DIARIO DE AMÉRICA. Y Dios entró de nuevo en La Habana

PAPA FRANCISCO

 

 

por Carmelo Rivero

“¡Es el mejor regalo para el Papa!”, celebró en diciembre la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, cuando se enteró en Panamá, en mitad de una cumbre de países del hemisferio, que Cuba y Estados Unidos habían hecho las paces. Ese día, el 17, cumplía 78 años Jorge Bergoglio, el papa argentino que hoy oficia una misa multitudinaria en la Plaza de la Revolución en La Habana, donde ayer aterrizó para una visita inédita hasta el martes a la isla que, con su ayuda, supera medio siglo de intransigencias entre David y Goliat.

En el cinturón de fuego del Pacífico, cerca de la Argentina natal del Papa, un terremoto (de 8,4º en la escala de Richter) sacudió la noche del miércoles el centro de Chile, por suerte con muchísimo menor impacto que el de 2010, en vidas y daños, pero con la misma sensación de pánico y un millón de evacuados ante el riesgo de tsunami.

El Papa ya hizo hace dos meses una gira latinoamericana que incluyó a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en la que pidió perdón por el papel de la Iglesia católica durante la colonización. El jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano hace en esta ocasión un viaje sin precedentes cargado de resonancias históricas y políticas. No se atendrá a una agenda exclusivamente pastoral, tras el deshielo Cuba-Estados Unidos, que él ha impulsado junto a Canadá, y por ello volará después a Washington, visitará la sede de la ONU y asistirá hasta el 28 al VIII Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia. En este puente entre orillas que no se hablaban mantendrá reuniones con Raúl Castro y Obama. Nada en la visita escapa al hito de esta reconciliación, la metáfora que preside la gira-gesto del papa de la paz que el 9 de octubre sabremos si obtiene el Nobel que lleva ese nombre, al que ha sido tres veces candidato.

Desde que saltó la noticia del fin de las hostilidades, circula una simpática leyenda urbana, según la cual Fidel Castro conjeturó en 1973 que Washington se avendría a dialogar con Cuba cuando hubiera en la Casa Blanca un presidente negro y en la Iglesia un papa latinoamericano. Barack Obama, de origen keniano, y el papa Francisco, che, han ido de la mano en este feliz desenlace de la falaz ‘profecía cumplida’. Hubo un proceso de negociaciones discretas durante meses, del que han trascendido reuniones bilaterales en Roma y una visita clave del propio Obama a la Santa Sede en marzo “a escuchar al Papa”. Por eso, Cristina Fernández le dedicó el anuncio histórico a su compatriota de sotana blanca, que ayer siguió los pasos de Juan Pablo II (y de Benedicto XVI), pisando la capital cubana. ‘Dios entro en La Habana’, tituló entonces, en 1998, Manuel Vázquez Montalbán un libro abundante y bello sobre esa primera visita providencial de un papa a Cuba. Ahora, ‘Dios’ es argentino y entra de nuevo en La Habana. “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”, fueron entonces las palabras de Wojtyla, ya enfermo de Párkinson, cuando tenía la misma edad que ahora el papa Francisco, que acude a Cuba con hechos.

En abril de ese mismo año, tres meses después de la estancia del Papa, durante una conversación con Fidel en La Habana, nos contó, entre chiste y chiste, sobre la visita de Juan Pablo II: “El Papa le dice al chófer que él quería conducir. Y se produjo un atasco, y alguien dijo: “Ahí debe de venir Dios, porque el que conduce es el Papa”. Fidel estaba jocoso con el tanto político que acababa de anotarse trayendo a Cuba al Jefe de la Iglesia. Y nos hizo la parodia de su hermano Raúl, de niño, en brazos del dictador Batista, cuando visitó su colegio. “Él no puede negarlo, porque está la foto”, se divertía en ausencia de Raúl, que –paralelismos de la historia- ahora recibe a ‘su’ propio papa con el cielo despejado.

