Por qué no me callo. Cuando vivamos con otros seres

Entre los temas coloquiales se ha colado el robot, que es compatible en nuestra sugestión con el hechizo por el extraterrestre. Esta ha sido la semana del marciano que nos ganó en la niñez, el E.T. de Spielberg a la vuelta de 35 años. Y, a su vez, nos incumbe ahora mismo el mundo de Yo, robot, con Will Smith, y del más reciente y simpático Chappie, ese androide íntegro que ya quisiéramos de congénere. Así que hemos dejado atrás el pudor y hablamos abiertamente de un tema que es un anatema de herejes, como si la ciencia hubiera perdido la vergüenza y posara desnuda con todos sus pecados. De ahí que la ONU y la NASA tengan listo el protocolo para dar la noticia de otros habitantes que fueron expediente X y que el BBVA nos prepare para una convivencia atónita con acólitos robóticos. Ya se escriben libros a propósito. Me confieso mentalizado de antemano. El alienígena me resultó siempre un vecino plausible, e inexcusable cuando veía a Paco Padrón Hernández -que hoy asoma a nuestras páginas con la lógica de las últimas noticias-. En cierta ocasión, escribí un relato donde el sujeto exógeno convocaba una rueda de prensa que el periodista debía cubrir. Ahora, Rebolo le cuenta a Iñaki Gabilondo en Cuando ya no esté hipótesis sobre la vida intergaláctica que redimen al crédulo de misterios en que me reconozco. Ha bastado esta última semana, tras el ditirambo de los exoplanetas, para convertir el tabú ufológico en moneda informativa de uso corriente. El selenita se intercala en las tertulias como antes Monedero e Iglesias con los satélites y mareas de Podemos.

Conviene leer El próximo paso: La vida exponencial con la mente despejada. El robot deberá pagar impuestos, sugiere Bill Gates. Yo supongo que tendrá sus costumbres y amigos, tendrá su ocio y sus arranques de mal humor. Y, por si acaso, tendremos a mano el botón de desconexión, si no lo descubre y estamos perdidos. Tendrá programado el sueño y el despertador para que nos prepare el desayuno y nos diseñe la ruta y los hábitos consuetudinarios. Todo esto, en realidad, ya es. Hay un famoso robot recepcionista en un banco japonés y un hotel con plantilla de androides. El automatismo echó raíces al término de la Segunda Guerra Mundial. Ahora estamos a las puertas de la cuarta revolución industrial, tras la máquina de vapor, la electricidad y la electrónica. Y la cuestión es que la mano de obra metálica del futuro -el futuro es ayer- va a generar mucho paro humano y conviene saberlo con tiempo. El señor robot será un contribuyente más, con sus derechos y deberes, y un día intentará pensar con más información almacenada que nosotros y un arma infalible en su haber: el Big Data, que procesa la ingente memoria con ayuda de un buen supercomputador. De manera que nuestros hijos y nietos deberán congeniar con esos ciudadanos paralelos, vertiginosos e inteligentes, que sabrán más y decidirán más rápido. Sin embargo, tenemos algo a nuestro favor: la creatividad, el mayor yacimiento de empleo de la próxima era, la cuarta ola, como diría Alvin Toffler. Y los sistemas educativos de mañana deberían preparar la mente de obra para la imaginación, como en un gran Montessori. Es verdad que el robot que hoy colegimos será un personaje con prejuicios, cuya lógica emanará en cada uno de sus actos. Y esa es nuestra oportunidad. Si el porvenir nos invita -y conmina- a ser seres creativos o no ser, no estaría mal que diéramos un volantazo y devolviéramos del exilio a los estudios humanísticos. Siendo comprensible todo acto de conciliación entre los títulos universitarios y la demanda de oficios real de las empresas, sepamos que mañana es tarde, el robot ya está aquí.

En un almuerzo de trabajo, el directivo de una empresa energética puso sobre la mesa los servicios prestados por el robot de su compañía en la detección de los fraudes del cliente. El robot no falla, dijo, y todos le preguntamos detalles de ese prodigio que no está en las páginas de Asimov, sino en la sede de Endesa. Recordé lo leído en el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, sobre la intuición, otro de mis temas favoritos. Ese golpe de efecto milagroso que en la abundancia de variables concentra su lucidez en un instante del pensamiento. Si el robot -que ya nos gana al ajedrez y al póker- nos desafía con su intuición, estamos perdidos, pues su banco de datos también nos supera.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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