La Entrevista del Domingo de Diario de Avisos/MARIO PESTANO (discóbolo): “Lo peleé a muerte, pero el cuerpo dijo ‘no’ a los Juegos Olímpicos de Río”

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Fotos: FRAN PALLERO

Por CARMELO RIVERO

La figura en bronce de un atleta desnudo con el cuerpo doblado hacia delante con un disco en la mano hacia atrás consagró en la Antigüedad, en una de las calles de Atenas, una imagen universal que se renueva en cada edición de los Juegos Olímpicos. El canario Mario Pestano, ya una figura histórica de ese deporte, posó semidesnudo para un almanaque de Aldeas Infantiles. Pero este ariquero radicado en El Fraile (Arona) siente pudor exhibiendo su imponente complexión física, y en la hora de la despedida, recuerda que sigue siendo “humilde e introvertido”. Estos días se retira “feliz”: “¡Llegué a ser el tercero del ranking mundial!” -según la estadística oficial de la Federación Internacional de Atletismo, IAAF-.

Haber sido el mayor lanzador de disco en España de todos los tiempos no ha cambiado su carácter. Lleva veinte maniáticos años viviendo “en un continuo lanzamiento”, sintiendo cada paso en el suelo o la textura de un plato al sentarse a comer. Y ahora la nostalgia le puede al ver los Juegos Olímpicos de Río: apaga la tele.

Es uno de nuestros superhéroes, un coloso de 1,93 y 120 kilos, que ha pasado media vida fuera de su tierra, en la élite del atletismo, y regresa con heridas en el cuerpo, pero exultante, “porque, por fin, estoy en casa y no había cosa que deseara más en todo este tiempo”. El discóbolo tímido.

-¿Su célebre miedo escénico era entonces una timidez olímpica?
“Cuando me reprochan que en los grandes campeonatos me bloqueaba, recuerdo que también he tenido buenas actuaciones en la Golden League y campeonatos europeos. Se me resistían mundiales y Olimpiadas, es cierto. ¿Las causas? Intervienen múltiples factores: el clima, los viajes, la suerte, las lesiones. Nadal no quiere que en Río le pregunten por la muñeca. Queremos olvidar las lesiones. Yo prefería no hablar de ellas,y en tres momentos, tres segundos, se decidía todo”.

-¿Recurrió a algún psicólogo?
“Claro. No me conformaba. Terminaba un campeonato en el que no había salido la cosa como quería y trataba de saber el porqué. Buscaba un psicólogo. Incluso llegué a trabajar con dos psicólogos cuando no conciliaba lo físico con lo mental. Pero es verdad que a veces ha habido un puntito en el que he fallado por la presión. ¿Miedo escénico? ¡Quién sabe!, puede ser”.

-¿Nunca leyó Los moldes de la mente, de Pedro Hernández?
“No, pues ahora lo haré, ya no para mí, sino para los jóvenes a los que quiero ayudar a que no pasen por lo que yo he pasado y tengan una mejor formación.”

-Su entrenador, Lizaso, incidía en revertir la ansiedad. ¿Le obsesionó la medalla evasiva?
“Llegué a la conclusión de que, objetivamente, mi carrera deportiva no podía medirse por una medalla. Cuando consigues mantenerte tanto tiempo en la élite, esa es tu medalla y debes ser agradecido. ¿Me hubiera gustado llevarme una medalla olímpica o en un Mundial? Pues claro que sí. Pero echas la vista atrás y no te lo crees: ¡siempre estuve arriba!”.

-Decir arriba es casi dos metros en su caso.
“Sí. Mis padres me hicieron bien. Y me tuvieron a mí solo”.

-¿Medalla es ser uno los diez mejores del mundo?
“Llegué a ser el tercero del ranking mundial desde mediados de la pasada década. Y regularmente he sido cuarto y quinto. Según las estadísticas, durante más de quince años he permanecido entre los diez mejores lanzadores del mundo, nada fácil por las exigencias físicas de un lanzador. Es un orgullo que un chico de El Fraile sea uno de los mejores lanzadores de todos los tiempos en un país y un continente sin tradición en este deporte.Cuando gané en Mónaco la gran final de disco de los mejores atletas del mundo, en 2004, superé a los que habían sacado oro, plata y bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas ese año”.

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-En su perfil de Facebook escribió que se quedaba sin ir a Río por “mis amigas la lesiones”.
“Por una hernia discal. El cuerpo dicta su ley. Tras lanzar en Madrid no podía caminar y me quedé sin hacer la mínima para ir a Brasil (65 metros). Pero después tuve una despedida soñada, en julio, en Gijón, en el Campeonato de España, con una ovación que me llegó al alma. Tras un mes sin entrenar, casi quedo campeón de España, frente a los cubanos nacionalizados. Me olvidé del dolor y me llevé la plata. Ahora solo haré exhibiciones y alguna competición puntual con mi equipo querido, el Tenerife CajaCanarias, al que volví para despedirme. ¡Qué mejor que en el mejor club y en casa! Tengo proyectos de futuro”.

-¿Cómo se baja de la nube?
“Me he formado en gestión y no descarto entrenar. Ahora quiero volcar mi experiencia y conocimientos tras 28 años trabajando en este deporte”.

-De los cuales, once los ha pasado en la Barcelona del procés y de Pedrito, otro ariquero.
“Sí, apoyando al paisano, aunque estando en la misma ciudad no nos veíamos, por exigencias de nuestras disciplinas. En el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat disfruté mucho, con Luis Lizaso, que ha sido más que un entrenador, un consejero. Acabé entendiendo el catalán; de hecho parte del máster de gestión que hice en el Instituto Johan Cruyff era en ese idioma. Del proceso soberanista me mantuve al margen. Yo solo tengo ojos para mi tierra, a la que he echado mucho de menos en estos 22 años fuera. Me encanta la naturaleza y me dio mucha pena ver ardiendo La Palma”.

-¿Es justa la fama de barrio conflictivo de El Fraile, un mosaico de nacionalidades?
“Es un buen laboratorio de integración social de muchas culturas diferentes y se hace necesaria una mayor presencia policial, pero también trabajar con los jóvenes. Me consta que el Cabildo está haciendo cosas. En su día presenté un proyecto deportivo para formar en valores a jóvenes del barrio, y no salió. Quién sabe si ahora sí”.

-¿Como modelo fotográfico se prodiga?
“He sido la imagen de El Corte Inglés en tallas grandes durante dos años, y me representa una agencia, con la que hago algunos trabajos, no tantos quizá por timidez. También estuve a punto de ser jugador profesional de vóley playa. Antes de irme a la Península, me ofrecieron quedarme ganando dinero, casi sin haber jugado a ese deporte. Pero al final elegí mi disco”.

-¿Cómo se cotiza, cuánto gana un lanzador de disco?
“Tienes que clasificarte entre los ocho primeros antes de un Campeonato del Mundo para optar a las becas del Consejo Superior de Deportes. El que queda octavo cobra 10.000 euros, por ejemplo. La Federación Española concede también ayudas inferiores por marcas. En mi época buena, de 2005 a 2008, gané para ahorrar, pero este año no llego a mileurista”.

-¿Dónde reside la fuerza del discóbolo, en los brazos, en los pies, en la mente?
“Todo arranca en los pies. La explosividad de las piernas. No es el brazo, como se suele creer. Es una fuerza que parte del suelo, un movimiento técnico específico, que ha de ser equilibrado en lo físico y lo mental”.

-El récord mundial de disco es del siglo pasado. Se cumplen 30 años. ¿Por qué dura tanto?
“Porque es una marca estratosférica: 74,08 metros. Lo batió un alemán, Jürgen Schult, con quien competí, por cierto, en mi primer Mundial, en Sevilla 99.”

-¿Qué da alas a un disco y le hace volar más?
“Es un artefacto aerodinámico. Como un avión. Un avión no despega con viento por detrás, sino con viento en contra. Una velocidad determinada hace que el disco no se caiga. Pero si el viento es muy fuerte no nos vale. Si compites a las tres de la tarde o a las doce del mediodía, el sol abrasador te ciega. Debieron de darse las condiciones idóneas, y en treinta años no se habrán repetido. Aunque yo creo que tampoco se ha ido a buscar batir ese récord como se debiera. Quizá sea un proyecto que yo promueva desde Canarias”.

-¿En qué está pensando?
“Aquí tenemos uno de los mejores sitios para intentar batir un récord del mundo. El Martín Freire Ciudad Deportiva Gran Canaria, con una magnífica pista de atletismo. Quisiera reunir aquí a grandes lanzadores en buen estado de forma con ese fin”.

-¿Nunca temió que el disco le saliera desviado y pudiera dañar a alguien?
“De hecho, alguna que otra vez se me ha desviado un poco. Cuando quieres darle demasiada fuerza, decimos que lo agarramos, y es que lo acompañas un poquito más y lo sacas de la trayectoria. En un campeonato del mundo, en Helsinki, lo metí en la pista, en la calle 1 o 2. Forma parte del peligro entre comillas del atletismo. También ocurre con el lanzamiento de martillo o de jabalina, que alguna vez hemos visto que se le ha clavado a un juez”.

