Por qué no me callo. Las pequeñas cosas cotidianas

Como quiera que todo se ha vuelto patas arriba, por tendencia o declinación, uno acaba extrañándose de las cosas que funcionan como siempre lo hicieron, de todo aquello que conserva sentido, que es como fue toda la vida, antes de que fuera disruptivo, y que resulta que guarda coherencia y es útil. Siento vergüenza cuando por esta razón parezco un carroza, pero a muchos les pasa lo que a mí, que terminan agradeciendo el previsible funcionamiento de las cosas consuetudinarias. ¿Por qué me agrada tanto llegar a un comercio, una pastelería, un supermercado y que te atiendan por orden de llegada y no en virtud del número que señala la pantalla? La vieja costumbre contenía la figura del que se cuela y la consiguiente discusión en la cola. De esa controversia nacieron parejas, familias, amistades, cuando la sangre no llegaba al río.

El guagüero tiende la mano y le abonas el viaje, mientras otros pasajeros más modernos emiten el importe con el móvil haciendo gestos en el aire. En esa clase de escenas cotidianas uno pasa apuros, porque existe el pudor a no resultar anticuado. Leer. Esta es otra de las prácticas que nos ponen a prueba. Existe todo un debate sobre el método de lectura opcional, entre quienes defienden el recurso procedimental apegado a la yema de los demás, por los siglos de los siglos, de tomar un libro entre las manos sin más rodeos, y aquellos que se reivindican a la última exhibiendo un activismo digital con el ebook en ristre como si de una espada se tratara. Yo aquí tengo una postura ambivalente, gasto de los dos soportes y me quedo tan pancho, pero, a solas -cuando nadie me ve y aflora el lado íntimo que a uno le queda bajo la piel- me digo que nada suple con éxito el encanto de tocar las páginas mientras se leen las palabras escritas en ellas como ancestros. A Hans Magnus Enzensberger esa razón le parecía suficiente para darme esperanzas sobre mi oficio: “Nada sustituye al periódico si puedes tocar las noticias en el desayuno”, me dijo. La nostalgia de los usos cotidianos que la tecnología ha ido jubilando de nuestras vidas adquiere una dimensión nueva que trasciende el mero valor museístico de lo vintage. Seré un clásico, como lo fueron y son Leonard Cohen y Gay Talese, dos monstruos intemporales. Me apasionan los inventos esquizoides, y perdono la mentira del azar que nos descubre verdades aplastantes detrás de su burla. Pero cuando me vuelvo, a menudo, rutinario y dieciochesco, cultivo una impronta de hábitos que rebusca en la antropología de todo sujeto y prefiero una taza de café bien servida en la barra de un bar.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario