Por qué no me callo. DIOSES Y LEYENDAS

Miguel de la Quadra Salcedo/bekiamoda.com

Miguel de la Quadra Salcedo/bekiamoda.com

 

 

Ya no es tan fácil como entonces ser fan de gente tan inolvidable. Ahora los iconos que vienen son de peor material de fábrica. En eso me confieso camp. Uno de mis héroes era Walter Cronkite, que daba las buenas noches a los americanos contándoles la verdad sin desvelarlos. No veíamos la CBS, pero su gloria nos hacía proselitismo. Bobby Deglané era otro tótem. Su final fue el de un juguete roto que paseaba por la Gran Vía y los ojos se le iban a las ventanas de Radio Madrid, su reino, ya depuesto, entre lágrimas. Esa clase de ídolos, dioses de la radio y animales catódicos, entre los que estuvo en activo hasta hace poco Larry King (“me brindaron el contrato de mi vida a los 70 años”), que entrevistaba a divinas y diabólicos con las gafas de pasta y tirantes, como estila el Gran Wyoming, y aquellas corbatas grotescas (como hizo luego Carrascal), con la cara de abuelo pasota, que besó en la boca a Marlon Brando como quien estrecha la mano al invitado antes de que se apaguen los focos. Personajes de una farándula extinta, que traían la picardía de Internet en la sangre: eran trending topic antes de que twitter existiera. O sea, gente transnacional que se adelantó a la tecnología, mediáticos apostólicos de Facebook que habría de llegar como el Mesías. Marco Pannella –otro de los míos- inventaba un cóctel de podemos y ciudadanos en la Italia democristiana y/o comunista de la segunda mitad del siglo XX, pero nunca venció al bipartidismo tomando el poder: lo suyo era opositar a ser oposición. El ‘león de la libertad’ (era periodista y amigo de Eugenio Scalfari) murió el jueves y se pasó la vida con “dos pistolas cargadas con balas de fogueo y una cesta llena de palabras”, como en la letra de la canción compuesta en su honor. A mí me ganaban sus poses de ‘radical’ fumando un canuto por la despenalización de la droga. Lo idolatramos cuando hizo diputada en los 80 a la porno star Cicciolina, Ilona Staller, aquella húngara verde de guantes blancos, procaz y antinuclear, que iba de ninfa platino con osito de peluche y una teta fuera y estaba dispuesta, por la paz, a acostarse con Sadam Hussein. Pannella se desternillaba escandalizando con la ‘di-putada’ que se había sacado de la chistera. Murió con los tumores y las botas puestas fumando caliqueños italianos. ¿Mencioné a Rodríguez de la Fuente?  Añado a De la Quadra Salcedo, que era culto y bragado en epopeyas, hasta la Ruta Quetzal, hasta su muerte el viernes. “No conocí a nadie más valiente”, nos decía Alberto Vázquez Figueroa, su pareja de balas en TVE cuando cubrían guerras. Son esas naturalezas humanas de una sola pieza que te cautivan. Como Thor Heyerdahl, que terminó sus días en la isla. Cuando, por fin, estuve delante de él, sentí un halo de leyenda envolviéndolo, volviéndolo irreal.

Marco Pannella y la Cicciolina

Marco Pannella y la Cicciolina

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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