-¡Vaya escena! ¿Recuerda cómo sucedió?
“Se la clavó en un brazo. De repente, el juez se piensa que la jabalina va a ir por un lado y un bache de aire lo traiciona”.

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-En el Discóbolo de Mirón, la escultura clásica, la mano sujeta el disco. ¿Cómo es su relación con ese objeto?
“En mi caso tiene un romanticismo muy especial. Valga un símil, para mí el disco es como una mujer, tienes que tratarlo con mucha delicadeza o no te va a querer. Es un artefacto muy sensible. Si no le das el recorrido por donde tiene que ir, con el ángulo, con la velocidad exacta, no te va a volar. La gran complicación técnica del lanzamiento es que confluyen muchas variables: si te adelantas un poquito, si te caes en la salida, si cambias mínimamente el ángulo del brazo, si acortas los radios, tiene que ir todo en equilibrio, si no, no vuela como debiera”.

-¿Cierra los ojos cuando lanza o mantiene la mirada?
“No se debe cerrar los ojos para poder captar la amplitud del lanzamiento, el recorrido de todo el círculo. Cuando cierras los ojos, buscas brevedad. Y eso hace que acortes y que reduzcas el radio y el lanzamiento te va a salir mal. Lo bonito es vivirlo. Es una sensación propioceptiva, de dentro. Cuando lanzas, lo hermoso y complejo es percibirlo todo: cuando vas dando el giro y cómo actúan los pies y cómo empiezas a impulsar y cómo al final el disco te sale por la puntita del dedo y tú sabes que lo has hecho bien. Y el disco sale disparado, ¡fasss! Si cierras los ojos, eso no lo ves, no lo sientes y puede salir un desastre. Cuando estoy entrenando y hago buenos lanzamientos, ya no hace falta la competición en sí. Salgo del entreno con el pecho henchido y con ganas de volver al día siguiente”.

-¿Cuánto es lo más lejos que ha lanzado entrenando?
“71 metros. Y por encima de 70, muchas veces”.

-¿Y le habla al disco?
“¿Le hablo? Le llevo hablando muchos años. Por supuesto que sí. Tengo unas conversaciones a veces duras. Le digo, pero, bueno, ¿qué te pasa a ti que no quieres volar? Sobre todo, en esta última etapa, en que era más complicado que el disco volara bien, cuando antes había volado tanto. Pero es lo sabio del deporte. Uno se va haciendo mayor y perdiendo facultades físicas que tenía”.

-¿No cambia de disco? ¿Le es fiel?
“Eso depende del lanzador. Yo me acostumbré a no llevarlo conmigo, porque me lo rompían siempre. Un disco puede estar entre 300 y 600 euros, y llegaba algún amateur y te lo metía contra la jaula, lo rompía, lo mellaba, un disco que vale un montón de dinero. Hay gente que lo lleva a todos lados. Yo llego a la competición y con aquel que tenga más feeling lanzo. También en las Aduanas, la Guardia Civil siempre te pone dificultades. Tú dices que es un artefacto de competición y ellos se empeñan en que es objeto peligroso, que tiene filo. Cuando la competición se celebra cerca de casa, utilizo el mío. Tengo discos del recuerdo, de toda mi vida, y sigo lanzando con ellos, pero, eso, cuando es cerquita”.

-En Tenerife logró el récord de su vida: 69,50 metros. ¿Guarda ese disco?
“No es mío”.
-¿De quién es?
“De un buen amigo catalán, Iván Tirado, uno de esos lanzadores que no se separa de su disco. Ese día lancé con el suyo. Tenemos un disco en común, es como compartir una novia. En Facebook, el otro día, recordó que tiene un artefacto de color negro, redondo, de dos kilos, que hizo historia por haber volado muy lejos”.

-¿Ahora que se ha retirado, piensa pedírselo?
“Le puedo dar todos los míos y me quedo con ese muy a gusto. Es broma. Yo me conformo con haberlo vivido”.

-¿Cómo recuerda ese día?
“Lo tengo perfectamente grabado. Al final, más que el disco, es una cuestión de sensaciones que conservas. Se celebraba el Campeonato de España en Tíncer (Tenerife). No fue solo el día, sino todo el año, en el que hice muchos récords. El secreto estuvo en que no me lesioné en ningún momento. Pude llevar a rajatabla todos los entrenamientos, todos los ciclos y microciclos, para llegar al 100% al final.Cuando salí a lanzar, mi familia me había organizado una marea azul en la grada con una pancarta enorme con mi foto que no me esperaba. Fue precioso y se dieron las circunstancias para sacar de mí lo mejor. Yo digo que ese día fue mi medalla de oro, no olímpica, sino personal. Un día único”.

