MANOLO BLAHNIK: “El rechazo de La Laguna me obligó a ir a Ginebra, y ahí se me abrió el mundo”/LA ENTREVISTA DEL DOMINGO DE DIARIO DE AVISOS

MANOLO BLAHNIK

 

Fotos: ANDRÉS GUTIÉRREZ

Por CARMELO RIVERO

 

“Mis zapatos no duelen”. Es el año de Blahnik. En sus manos han puesto sus pies mujeres célebres, a las que ha ayudado a dar grandes pasos. A Manolo Blahnik le “importa un pepino” el referéndum del Brexit. A este spanish designer, natural de Canarias, palmero hasta la médula y europeo a rabiar frente a la colonización china de su sector, que reside en Inglaterra desde hace más de 45 años, le tiene sin cuidado la consulta del 23 de junio entre el pueblo británico sobre su continuidad en la Unión Europea. Está convencido -lo dice con enojo ante el conflicto creado- de que no va a pasar nada, pese a tanto revuelo, según declara en esta entrevista concedida en exclusiva a DIARIO DE AVISOS, tras recibir el Premio TABURIENTE de esta casa.

“¡Ya era hora!” Así saludó el Premio Princesa de Asturias de las Artes otorgado a Nuria Espert. “¡Fantástico! Es una de las mejores actrices que existen”, señaló el progenitor de los manolos. Su primera vocación fue escenógrafo en París y hoy recuerda a quienes lo mitifican que él no es ningún Valle-Inclán.

Blahnik ve la vida como un niño grandullón. El divo inaccesible, de cerca es jocoso y entrañable. Da pocas entrevistas; en los medios es legendario su hermetismo tras una adarga de timidez. Cierto que hay un Blahnik refinado y sutil de pocas palabras, pero, con suerte, nos descubre el alma campechana y se vuelve locuaz con su acento de espalingléscanario. Una mezcla de español, alemán, inglés y palmero. Teníamos poco tiempo asignado: “cinco minutos”, según su oficina en Londres, que él consintió en alargar con su verbo corrido y cómplice. Al final fueron once minutos. Llegó brincando y sonriente, con dolor, según me dijo. La férula de la mano y los altibajos se debían a un accidente doméstico sufrido horas antes. “¡Cinco minutos!” ,recordó al saludarnos. ¡Vaya mala pata el percance para el mejor zapatero del mundo el día de su investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Laguna, junto al astrofísico John Beckman! “Anoche me caí en casa con el perro”.

En el acto, le entregamos la espiral del Premio TABURIENTE, que en septiembre no pudo recoger en persona. “Estoy impedido”, nos dijo, pero alzó la mano ilesa. “Al menos, tengo a esta, la derecha, nada me impide dibujar”. Por eso reivindica, como Durero, sobre todo, la condición de dibujante. Es lo que le hace feliz. Claro que no pude reprimir la tentación de curiosear sus zapatos oscuros, y él exclamó, “¡oooh!”, al descubrirse los calcetines equivocados por quien le ayudó a ponérselos. Así que no estaba de mal humor, pese a todo. Este, en efecto, es el año Blahnik: acaba de abrir una nueva tienda en Londres -son 230 franquiciadas en distintos continentes-, y de presentar un nuevo libro; en septiembre, se estrenará en el festival de Venecia un documental sobre su vida, y pronto recorrerá el mundo una exposición antológica de su obra. ¿Ha tocado techo? “¡Noooo! ¡Qué va!”.

“Hazme photoshop que llevo tres días sin dormir”, bromea con el fotógrafo Andrés Gutiérrez. Contagia con travesuras de niño desinquieto. Ese niño que calza a las mujeres más dispares del mundo como si todas fueran mamá.

-¿Supongo que ella, doña Manuela, es la clave de toda su historia?
“Tenía una pasión por el vestido y las bellas cosas. Todo escaseaba en la isla tras la guerra civil y la guerra mundial. Lo poco que había era lo que llegaba en los barcos. En medio de esa carencia de materiales, ella se inventaba la manera de hacer zapatos con tejidos que guardaba de los años 20 y 30. Dibujaba muy bien. Mamá aprendió a hacer zapatos en La Palma con don Cristino, el zapatero local, que venía a casa y le enseñaba. Era una mujer con un gran sentido de la estética. Entonces, claro, genéticamente el oficio me viene de ahí. En casa guardo algunas cosas suyas maleadas por el tiempo que me gusta conservar. Sí, de mamá me viene todo”.

