Por qué no me callo. LA SONRISA DEL ROBOT

Rainer Maria Rilke

Rainer Maria Rilke

 

“Intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde”, aleccionaba Rilke al ‘joven poeta’ en sus famosas cartas. Nos hemos construido y reciclado sobre las ruinas conceptuales de los que nos precedieron, y de ese modo intergeneracional nos sumamos a una larga reiteración de convicciones que damos por sentadas sin hacer un ejercicio elemental en cualquier empresa que cumpla más de cien años: actualizar el disco duro, mediante los porqués iniciáticos del niño. Si no lo hacemos nosotros, lo hará el robot que venga mañana. Claro, como pocos humanos llegan al siglo de vida, el ‘zafarrancho’ se queda sin efecto por lo general. El mundo no es un “país para hombres viejos”, para decirlo con palabras poco amables de Yeats: pese a las loas a la senectud, todo se rejuvenece. Pero no siempre en beneficio de una conveniente inocencia. Porque repetimos los viejos esquemas heredados, creyéndolos válidos, cometemos a menudo las mismas tonterías que otros cometieron en el pasado y que otros cometerán en el futuro. Es una actitud que supone un gran esfuerzo: llevarnos la contraria como dieta a diario, revolvernos el guión de los hábitos y las ideas preconcebidas, incluso cambiar de ruta para ir de casa al trabajo. Hacer lo imprevisto, que tanto desconcierta a la sombra que nos es fiel. Y es magnífico cada cambio de planes; da sus frutos. Un día me sorprendí tomando decisiones drásticas con cierta irresponsabilidad, removiendo cimientos que mantenían en equilibrio todo mi engranaje de persona cívicamente activa, y con ello quedaba suspendido en el aire, sin punto de apoyo. La verdad es que no sé explicarme esta clase de fenómenos, pero funcionó: de lo inestable surgió un nuevo orden inesperado, y mi vida se recondujo en poco tiempo en una dirección distinta y más estimulante. Lo que uno “ve y siente y ama y pierde” en esos momentos es inocentemente creativo. Con los temores atávicos, no movemos una piedra, y bordeamos el camino sin detenernos.

William Butler Yeats

William Butler Yeats

Eso sí, la vieja rutina perezosa se topa ahora con una mayor velocidad en la que fluyen los nuevos tiempos que rigen la vida. Lo vertiginoso hace que las cosas parezcan diferentes, pero son las mismas hechas con prisa. Si, aplicándonos el cuento del poeta, cultiváramos la novedad, o eso que llamamos entre nosotros la novelería, habría en el azar cotidiano constantes fugas de lo previsible hacia lo imprevisto. Pero pocos se atreven a dejar de hacer lo que han hecho toda la vida él y sus vecinos. Es más seguro repetir los viejos errores que, por antigüedad, han dejado de parecerlo y se han convertido en irrefutables sinsentidos. ¿Cuántos de estos detectaríamos si no siguiéramos la corriente alguna que otra vez a los acontecimientos ordinarios? Jugarle esa mala pasada al destino, cómodo en nuestra complacencia, provoca algunos hallazgos de vez en cuando. La ciencia sabe de esto un rato largo. Algunos de los mejores razonamientos surgieron de la equivocación, que es irreflexiva. Preguntarnos lo obvio de vez en cuando como si no procediéramos de ayer, como si fuera el primer día del primer habitante de la Tierra, haría el milagro de los clásicos que invocaban la sugerente anomalía de las cosas imperfectas. Algo de todo esto lo aprendemos en los niños. Si llegáramos a admirarlos como se merecen en su ingenio natural (como admiro a mi hijo el artista de cuatro años), temeremos influirles demasiado a riesgo de convertirlos en seres convencionales, ese síntoma atroz de madurez, donde acaso solo haya una pérdida progresiva de su inteligente heterodoxia e impronta. Los “momentos de alegre gracia”, a que invita un verso de mi gusto, de Yeats, suelen ser infantiles. Y apenas nos extrañamos de haber perdido el sentido del humor con el paso de los años. Nos convencemos de que la vida nos demuestra que el mundo era en parte oscuro y solo con la edad le hemos visto la cara oculta. Encadenamos así una y otra falacia. “Los buenos son siempre los alegres”, remacha Yeats. En la infancia, de la que una vez me dijo Ana María Matute no cabe ignorar algunos casos de malicia prematura, residen, sin embargo, en grandes proporciones, los mejores atributos de que es capaz el ser humano. “La infancia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo” (Rilke). Ahora mismo, incluso, no estaría tan seguro de que hayamos avanzado tanto, en la escala evolutiva, que seamos capaces de dar lecciones a nuestros infantes precoces en el campo de las nuevas tecnologías. El modo en que ellos juegan y dialogan con las máquinas hace fácil imaginar un mundo no muy lejano en que se entenderán sin trabas con los robots, incluso mejor que con sus propios progenitores. En un hotel japonés, una androide sonriente con su cara de metal recibe a los huéspedes detrás del mostrador. Mirar, saber, entender, como pedía Emilio Lledó, exige esa cierta inocencia que invocaba antes. Dice el filósofo que “el bien es aquello que todos buscan”, como buscamos “mirar, saber, entender”. La curiosidad nos haría buenos, en tal caso (del mal habrá que hablar en sus justos términos otro día). Investigar, soñar en esos mundos que nos sobresaltan y superan en nuestra madurez obsolescente, que es tanto como volver a ser niños, es una práctica al alcance de muy pocos, que se atreven a pensar y discernir sin prejuicios. Con esa candidez. “¡Ah, la inocencia de un gran creador, el misterio de crear…” (George Steiner).

Recepcionista robot del primer hotel del mundo atendido por androides, el 'Henn-na' (Raro o Evolucionado), en Nagasaki (Japón))./ cnnexpansion.com

Recepcionista robot del primer hotel del mundo atendido por androides, el ‘Henn-na’ (Raro o Evolucionado), en Nagasaki (Japón))./ cnnexpansion.com

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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