Fidel: “Clinton es mi amigo”

“Si Kennedy hubiera querido, nos habría destruido por aire, pero no nos bombardeó y le estuve siempre agradecido”. Por aquellos días se celebraba un aniversario del frustrado desembarco de Bahía Cochinos promovido por la CIA ya con Kennedy en la Casa Blanca, que heredó el plan de Eisenhower. El clima de tensión desembocó en la ‘crisis de los misiles’, con la instalación en la isla de cohetes nucleares soviéticos apuntando a Estados Unidos, que estuvo a punto de desencadenar la III Guerra Mundial. De esos momentos sumamente graves hablaba Fidel en aquella ocasión cuando mencionó a Kennedy, y añadió que acababa de darle las gracias personalmente a su hijo John-John Kennedy, que al año siguiente murió en un accidente aéreo. Después, me dijo algo inesperado en aquella Cuba todavía antinorteamericana: que Clinton era su amigo. “Hablamos a menudo por teléfono. Ojalá pudiera seguir gobernando Estados Unidos por mucho tiempo”. Entonces, comprendí que el ‘arreglo’ era posible. Cuando años después tuve la oportunidad de estrechar la mano de Clinton en Tenerife, me acordé de las palabras de Fidel, que sonaban apóstatas en su boca. Y al ver, estos meses, el apretón de manos de Obama y Raúl he visto cómo se cerraba el círculo. “¿Ustedes esperaban ser testigos de algo así?”, preguntó Cristina Fernández a los mandatarios que la acompañaban en Panamá cuando se produjo el anuncio oficial del ‘barackcastro’.

América esta vez está al revés. Irreconocible en pleno aggiornamento. En este viaje admito que me costó al principio situarme. Aterrizo y cae un presidente preso por corrupción (en Guatemala) al poco de su renuncia, como un relámpago por una hendija de luz. Y Estados Unidos ha dejado de ser el gendarme invasor, que derroca presidentes democráticos, como en Chile el 11 de septiembre del 73. Septiembre, mes ‘invernal’ en buena parte de este lado (otro oxímoron del contexto), recuerda, por eso, tanto a Allende y a Pinochet, el dictador que dio un golpe de Estado con la injerencia de Kissinger, según el manual de aquellos tiempos. En estos, resulta que Estados Unidos y Cuba son dos países bien avenidos y el segundo reemplaza el ruso por el inglés como lengua opcional. Vivo algo insólito, como si en uno de aquellos apagones generales tan frecuentes en La Habana, al volver la luz, se viera, de pronto, a Raúl Castro y Obama dándose la mano. Esa foto, la real, ha cambiado la historia del país. Y del continente.

¿Podemos estar asistiendo al inicio de un ‘desarme’ de odios y autoodios en las entrañas de América? ¿La ucronía del pato cojo, como se llama a los presidentes estadounidenses en los segundos mandatos cuando son irreelegibles? El ‘Prometeo’ Obama alumbra América con el fuego robado a los dioses del imperio en el tallo de una cañaheja. El Papa recoge esa antorcha y pisa La Habana a dar su bendición al proceso con estola y manípulo en la manga del alba. Pero no se me oculta que América Latina está herida por los desafueros internos, a causa de los gobiernos ‘vitalicios’ de Venezuela, Bolivia, Ecuador –Evo Morales y Rafael Correa promueven la reelección indefinida con enmiendas constitucionales- o Nicaragua. Antes, el enemigo común Estados Unidos era un factor de unión que enfrentaban con arrogancia, como aquella mañana en que vi en Nueva York a Hugo Chávez camino de la Asamblea General de la ONU, donde dijo, en referencia a Bush, que en la sala olía “a azufre”.

Al amistarse, La Habana y Washington cierran el último capítulo de la Guerra Fría. Sin la vieja concertina, ha nacido un nuevo constructo político en América. Pero América del Sur, como digo, está seriamente escindida, y abunda en ello, en ella, la omertá de Venezuela tras la sentencia al opositor Leopoldo López, de trece años de cárcel, bajo una tibia condena. Cuando más débil parecía la teodicea del chavismo y su proselitismo en la zona, abocado a elecciones en diciembre, el castigo a López parece darle oxígeno.

Con motivo de la visita papal, Raúl Castro (“si el Papa sigue así, vuelvo a rezar”, ha dicho) anunció la liberación de más de 3.500 presos (cierto, que no genuinamente políticos). Es un ‘gesto de cortesía’, ‘marca de la casa’ desde 1970, cuando Fidel indultó a otros tantos al sentirse complacido en una negociación con Carter.