Lo más divertido que me sucede en la vida es trabajar. No quisiera jubilarme nunca”

-¿Y a Diana Vreeland, la editora de Vogue, desde aquella noche en que no pudo dormir cuando le mostró sus bocetos en Nueva York, siendo un veinteañero, qué le debe?
“Ella fue mi descubridora. Era una diosa. Le enseñé mis bocetos para teatro y lo que le llamó la atención fue mi manera de dibujar las extremidades. Me dijo, “fíjate en ello”, que debía concentrarme en eso. El destino lo quiso. Y le hice caso hasta hoy”.

-¿El zapatero más célebre del mundo, piensa colgar algún día las ‘botas’?
“Si me sigo cayendo como anoche, tendré que dejarlo, porque estaré hecho una porquería”.

-En serio, ¿usted piensa jubilarse alguna vez?
“Yo quiero trabajar. Me encanta y disfruto trabajando. Lo más divertido que me sucede en la vida es trabajar. Hasta el punto de no coger vacaciones nunca, para poder trabajar todo el tiempo. No entiendo a la gente que toma vacaciones. No sé lo que es eso, no me gusta. Me aburro. Todo mi tiempo es trabajo. Pero ahora sé que me queda menos tiempo”.

-Observar, en su caso, es la parte esencial del trabajo.
“Claro. Mirando, observando, estoy trabajando. Porque observar lo que me rodea es lo que me inspira. No paro. Cuando estoy en La Palma, voy a las plataneras. Y en Bath, busco estar en el jardín. No hay cosa que me inspire más que ver crecer las flores, tocarlas, olerlas, apreciar sus colores y texturas, para luego crear mis colecciones”.

-¿Entonces, no se jubilará?
“No quisiera hacerlo nunca”.

-¿Es consciente de ser uno de los personajes más influyentes de su siglo?
“¿De qué siglo? ¿Del siglo XX o del XXI?”.

-Ya sé que es un romántico del XIX. ¿Cuál es su siglo?
“No sé, pertenezco a los dos últimos, estoy en mitad de dos épocas, de dos mundos”.

-¿En cuyo caso?
“No, por favor, yo no soy uno de los personajes más influyentes de mi época. No creo en esas fantasías”.

-¿Cómo fue su niñez, Blahnik?
“Mi infancia palmera era un sueño sin coches ni televisión, de tertulias y meriendas en casa de mi abuela. La gente leía, era culta. Mi maestra Manola y su hermano Juan fueron dos personas capitales en mi vida. A ambos los cité en mi discurso en la Universidad entre las personas que son la causa de lo que soy”.

-Hijo de checo y canaria. ¿Cómo se conocieron sus padres?
“Mi padre vino con los abuelos en uno de aquellos viajes largos que se hacían entonces. Y un día, paseando por la calle Real, descubrió a mamá detrás de la celosía, como en una escena de película, y se enamoró. Ella estaba allí, en la casa de abuela. Y a aquel chicocheco le gustó tanto aquella joven, que al regresar a su país buscó un pretexto para volver. Y volvió”.

-¿Qué tal fue recibido?
“Claro, en ese momento se inició todo un proceso en la familia. Mi abuelo decía, “¿pero quién es ese extranjero?”. Papa era muy guapo, bien educado. Pero el abuelo hizo las indagaciones propias de las familias antiguas. Todo esto ocurría en 1929. Finalmente, pudieron casarse”.

-Y trajeron dos hijos al mundo.
“Sí, nací yo y nació mi hermana Evangelina”.

-Que es su mano derecha.
“Ella es quien lo lleva todo. Ahora se ha incorporado a la empresa mi sobrina Cristina, que es arquitecto. La arquitectura, por cierto, es una profesión mercenaria”.

Agradezco el Premio Taburiente de corazón, porque DIARIO DE AVISOS era el periódico de casa, como de la familia”

-¿Por qué lo dice?
“Por los edificios horribles que a menudo se construyen. Ahora menos, por la crisis. Pero hay una clase de arquitectura inmunda, que detesto y denuncio. Es una adoración por lo efímero. Parece una tendencia: construir para que se caigao tirar y hacer cosas igualmente horribles. Sé que es una lógica absurda, pero hago esta reflexión en voz alta contra la mala arquitectura”.