-El 27 de julio de 2008.
“Sí, un día mágico. Lo recordaré toda la vida”.

-Trece veces campeón de España. ¿Se da por satisfecho?
“Y también muchas en categorías inferiores. No está nada mal. Ha sido una carrera larga. Dos años no pude acudir por lesiones. Estoy a la par con Sinesio Garrachón, gran lanzador en su época, que también ganó trece. Pero no era ningún trámite, enfrente tenía a Frank Casañas, cubano nacionalizado, de gran nivel. Son más de veinte años en la alta competición. Si me he mantenido y he hecho historia ha sido por mi constancia en perseguir mis sueños”.

-Atenas, Pekín, Londres ¿Cómo son los Juegos Olímpicos por dentro?
“Nada tiene parangón con vivir unas Olimpiadas por dentro. Atenas fueron las primeras y estaba como en una burbuja, no me lo creía. A Pekín ya fui con opciones, es el segundo recuerdo más bonito de mi vida deportiva. Las de Londres fueron complicadas por las lesiones”.

-¿El disco le dijo que no quería volar a Río de Janeiro?
“Fue el cuerpo. Dijo no. Lo peleé a muerte. Y estoy tranquilo de haberlo intentado”.

-¿Hay doping en su gremio?
“Lo ha habido y lo habrá, por supuesto. Por conseguir marcas, más que dinero, como ya vimos. Se está haciendo un gran trabajo con los avances que hay. El nivel desciende y se detecta al que actúa mal. Una de las últimas noches tuve un control antidoping hasta las once”.

-¿Es algo normal?
“Tenemos que estar localizables 365 días al año. Norma de la Federación Internacional. Cuando cambio de ciudad, debo comunicarlo. Si dices a una hora, te aparecen y no estás, tienes un control fallido. A los tres controles fallidos es como si hubieras dado positivo. Mi hora en Barcelona era las 10 de la noche en el Centro de Alto Rendimiento. Llegan, te tocan, ‘señor Pestano, tenemos que hacerle un control’. Y estuve hasta las once. Te pueden tomar orina o sangre, según la prescripción. Siempre hacen controles de sangre para el pasaporte biológico. Dos, tres veces al año te sacan”.

-¿Si sube al Teide y llena los pulmones es doping?
“No sé, pero para mí es el mejor doping del mundo. Volver a mi isla y poder respirar, que me dé la brisa marina, o subirte a los montes. No tiene precio. Tenía unas ganas enormes de volver y estar con mis padres”.

 

EL PRIMER DISCÓBOLO
Mario Pestano no es cantante, pero ha hecho una carrera exitosa en el mundo del disco. Con ayuda de un bíceps de 45 centímetros. Este Obélix bien musculado, cuyas hazañas parecen salidas de un comic book, era un niño de barrio, “humilde, tranquilo y tímido”, que ha viajado por las principales capitales del mundo lanzando un disco al aire, como los discóbolos griegos. Ahora cuelga las zapatillas y disfruta del silencio y la pesca, de vuelta a la Isla. En la despedida, dirigió una carta emotiva a su disco, más que un fetiche, que comparó en la entrevista con una mujer: “Ayyy, gracias por todo lo que me has dado”. Probó también suerte en el fútbol de portero, y en balonmano, “pero no me pasaban la pelota”. Hasta que vio con nueve años desde la azotea de su casa las clases de atletismo en las escuelas deportivas de Arona. “Crucé la calle y pregunté al monitor si podía apuntarme”. “Claro, adelante”, le dijo Alcibíades Santana. “Gracias a él, desde ese día hasta hoy esta ha sido mi vida. Fue el monitor que me metió el atletismo en la sangre”. Incluso, en la élite, como hacía en la azotea: “Lanzaba mi disco y me sentaba a ver a los demás, para seguir mejorando”. Hijo único, ha vivido más de veinte años lejos de sus padres, Mario y Mercedes, que alentaban, sin embargo, esa extraña vocación solitaria. Cuando quedó campeón de España de cadetes de peso y disco le regalaron un discóbolo de marmolina. “Con el que inauguré mi colección”, apostilla.
Mario Pestano: “Lo peleé a muerte, pero el cuerpo dijo ‘no’ a los Juegos Olímpicos de Río” publicado por Carmelo Rivero → 16 agosto, 2016

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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