El efecto septiembre 

Septiembre, en efecto, es un mes maldito para la izquierda latinoamericana. Hace 42 años, Salvador Allende se descerrajaba un tiro, en el Palacio de La Moneda, con un fusil, regalo de su amigo Fidel Castro, y Pinochet se hacía con el poder en Chile. “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Esta sentencia, la haya pronunciado Kissinger ante Nixon refiriéndose a Pinochet, o Roosevelt respecto al dictador nicaragüense Anastasio Somoza, refleja una etapa en la que la bota del imperio aplastaba los respingos del patio trasero. Sentada en la acera, en La Habana, a una edad todavía joven, Hortensia Bussi –que vivió 94 años-, me hablaba de la fe ciega de su marido, Allende, decidido a no salir con vida de palacio si triunfaba la asonada militar. Neruda, que hizo escala en Tenerife en 1970, a bordo del ‘Verdi’, con 65 años, cuando se dirigía a Valparaíso a apoyar la elección de Allende, describió en sus memorias ‘Confieso que he vivido’, tres años después, a un presidente esperando en La Moneda a los esbirros de Pinochet “envuelto en humo y llamas”.

También en septiembre, hace 14 años, fueron derribadas las Torres Gemelas y eso nos cambió la noción del miedo, incendió Irak y Afganistán (incluso, Bush barajó emplear la bomba atómica como Truman), y de aquellos polvos vienen estos lodos. Hoy Europa se revuelve contra los refugiados derivados de ese foco. Aquí, se recuerdan otros éxodos dentro de América, mejor o peor resueltos, como la crisis cubana del Mariel.

La presencia, semanas atrás, del secretario de Estado norteamericano John Kerry, en la mismísima capital cubana para izar la bandera de su país en la reapertura de la embajada tras los acuerdos formales Obama-Castro del 20 de julio, es un acto que altera el orden alfabético de la política americana. La bloggera Yoani Sánchez ha agradecido estos días la reunión de Kerry con los disidentes. La filóloga y periodista, barriendo para ‘casa’ (su cuenta en twitter @yoanisanchez se aproxima a los 700.000 seguidores), pide mayor acceso a Internet.

“Tú eres canario”, me dijo en los 70 Raúl Castro, sentado junto al vicepresidente de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez, a pocos metros de Tito. Me sacó el origen, al verme pasar entre las delegaciones, cuando abrí la boca y escuchó el acento. Raúl en ese momento era ministro de Defensa, tenía fama de duro, y nadie hubiera apostado entonces (1979), que aquel militar ortodoxo que bromeaba con mi procedencia para tirarme de la lengua (“¿tú eres de Cubillo?”, quiso saber enseguida), en una pausa de la VI Cumbre de Países No Alineados, estaba llamado a ser el hombre que 35 años más tarde tendiera la mano al ogro y zanjara un conflicto que parecía insoluble.

Me llama la atención el escaso interés de las autoridades canarias, en los últimos años, por mantener el contacto histórico con Cuba, y que ahora en que todos viajan a La Habana con una agenda apretada de encuentros políticos y económicos, las islas permanezcan ajenas al fenómeno, lejos de la entente cordiale de los años 90, en que Manuel Hermoso y Fidel se visitaban mutuamente. Recuerdo los buenos oficios del viceconsejero canario de Relaciones Institucionales, Francisco Aznar. Tengo viva la imagen del Comandante en el Teide y del periodista y productor Lucas Fernández regalándole un billete de mil pesetas con la estampa del volcán. “Me voy con más de lo que traje”, le dijo sonriente Fidel.

