Por qué no me callo. LA CUARTA OLA

Alvin Toffler

Alvin Toffler

 

 

Carmelo Rivero

Uno de los libros más seductores de los años 80 era ‘La tercera ola’, de Alvin Toffler, que, en realidad, escribió al alimón con su mujer, Heidi, una cabeza futurista como la suya. Era deslumbrante su síntesis de la historia de la humanidad vista desde la vida rural y milenaria, con su posterior centuria industrial, hasta lo que llamó, con aquel lema prospectivo, la tercera ola, cuando los estertores del siglo XX. Habíamos  pasado en diez mil años de una sociedad que se autoabastecía a otra productora y consumista y de esta a la globalización tecnológica que desmontaba ideologías y gobiernos. Aquí estamos. Venía gateando Internet, quitándose los pañales de Gutemberg, y Toffler adivinó que a estas alturas la información masiva (los mass media) sería selectiva y personalizada. Lo va siendo. Pero se hicieron dueñas las redes. Dueñas de todo, de la información y el terror, de la política y la economía y de nuestras vidas. Y también del sentido común, para invertirlo. Habría cambios radicales, de la familia tradicional a la sinopsis del hogar sin hijos. Me despaché aquel volumen como una novela de ciencia ficción. Hoy, creo –en homenaje al sabio Toffler, que acaba de fallecer- que hemos entrado en la ‘cuarta ola’. La más movida. No le dio tiempo a escribirla, pero sí la vio venir, supongo. Las víctimas del Paseo de los Ingleses de Niza (que inspirara a Nietzsche, Vallejo o Chejov, avenida de las letras), describe la escena de un videojuego tétrico que denominamos civilización. Es el ‘pokemon go’ de la otra realidad aumentada: estos monstruos no son de bolsillo, como los avatares del delirio callejero, que da la talla, por cierto, penosa, de esta generación. Niza es la masacre en escena. Este Matrix colectivo tiene mucho de la película. Acabaremos viviendo como real la escabechina virtual y viceversa. Nos tocó vivir esta demencia, qué se le va a hacer. Como a otros, sufrir las dos grandes guerras y, hace 80 años, la guerra civil a nuestros padres y abuelos. La extravagancia y la crueldad van juntas ahora. En Filipinas (cien millones de habitantes) ya manda uno como Donald Trump: Duterte ‘el sucio’, con las mañas de alcalde feroz, que acabó a tiro limpio con los malhechores. “Sí, soy un dictador”, proclamó ante las urnas ufano, y si las leyes no fluyen, se dará un autogolpe y santas pascuas, que es lo que casi le ha salido a Erdogan, viendo el tamaño de la purga. Cuando todo está en el aire –hasta la banca, que parecía inmortal-, es un teatro patas arriba, donde la sobrecarga de drama la trajo Internet, que no es un teatro a la italiana, sino un escenario inabarcable, en el que se libra esta tercera guerra mundial mitad verdad, mitad mentira, a lomos de la cuarta ola, que era la tramoya favorita de mi admirado Alvin Toffler.

El Paseo de los Ingleses, en Niza.

El Paseo de los Ingleses, en Niza.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a Por qué no me callo. LA CUARTA OLA

  1. Luis Gomez

    Una vez en el hospital, se ingresa con carácter urgente, dentro de lo previsto según su estado, siendo examinada por el médico, (Hombre mayor y corpulento para detalles), y por una monja enfermera, (también mayor y corpulenta, gafas, también como detalles), comunicándome que todo va bien, pero que hay que darle su tiempo.
    Al no encontrarse sola, sino en compañía de su madre y hermana como ya he comentado anteriormente, me vuelvo a Lluchmajor, a fin de terminar la mudanza, ya que al día siguiente he de empezar a trabajar, por haber consumido el plazo para efectuar el traslado.
    Hacia el mediodía, (podría ser la 1 del mediodía) una vez realizado el traslado de muebles y descarga, pero no su colocación, en la calle Luis Matí, no recuerdo el número, me traslado al Hospital Militar, donde se me comunica que la niña ha nacido muerta. Preguntando si alguien la ha visto, mi cuñada me dice que le enseñaron algo envuelto, sin comprobar su contenido por consejo del medico ya que habia nacido con muchas deformaciones.
    A los pocos minutos, aparece en la puerta de la habitación, un hombre de unos 40 años aproximadamente, con una caja blanca, pequeña, bajo el brazo izquierdo, comunicando que la iban a enterrar en la fosa común militar del cementerio de Palma de Mallorca. Solicito el verla, pero se me aconseja que no es bueno que vea a la niña, y que la recuerde en mi memoria de otra manera, ya que tenía algunas taras, y que el feretro ya estaba cerrado y no se puede abrir.
    En ningún momento se me pregutó si tenia algún seguro de defunciones, disponiendo en esos momentos de una poliza al efecto en la compañía Ocaso.
    A partir de esas fechas, la niña consta en mi mente cono mortinato, dentro de algunas vagas sospechas de robo de niños.
    Al transcurrir de los tiempos, y con la información divulgada de los niños robados, advierto que es una copia fiel de los hechos que me habían ocurrido, afianzando en mí la sospecha de que mi hija podría estar viva, por lo que inicio la recopilación de datos al respecto.

     

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