-¿Le incomoda?
“Sí, la arquitectura me interesa mucho. Es evidente que hay cosas estupendas. Acaba de morir mi amiga Zaha Hadid, una gran arquitecta, que padeció lo mismo que yo, una bronconeumonía. A veces veo un edificio espantoso y, a pocos metros, un patio encantador. Hay edificios modernos fantásticos. ¿Pero qué sucede? Que se ha instalado la mediocridad”.

-¿En Europa?
“Sí, en la arquitectura europea hay una mediocridad enorme. Creo que los países europeos se están convirtiendo en templos de mediocridad”.

Blahnik quiso ser arquitecto, cuando no sabía qué estudiar. “Un buen tacón es arquitectura”, sostiene con el don de la elegancia en sus manos. También quiso ser escultor de piedra.

-¿Qué querían sus padres que estudiara?
“Mi padre tenía la ilusión de que fuera diplomático, como mi tío, que murió en noviembre: diplomático de carrera en Ginebra. Mamá también creía que sería estupendo que su hijo trabajara en Naciones Unidas”.

-¿Y usted qué pensaba?
“Que no. Yo no quería ser diplomático. Y eso que acabé trabajando dos veranos en Ginebra, en la sede europea de la ONU. Los chicos de Ginebra en mi época trabajaban en verano. Mi tío me decía,”ahora te pones aquí y cuando lleguen los representantes haces esto y lo otro…”. Venían conmigo mis amigas Constaza y Marina. Y el trabajo consistía, ¿sabes en qué?, en poner papelitos en los sitios donde se sentaban los miembros de la ONU. Claro, yo decía, aquí no aguanto ni dos días, ¡qué va, por Dios! ¡Qué horror! Ese trabajo no era para mí”.

-¿No tenía clara su vocación?
“Estos días he recordado cómo mis padres en los años 50 quisieron que su hijo estudiara en la Universidad de La Laguna. Y bien por mis problemas de salud o, como más bien creo, dado el poco interés que yo tenía, la Universidad me rechazó, y no superé el acceso”.

-Esa sí es una paradoja. La misma universidad lo convierte en Doctor Honoris Causa medio siglo después.
“No hay mal que por bien no venga. Aquel suspenso me cambió la vida, hizo que me trasladara a la Universidad de Ginebra, y desde allí se me abrió el mundo. En efecto, yo cambiaba de idea sobre qué estudiar. Empecé Literatura, Derecho Internacional…., luego lo odiaba todo, hasta que dije, papá, ¿me dejas ir a la escuela de arte? Y entonces empecé a hacer camino”.

En Londres era un fotógrafo de moda freelance que publicaba en el Sunday Times, con amistades tan fértiles como Paloma Picasso. El día que la editora de Vogue le abrió los ojos, los genes de la madre zapatera de posguerra hicieron el resto. Dice que parte de su cerebro es femenino.

-¿Cómo nacen en sus manos los manolos?
“Observando lo cotidiano, como dije. Grabo mentalmente los brocados, los colores y el zapato va adquiriendo forma en mi cabeza. Después lo plasmo en el papel con creyones y pinceles de tinta china. Es algo fascinante el diseño. Creo que mi mamá sentía eso cuando mostraba sus zapatos en La Palma. Cuando tengo los materiales que reflejan los modelos que imagino, paso al momento que más me divierte: la confección artesanal con mis manos del primer patrón. Trabajo con un equipo que me sigue desde hace 45 años. Cuando doy el visto bueno, y soy bastante meticuloso, mis zapatos ya pueden ser manufacturados. Así trabaja este artesano nacido en La Palma, un palmero orgulloso de serlo”.

-Un palmero-checo-inglés, con la Orden del Imperio Británico, que vive desde los 70 en el país que el próximo mes vota si sigue con los pies en Europa o se descalza. ¿Le preocupa el referéndum?
“Sinceramente, me importa un pepino. No me preocupa en absoluto. ¿Sabes por qué? Porque estoy convencido de que las cosas van a seguir igual. A veces, cuando más cambian, más iguales son”.

-¿Dígame aquello que sí le preocupa a estas alturas?
“A estas alturas, lo que me preocupa es Cumbre Vieja, en mi isla. El volcán. Que mi isla pueda quebrarse, como predicen algunos científicos. He visto un reportaje que me produjo verdadero pánico. Admito que me aterra el riesgo de que mi isla se rasgue y sucumba. Lanzo esta pregunta a volcanólogos y geólogos, para que digan qué puede pasar”.