La realidad y los sueños

En los últimos días, Fidel ha salido de la ‘cueva’ y se ha dejado ver, ha estrechado manos y abierto la boca, desmintiendo los bulos sobre un irreversible deterioro mental, y se ha animado a retomar la pluma para escribir una carta en el Granma –ante la visita de Kerry-, sobre las obligaciones indemnizatorias de los Estados Unidos por los daños del embargo. ‘La realidad y los sueños’, título de la misiva, vio la luz el 13 de agosto, el día en que Fidel –que renunció en favor de su hermano en 2006 ante una delicada operación intestinal- cumplió 89 años sin haber sido depuesto por los Estados Unidos, que promovieron incontables atentados para acabar con su vida tras el triunfo de la ‘revolución’ en enero de 1959. Marita Lorenz, examante del Comandante, captada por la CIA para asesinarle, ha revelado ahora que viajó a La Habana en 1960 con dos pastillas ocultas en un tarro de crema facial, pero desistió porque estaba enamorada. Las píldoras con el veneno reducidas a una masa viscosa las tiró por el bidé justo antes de que Fidel entrara en la suite del hotel que era su nido de amor. En el libro de memorias ‘Yo fui la espía que amó al Comandante’ cuenta que ese día él le leyó el pensamiento y le ofreció su pistola para que lo matara. No lo hizo, y abandonó la isla, dejando atrás un hijo con el Comandante, al que piensa volver a ver en la nueva coyuntura.

“¿Usted consiente a las ‘jineteras’ en el malecón?”, le pregunté en el Palacio de la Revolución en 1998. Y el Comandante me miró extrañado en el curso de una conversación que iba a resultar larga y reveladora. No le gustó que sacara el tema. Las prostitutas de la isla –las ‘jineteras’- afean la imagen de la isla, pero constituyen un reclamo infalible, cuando de Cuba se decía que estaba en la ruta del ‘turismo sexual’. “Yo no consiento nada”, dijo, “pero existen, son un hecho social. Las hemos retirado de la calle y perseguido. Nadie puede contra eso en ninguna parte del mundo”, explicó pausadamente, con el tono de sus discursos kilométricos y cambió de tema. Ese encuentro me deparó una oportunidad que lamentaré siempre. Una oferta de Fidel: “Si te vienes al Palacio una temporada, abrimos las cajas con las fotos inéditas de mi fotógrafo personal y hacemos un libro para el extranjero. Mis primeros derechos de autor.”

Ahora, Cuba es otra. En la barra del Floridita, donde quedó inmortalizada la presencia casi mobiliaria de Hemingway -el cliente fiel de los daiquiris-, y en las mesas del salón, se habla sin medias tintas de la reapertura de relaciones. Todo ahora es menos tabú. En La Habana, los contertulios antes fiscalizaban las miradas de los extraños con un bisbiseo molesto. Ya no. ¿Pero hasta qué punto cambió Cuba? Raúl Castro ensaya su propia tercera vía: amaga con abrir la mano de los derechos cívicos y se le define tolerante con el mundo gay en una isla homófoba, por influencia de su hija Mariela activista a favor de los homosexuales.  Vilma Espín, la mujer de Raúl, veterana feminista, me recibió en su despacho para una generosa entrevista de dos horas sobre la mujer en Cuba, país machista. Ingeniería química industrial, había hecho una guerra de hombres barbudos en Sierra Maestra a las órdenes de su futuro marido, Raúl, en el Segundo Frente Oriental Frank País. Había sido deportista –jugaba al voleibol- y presidió la Federación de Mujeres Cubanas. Pese a los rumores, no se separaron hasta su muerte, hace ocho años, tras una larga enfermedad.

Dólares y otras costumbres

El cubano que es fiel al partido no dejará de serlo de la noche a la mañana, pero acaban de abrirse las compuertas de La Florida hacia La Habana y con los familiares y visitantes circulan dólares y otras costumbres, que amenazan los cimientos de la revolución. ¿Dejarán las cubanas de fingir al rijoso turista que cree seducirlas? Hasta ahora malbaratan sus deliquios a cambio de meros obsequios de cosmética, o van más allá conquistando el corazón del extranjero crédulo para volar a Europa en busca de un pasaporte de bodas efímeras causantes, de paso, de estragos matrimoniales. Porque, desde la crisis del Mariel, de 1980, cubanos y cubanas viven atraídos por los encantos de occidente, bajo la restricción de viajar. Lo hicieron entonces más de 125.000 ‘gusanos’ (como llaman despectivamente a quienes reniegan del comunismo). Los pioneros de aquella diáspora, que ahora se airea en su 35º aniversario a propósito de los refugiados de Europa, chocaron contra la verja de la embajada habanera de Perú. Yo recuerdo gráficamente a los miles de cubanos que enseguida invadieron la legación de Lima en Cuba; cómo el propio Fidel se personó en el lugar desafiando a los desertores, e ingenió una salida maquiavélica: abrió el puerto del Mariel para quienes quisieran marcharse a Miami y, de paso, abrió las celdas a los presos comunes más conflictivos para enviarlos en las remesas diarias como un regalo envenenado. Carter no tardó en cerrar el grifo.

