Por qué no me callo. VARGAS LLOSA

Mario Vargas Llosa/adribosch.wordpress.com

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Vargas Llosa dice que no tiene talento, como si renunciara a ser el número uno y prefiriera el éxito disciplinado del dos. A la defensa del peyorativo ‘escribidor’ de su oficio imposible –nunca pensó vivir de escribir, pagaría por ello-, añade la de “correveidile”, no menos despectivo, para el don de contar historias imaginadas o reales. Lo hace en un artículo/inventario el domingo, ‘Un alto en el camino’ (‘Piedra de toque’, El País), al cumplir 80 años, en que se reivindica lector: le leían de niño para que tomara la sopa y no se volviera tuberculoso. En la Casa Museo O’Higgins, en el peatonal Jirón de la Unión, de Lima, el autor más célebre de Perú –su único Nobel– recibía en 2008 un homenaje que era una reconciliación en toda regla. Había perdido en las urnas ante Fujimori en 1990, y el desencuentro con la patria duró como las heridas que tardan en cicatrizar. En las estancias de la casona colonial recorrí con Lucía –nos casamos un año después, hace ahora siete- el mundo más íntimo del autor más discreto del mundo hasta que el papel cuché lo ha puesto bajo el foco. Vimos su mascota legendaria, los hipopótamos; una entrada del estreno de su primera obra –teatral-, ‘La huida del inca’, a los 16 años; la carta de Cortázar contándole que acababa de enviar a Buenos Aires lleno de pudores el manuscrito corregido de ‘Rayuela’; una foto con García Márquez, con quien pensó escribir una novela a dúo antes de un enfado ‘inmortal’, y otra con Carmen Balcells, la agente literaria de ambos que adivinó el futuro del peruano y lo ‘liberó’ con un sueldo para que dejara de revisar los nombres de las tumbas del cementerio en los días de pluriempleo. La muestra, ‘La libertad y la vida’, era un relicario epistolar y fetichista del autor de ‘La ciudad y los perros’, la novela que Carlos Barral le apadrinó. Había unos poemas adolescentes que Vargas Llosa recordaba con rubor cuando se los mencioné más tarde, y el original de ‘La fiesta del chivo’, que, por lo que vi, pensaba titular ‘La muerte del chivo’. Estaba la voz del autor de Arequipa en mítines y entrevistas y estaban allí los ídolos que conoció en París, como Albert Camus o Sartre. Cuando le dio la mano al existencialista que dijo no al Nobel corrió a celebrarlo con los amigos. Flaubert, el más admirado de sus héroes, le enseñó que a falta de talento, está el esfuerzo. El domingo regresan los fantasmas a la casa de Vargas Llosa: hay elecciones en Perú y la favorita es Keiko Fujimori. Pero los peruanos dicen que, en segunda vuelta, nunca gana el uno, sino el dos.

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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