Por qué no me callo. De los padres de la patria

Para hacernos una idea del extraño contubernio en que suele decaer la política en Canarias, tendríamos que guardar siempre memoria de ayer, algo que se tiene por un hábito obsoleto. Me siguen sorprendiendo esos tics recurrentes de una amnesia patológica del pedante adanismo del político de turno que se siente en la obligación de fundar el mundo a su llegada al poder, sin recuento de predecesores. Cuando entró en la política regional Manuel Hermoso -estamos hablando en términos históricos, pues hace de ello más de un cuarto de siglo-, el pionero había sido Jerónimo Saavedra, que instauró la autonomía y sentó las bases del autogobierno. Se olvidan pronto las lecciones y los autores de los actos. En Hermoso había una agitación primeriza que le llevaba con fuerza al cenáculo de los padres de la patria. Tenía trazas de alcalde populista -como entonces ya se decía con ninguneo en términos de tribuno convencional- y era fácil discutirle la vocación autonomista, todo lo más era, a ojos de la política reglamentaria, un insularista recóndito que no veía más allá de su chicharrerismo nasal. Y después resultó un ingenioso arquetipo de político a la contra, que procesaba los continuos desafíos del racimo de peñascos con la estética naif de un cesarmanriquismo apóstata, irreverente y audaz. Aquel responso ante el Rey. La gira europea para vender el estatus isleño en volandas del avión que le prestó un empresario local y que fue el germen de nuestra ultraperificidad militante. O las cosas que dijo sin darle más vueltas, como la broma que nos hizo pensar a todos: la república helvética canaria, con un presidente por isla cada año para acabar con la impertinente capitalidad y el estigma -que ahora persigue a Antona- que cuestiona que los presidentes puedan ser de las islas menores. Saavedra y Hermoso eran como el aceite y el vinagre, el yin y el yang de la política canaria. El uno tenía avales de autonomista y el otro de cabildista. Pero lo que entonces parecieron dos antagonistas sin remedio, salidos de la olla del infierno de nuestros cainismos tribales, pusieron su letra y su música, y con esas dos partituras resulta que hemos estado bailando durante un cuarto de siglo. Entre la isla y la región. No era, en manos de ambos, posible hacer tabla rasa y empezar de cero una y otra vez. Cuando las dos almas de aquella Canarias que estaba políticamente haciéndose, la que se hacía jerónimamente, como acuñó Manolo Padorno, y la que se hacía manuelmente -que, en efecto, parecía hecha de un modo manual, sin artificios, sino desde abajo, desde la isla- dieron en encontrarse y gobernaron juntas, nos pareció lo más natural a todos. Nadie creyó una herejía que Hermoso y Saavedra se coaligaran y, después, cuando el pacto terminó de aquella manera traumática y se produjo un abismo entre los unos y los otros, entre Coalición Canaria recién creada y el PSOE, que era el decano de los partidos y las autonomías, el molde no se rompió, Canarias estaba hecha.Ahora tenemos esa sensación extraña que apuntaba al principio. Todos los gobiernos han seguido como un hilo de continuidad. Fernando Fernández y Olarte se repartieron una legislatura que, con todo el ruido -que ahora ha vuelto a mencionarse- de la gresca universitaria y la cuestión de confianza, contribuyó a levantar el edificio, a hacer las paces académicas, que era un pleito que nos desgarraba y tenía que ver más con el hígado insular que con el Gaudeamus universal, y a decirle a Madrid lo que vale un peine cuando se discutieron los arbitrios de los cabildos. No es mal ejercicio este de mirar hacia atrás para ver lo que hicieron otros antes. Lo que hizo Adán Martín, que dejó en los estantes su enciclopedia del eje transinsular, para que esto sea una tierra única alguna vez. Lo que hizo Román Rodríguez cuando abrió el melón de las directrices turísticas que ahora quieren tumbar con la Ley del Suelo. Lo que hizo Paulino Rivero a propósito del petróleo o las aguas malditas, que si son o no son canarias, que si patatín, que si patatán. Por tantas razones, toca a Fernando Clavijo reconciliarse con el pasado, pues todo comienzo tiene un antecedente.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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