Por qué no me callo. FIDEL

Fidel y el Che

Fidel y el Che

 

 

Carmelo Rivero

Fidel guarda fotos suyas en secreto. Mi padre no recordaba que era coetáneo de Fidel, que le lleva dos meses de ventaja y el sábado cumplió 90 años. Fidel tuvo presente a su padre, el gallego Ángel, en la carta  del cumpleaños en el Granma: “Pocos años antes del triunfo de la revolución mi padre murió. Antes sufrió bastante.” En el Palacio de la Revolución, el Comandante nos relató en 1998 que de niño amenazó a su padre con incendiar la casa familiar de Birán (Holguín) si no lo apuntaba en el colegio que él quería. No lo apuntó. Y la casa acabó en llamas. ¿Fue usted?, le pregunté. “¿Yo? Mi padre fumaba puros y se quedó dormido. El descuido fue suyo”, contestó atusándose la barba. Le conté a mi padre que una vez Fidel me dijo que tomaba ‘PPG’, la ‘Viagra cubana’, porque alargaba la vida, actuaba contra el colesterol malo y era un gran energizante. Fidel alardeaba de dormir poco y leer de noche libros de un tirón. Veo a Fidel reapareciendo en el Teatro Karl Marx de La Habana y me acuerdo del ‘PPG’. Mi padre quisiera probarlo, me insinúa con picardía y desaliento. “¡Qué más da!” Las fotos. Me arrepentiré toda la vida de no haberme quedado en La Habana a desempolvar en un libro las fotos inéditas del Comandante, que fue una idea que salió de él, tras prologarnos una biografía de su amigo Paco González Casanova (este mes hace 30 años), escrita con Martín y Julio Hernández. Fidel el fotogénico evita ser captado con los estragos del tiempo. Hace diez años traspasó el poder a su hermano cuando se operó por una hemorragia intestinal, y en los Estados Unidos algunos exagentes ya ancianos de la CIA debieron de telefonearse incrédulos y frustrados por no haber conseguido acabar con el ‘caballo’ indómito. Conocí en La Habana con Alberto Segura al escritor que catalogó los más de seiscientos atentados que urdió la CIA contra Fidel, incluida la chapuza grotesca de las cápsulas de cianuro. Se fundieron con el hielo del congelador y el camarero de la cafetería del Hotel Habana Libre se puso tan nervioso al servirle el batido que confesó. La baraka de Fidel es legendaria en Cuba. Marita Lorenz, la espía, amante y madre de un hijo con él, tiró por el bidé las dos pastillas letales que había escondido en un tarro de crema facial, justo antes de que Fidel entrara en la suite del hotel y le adivinara el pensamiento. Le dio su pistola para que le matara y ella se fue de la isla. Mi padre me escucha estas historias con el sopor del verano y me deja hablando solo. Hay edades para hablar y edades para escuchar. El propio Fidel, que hablaba hasta por los codos en discursos maratonianos, apenas abrió la boca en el Karl Marx. “¡Quién sí pudo acabar con nosotros fue Kennedy, si nos bombardea nos machaca!”, me dijo cuando aún estaba en activo respecto a la invasión de Bahía de Cochinos. Ese día comprendí el oxímoron de las relaciones Cuba-Estados Unidos: una enemistad amistosa. Antes del deshielo Raúl-Obama (2014), Fidel estaba en deuda con Kennedy y, además, me contó como colofón: “Clinton es mi amigo”.

Fidel y Marita Lorenz, la amante espía que planeó matarle./elcomercio.pe

Fidel y Marita Lorenz, la amante espía que planeó matarle./elcomercio.pe

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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