“No se puede seguir haciendo lo mismo y esperar obtener resultados diferentes”, dijo Obama en su célebre discurso del 17 de diciembre de 2014, cogiendo prestadas las de Einstein al inicio del diálogo. Era miércoles. Y se reunían en Panamá los presidentes de Mercosur, el Mercado Común del Sur. El acuerdo no convence a los republicanos de Estados Unidos, divididos entre las fantochadas de Donald Trump y el último mustio de la saga de los Bush. Como el acuerdo nuclear con Irán. No le resulta fácil a los Estados Unidos reconciliarse consigo mismo, con sus cainismos, ya sea la xenofobia o la esclavitud. O Cuba. Su poeta nacional, Walt Whitman, concibió el sueño de una América ecuménica (“sí, yo quiero hacer indisoluble el continente”), un sueño segado por esas secuelas.

Si gana Hillary Clinton la carrera a la Casa Blanca, el ‘romance’ diplomático Obama-Raúl cristalizará en todos sus términos, incluido el ‘desembargo’ (medio siglo después del desembarco frustrado), si no se interpone el Congreso. De lo contrario, surgirán contratiempos, pero el reloj del destino marca sus horas. Y en un país de balseros, el destino va y viene como una balsa en la que va la historia.

Son momentos históricos. De grandes saltos. Pero en América los dinosaurios no se extinguen para dar paso a una especie distinta de gobernantes. Cristina Fernández ya se ha visto cinco veces con el papa (hoy será la sexta, en Cuba, en el marco de la misa central), incluso él le ha regalo zapatos y calcetines blancos para su nieto recién nacido. Se nota que los dos son argentinos; Cristina Fernández tiene ‘manga’ para ir a Roma, no sé si para obtener milagros. Algunos los necesita. Ella es de los pocos dinosaurios que se va: promete que en diciembre entrega el testigo. Pero tiene varios calderos al fuego.

La mejor porquería

En América cunden las dinastías. Los Castro han envejecido en el poder. Los Kirchner llevan una larga temporada afianzados en la Casa Rosada, desde donde procrean sucesores inasequibles al desgaste de la corrupción que les sale por las orejas. Inculpados altos cargos, la señora presidenta amadrina a un delfín peronista emergente y millonario, Daniel Scioli, gobernador de Buenos Aires, frente al alcalde de la capital, Mauricio Macri, conservador, y el peronista disidente Sergio Massa, para las elecciones del 25 de octubre. Ninguno de los tres habla de ajuste; son keynnesianos de fachada.

El régimen tiene tentáculos, cuando parece desmoronarse por las acusaciones se yergue con luz propia, como a menudo el chavismo en Venezuela y como las farolas de la Plaza de Mayo frente a la que se alza el palacio del poder, cuando cae la noche y se ilumina invitando a sentarse en ella e imaginar los pasos perdidos de Borges y Bioy Casares, hablando de sus cuitas y sus cuentos fantásticos en el Buenos Aires de Perón por estas calles de “turba y ajetreo”, desganadas, y de la plaza legendaria a la que volvieron, de vuelta de la guerra, “hombres cansados y felices”. Tan imprecisa es la línea que separa democracia y dictadura en las anfractuosidades de América que el autor de ‘El tamaño de la esperanza’ optó por ignorar el tamaño de la amenaza de Videla para curarse de Perón. De Argentina partió una denuncia que persigue los crímenes del franquismo. Es el mismo dolor. Dice José Mújica, el venerado expresidente de Uruguay (el paisito, de ascendencias canarias) que la democracia “es la mejor porquería que encontramos”, y a veces en América se trata de “dictaduras disfrazadas”, como señala el politólogo de Harvard Steven Levitsky. Pero las madres y abuelas de la Plaza de Mayo no han cesado de buscar a sus hijos y nietos. Una de las abuelas ha recuperado estos días a  su nieta, que hace el número 117 de la lista. El régimen robaba a los niños y los repartía entre acólitos.

