el poeta a los presentes (entre los que estaba implícito Mariano Vega a mi lado), como homenaje al privilegio de su generación.

 

Domingo Pérez Minik. /www.bienmesabe.org

Domingo Pérez Minik. /www.bienmesabe.org

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

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