El aire de Campisábalos

El aire de Campisábalos es el más limpio de España. Por el viento que corre. Tiene ese alimento de la naturaleza que nutre su lenta geografía de campo, como nosotros tenemos el alisio, pero con la población desatada en decenas de miles de habitantes, y ese pueblito de Guadalajara apenas tiene 68 vecinos, que en invierno se reducen a 20, ganaderos y agricultores. Por eso gozan del aire de los dioses, que es cuando respirar nos reconcilia con este agente secreto que se enmascara en su carnaval de transparencias, y todo se vuelve una confabulación de los sentidos, donde la calma rural y el bello aliento son los alicientes de una vida de placer. Como me pasaba en Taganana.

La polución es el excremento del aire, viciado por el progreso. Y por eso el cambio climático es la consumación de nuestras ínfulas de desarrollo. Esos siete planetas que orbitan en el sistema solar recién descubierto plantean la hipótesis de la vida con el permiso de la atmósfera. La química de todo es el oxígeno. Pero solo en Anaga me daba cuenta de esa menudencia que sostiene a toda la humanidad. El aire tiene las espaldas de Hércules. ¿Por qué el campesino es tan sabio? Porque es parte de la verdad. Vive con lo esencial. Habla del aire como algo suyo y predice los climas con sus cabañuelas. En la ciudad se vuelve uno intrascendente y presumido. La conversación omite a la naturaleza. Y el aire se hace impostura rural de una poesía aferrada al asfalto.Yo no he vuelto a respirar mejor en ninguna otra parte que allí, donde existía la delicia de oler el aroma a la bosta de vaca, y había un caminar entre nubes, con los abismos abajo, consciente del peligro de resbalar y caer mortalmente, que no era un riesgo meramente teórico, si lo sabré bien. En los pueblos hay curanderos con los métodos revueltos y te apañan con remedios que curan a todos los animales por igual. La mítica buena salud de la gente de campo tiene que ver con la dieta y el aire. El aire que se respira y se ve. En los paisajes impolutos de la cordillera de Anaga el aire, con apenas veladuras, era parte de la estampa con su brillo, su tersura y su piel de cristal. El “ondear del aire”, decía Juan Ramón Jiménez.

Respirar era como comer por los ojos; lo hacías con placidez, y te quedabas a gusto. Se entiende lo que digo si pensamos en la evidente repulsa con que uno respira bajo el sofoco de la calima. No he vuelto a respirar sano desde entonces. Te mueves en las urbes, donde vives, trabajas y paseas, y te olvidas de cómo te sentías cuando ibas del Lomo a Asano oliendo el estiércol, las múltiples fragancias de las flores del camino, sorteando los precipicios diáfanos como el agua del mar límpida y transparente como el aire.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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