La pesadilla del corralito, hace catorce años, en medio de una profunda recesión que llevó a Canarias a una colonia de argentinos emprendedores con ganas de trabajar, aquel shock social y económico que retrató Juan José Campanella (ganador de un Óscar) en las películas de los años pobres, permanece y se reaviva ante la dependencia del coloso Brasil en crisis.

En los jardines del Mencey, el personaje era pequeño y trajeado (a poco de su retirada con más de mil goles) como un alto funcionario en misión diplomática, dejándose fotografiar con sus anfitriones hindúes durante la promoción de una marca electrónica. Yo seguía los pasos de Pelé aquel día entero: “Las mujeres se hacen imprescindibles”, me dijo al preguntarle por las concentraciones, ”tediosas; necesitábamos sexo. ¡Qué mejor que dejarlas pasar! Mejoraban nuestro rendimiento.” Como en Cuba, el viajero buscaba en la cornucopia de Brasil la fruta prohibida. En las calles de Río y Sao Paulo, el reciente Mundial de Fútbol despertó la ola de protestas de las favelas, que anticipaban el actual descalabro social, económico y político. Romario criticó a Pelé por oponerse a los manifestantes contra la Copa: “Callado es un poeta”, le desautorizó.

Arrecian las denuncias por corrupción, como la operación Lava Jato de sobornos y lavado de dinero en el marco de la petrolera pública Petrobras, que dirige Sérgio Moro, un juez joven, que goza de adoración popular y del repudio de la clase política y empresarial. La desaceleración latinoamericana se origina en Brasil y China, las potencias de la zona (y mira de reojo a la Reserva Federal de los EE.UU.). La recesión brasileña no es broma (Standard & Poor’s le rebajó la nota del crédito al nivel de bono-basura), tras una leontina de errores del gobierno. Los recientes impuestos, recortes y la congelación salarial de los funcionarios, ese estribillo en España suena familiar.

Recostado en la litera de piedra (la ‘Cama de Anchieta’), en la Playa de los Sueños, donde el santo oraba en Itanhaém, Adán Martín parecía contagiarse de la paz del jesuita que escribía versos en la arena con una caña. A su vuelta del viaje, nos contó: “Lula está dispuesto a apoyarme para celebrar en Canarias una Cumbre Iberoamericana”. No era ningún disparate. Pero Adán se murió y Lula –el padre del milagro brasileño, tras sacar en la década pasada a 30 millones de personas de la pobreza-, que enfermó también de cáncer, resiste el asedio judicial a los comistrajos de su tribu política, el Partido de los Trabajadores, a su sucesora, Dilma Rousseff, y a él mismo, a quien un fiscal quiere llamar a declarar, y muchos piensan que es el objetivo final del juez Moro. Todos los países de la región tienen los ojos clavados en Brasil porque le venden y compran y ahora no saben si le venden su alma al diablo. Lula está dispuesto a resucitar, incluso a ser candidato en 2018, pues –ha dicho- al pájaro se le mata si se queda quieto y “yo prefiero salir volando”.

 

