Por qué no me callo. GUSTAVO BUENO

Gustavo Bueno/ara.cat

Gustavo Bueno/ara.cat

 

Por Carmelo Rivero

Admitámoslo. España ahora mismo parece ingobernable, como el falansterio caótico que es. Cataluña es la excepción de España que confirma la regla; le asiste pertenecer al conjunto del que disiente, o no tendría razón de ser como singularidad. Pasa con todas las insinuaciones territoriales, incluida la canaria, que ha tenido sus etapas de filias y fobias y acaba extasiándose en el medallero imaginario de la ‘madre patria’ postulando en los Juegos Olímpicos. El ‘desastre nacional’ de 2016 tira por la borda los mantras de la Transición. ¿Para esto se hizo? Hijos y nietos de aquella generación defraudan las expectativas de un Estado que va a cumplir 40 años de democracia con el excremento del desgobierno. Una cagada. Que todo lo incendia. Así que La Palma es una metáfora de lo que le pasa a España a campo traviesa. El caganer catalán. El cagón que también defeca en los belenes palmeros entre arbustos, como el pirómano alemán que confiesa o finge haber quemado el papel higiénico y la isla. En el water político español hay más de un pirómano de la democracia que se limpia salve sea la parte cuando se ‘caga’ en nuestros muertos por el sentido del voto. El ‘bueno’ de don Gustavo llamaba a Sánchez, sicofante; a Iglesias, demagogo y a Rivera, ajedrecista, en una entrevista en El Español. Tenía mejor concepto de Rajoy: cosa de los viñetistas –decía- que lo dibujen “tumbado fumándose un puro”. Gustavo Bueno (fallecido el domingo a los 91 años, dos días después que su mujer, de 95) era el filósofo más desprejuiciado de este país de etiqueta con chanclas. Marxista, tenía cosas de Podemos desde hacía medio siglo y echaba abajo los mitos de la izquierda demodé anclada en el Antiguo Régimen como sobre el estiércol de un petroglifo. No tenía sentido, para Bueno, seguir matraquillando sobre izquierdas y derechas. De manera que oyó a Sánchez la enésima catilinaria contra la investidura del ‘apestado’ -“la izquierda no va a apoyar a la derecha”-  y se murió, sin saber si va a haber gobierno, o quizá por saber que no va a haber, ni él va a estar para verlo. En la Universidad de La Laguna, cuando lo conocí en los setenta, era un filósofo locuaz que iba a parecerse a Woody Allen, y era fácil ser fan suyo. Desmitificaba tanto todo que uno quería ser como Gustavo Bueno: hijo de su padre y de su madre y lo demás, un cuerno. Acuñó sin compasión el ‘pensamiento Alicia’ de Zapatero (en el país de las maravillas) y no dejó de descreer: de los derechos humanos, el Estado de bienestar, Europa y la transparencia (la política es “opaca” o no es, ironizaba). Como un hincha catódico teologizó sobre la telebasura: contemporizó con Gran Hermano y echó pestes de Operación Triunfo. Hacía mofa de la tele, sí, pero pululaba por los platós como un adelantado de la ‘nueva’ política: la caja tonta era el parlamento. Aquel sabio de orejas desabrochadas y gafas de empollín tenía respuestas para ‘todo’ patas arriba. A la postre, sería el Hawking de la filosofía política española. Se ha ido el filósofo libre y nos deja este muerto.

 

Caganer catalán

Caganer catalán

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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