-¿No cree que esa hipotética erupción, con su mega tsunami, es una exageración de la BBC?
“Es posible, pero puede que haya algo de cierto en las predicciones, y que vaya a suceder dentro de 50 o 100 años. Sería horrible. Y yo no quisiera que mi isla fuera conocida en el mundo por ese fenómeno de corte sensacionalista”.

-¿Dónde están sus raíces?
“Mis raíces están aquí y no se van a ir nunca de aquí. No me las podría quitar de encima, ni aunque quisiera. Las tengo. Van conmigo. Y voy a morir con ellas. ¿Por qué crees que regreso? Vengo de Tokio, donde estuve la semana pasada. Y vengo a mi tierra, y me caigo en mi tierra, dónde si no. Y aquí estoy. Mis raíces son importantísimas en lo que hago, en lo que creo, en todo. No puedo vivir sin mis raíces canarias”.

-¿Cómo ha encontrado La Palma en este viaje?
“Encantadora como siempre. Es una isla fantástica en toda la amplitud de la palabra…Pero la están destrozando a una velocidad asombrosa, haciendo edificios inmundos”
-Nuestro periódico, DIARIO DE AVISOS, le entrega ahora personalmente el premio que lleva el nombre de la Caldera de su isla, Taburiente.

“¡Qué bonita la escultura! De verdad, gracias de corazón. Es una gran alegría este premio. DIARIO DE AVISOS era como de la familia. Lo recibíamos todos los días y se estableció un fuerte vínculo. Recuerdo quellegaba anunciándose, “¡DIARIO DE AVISOS!”. Era el periódico de Santa Cruz de La Palma”.

El fotógrafo le pide que pose con el premio. Blahnik lleva birrete, pajarita y toga de alpaca. Se queja de algún latigazo del dedo herido, y se va dando saltos como vino porque el pie dañado también le molesta.

-Gracias, por aceptar el premio -le digo ya despidiéndonos.
“¡Nooo, por Dios! Gracias se las doy yo a DIARIO DE AVISOS de corazón. ¡Es el periódico de casa!”.

Una colección de los famosos 'manolos.

Una colección de los famosos ‘manolos.

 

EL HIJO DEL CHECO
Los campesinos de La Palma lo siguen llamando, con más de 70 años, el hijo del checo. En su casa de Bath (Inglaterra) catalogan sus 30.000 modelos. La exposición acudirá al Hermitage de San Petersburgo y, entre otras ciudades, a Praga, “en honor a mi padre”. Escuchaba con él canciones árabes por Radio Casablanca y su madre le leía El gatopardo, de Lampedusa. Ahora habita la casa restaurada, sin esas voces, cuando vuelve a la Isla, donde da nombre a una escuela de arte, “a ver las tierras, el perro y los pocos amigos que me quedan”. Le entristece no encontrarse a sus padres. Aquí se cura la fama que no cesa. Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) defendió sus manolos ante un ladrón en Sexo en Nueva York. Madonna decía que son mejoresque el sexo porque duran más, y la princesa Diana de Gales los amadrinaba. Son tres citas recurrentes, pero no la causa de su éxito, que es la calidad. “Manolo es nombre de bar de toreros retirados”, dirige con cierta mofa contra su fetiche. Blahnik (Oro a las Bellas Artes y de Canarias, Premio Nacional de Diseño de Moda y British Fashion Award) se resume como alguien que solo fabrica zapatos que a veces acaban en un altillo. Me comenta que es reacio a los selfies. Como a las modas y las redes sociales, pese a asomarse a Twitter e Instagram. Es un renacentista. “Mi vida ha sido interesante”. Michael Roberts dirige el biopic que interpreta Rupert Everett. Ahora añade el libro Gestos fugaces y obsesiones a la amplia bibliografía blahnikiana. Le gustan Goya y Velázquez, el cine mudo y Almodóvar, Sybilla y John Galiano, Kate Moss y Anna Wintour, Anjélica Huston y los andares de pantera de Bianca Jaegger. Y deplora las pasarelas. Si un día se pierde, que lo busquen en el Museo del Prado o donde estén sus musas. De Lady Di a Letizia. Blahnik es Blahnik. Pero aún no ha tocado el cielo con las manos. ¿Qué le falta? “El zapato perfecto”.M
Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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