CASO NISMAN: UN TIRO EN LA SIEN

En medio de dificultades energéticas, Argentina pactó con Irán petróleo a cambio de granos, bajo el compromiso de encubrir a los autores (muy presumiblemente iraníes) de uno de los peores atentados terroristas del país, en 1994, cuando un coche bomba suicida estalló en la AMIA, la mutual judía de Buenos Aires, causando 85 muertos. Esta era la teoría del fiscal Alberto Nisman, que acusó directamente a la presidenta Cristina Fernández (junto al actual canciller Héctor Timerman) del feo contubernio descubierto a través de los teléfonos intervenidos. Nisman no ha vivido para demostrarlo. En enero pasado, en la noche del domingo 18, víspera de su esperada comparecencia en el Congreso para desvelar sus investigaciones, apareció muerto en el baño de su casa, en el piso 13 de la torre Le Parc, con un tiro en la sien. Una historia propicia para S.S.Van Dine, a la medida de su meticuloso detective Philo Vance. El apartamento del fiscal tenía un pasillo privado que comunicaba con un vecino extranjero y, entre artilugios de aire acondicionado, había una pisada reciente. La casa tiene dos puertas, la principal estaba trancada con llave y la de servicio no había sido cerrada por dentro, como si alguien hubiera salido por ella. El periódico del domingo seguía en el palier (rellano) y Nisman no contestaba a las llamadas. Tuvo que acudir su madre y abrir la puerta con ayuda de un cerrajero. La pistola que lo mató, del calibre 22, apareció debajo de su cuerpo y al lado un casquillo de bala. Hubo cierta propensión en la fiscal Viviana Fein a inferir de algunos detalles que se trataba de un suicidio, pero la exesposa de la víctima, Sandra Arroyo, jueza federal, no traga ese anzuelo, se ha querellado y busca dar con la verdad para reconfortar a sus dos hijas. La mayor, de 15 años, Iara, preguntó hace dos meses en público, en un aniversario del atentado: “¿Qué pasó con mi papá?” Nisman llevaba diez años investigando el caso por encargo del fallecido Néstor Kirchner. Bonadio, el juez apartado de una supuesta causa de lavado de dinero de la familia gobernante, ha avisado, a propósito: “Si aparezco suicidado, busquen al asesino”. Cristina Fernández, sin embargo, negó sin fisuras la grave imputación de Nisman, y sigue indemne, a falta de pruebas. Pero ha quedado ‘tocada’ políticamente por el suceso. Cuando uno se adentra en Puerto Madero siente la paz de un entorno de mar y percibe hábitos de vida acomodada. Nisman escribió una nota con la lista de la compra para la empleada doméstica. ¿Alguien que hace eso en esas horas quiere morir? La investigación continúa.

Manuela Carmena fue a ver a Cristina Fernández y le habló de su libro y de Madrid; la presidenta le habló de su nieto. En Podemos profesan cierta fascinación por el filósofo argentino Laclau. En el agasajo estaba presente el joven ministro de Economía, Axel Kicillof, rostro aniñado de anchas patillas famoso en España con motivo de la expropiación de la filial de Repsol YPF.

Paseas distraídamente por las calles y sus librerías. Entras en una de viejos muebles y ediciones antiguas. Te dejan entrar simplemente a ver, aquí el encargado no asedia al cliente. Aguarda su reacción y lo despide con una sonrisa. Sabe que puede volver porque el sitio deja huella. Y, en efecto, regresas otro día a ese lugar donde te sentiste tan a gusto entre libros magullados y utensilios obsoletos que se acumularon alguna vez en un desván y ahora, expuestos y restaurados, invitan a contemplarlos y, de vivir en la ciudad, incluso a comprarlos para tenerlos contigo todo el tiempo. Buenos Aires, como Madrid o París, tiene vías anchas y tráfico denso. Transitas por las aceras de la 9 de Julio, te atreves y cruzas, como si estuvieras momentáneamente en Europa, y la avenida, una de las más espaciosas del mundo, te acoge y conduce de orilla a orilla. Pero Buenos Aires es América en el hondón de sus callejuelas y en los colores vivos de las casas perdidas en ese laberinto, y en el Viejo Almacén, donde paladeas los tangos imaginado la presencia intangible de Gardel. Tierra de mitos que tutea a sus dioses, Maradona y el Papa, que visita La Habana, como hacía el astro del fútbol cuando iba a ver a Fidel y a enfundarse una camiseta del Che, y después volvía a cargar la escopeta de balines para liarse a tiros tras la verja de su casa contra el que metiera las narices en su vida privada. Las críticas a Messi, tras la Copa América (en Chile 2015, Argentina perdió la final ante el anfitrión) retratan al país con sus cronopios, sus globos sueltos escapándoseles de las manos. Messi vuelve a posarse con resignación: “Más de lo que me mataron ya no me van a matar”.

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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