Por qué no me callo. La eterna primavera

Yo siempre me pregunté por qué nos decían que éramos hijos de la eterna primavera. Me llamaba la atención ese lujo de sambenito que heredamos de las almas que moraban estas islas en el imaginario mitológico donde el Bosco habría instalado su Jardín de las Delicias, con nuestras Hespérides y nuestras islas Afortunadas. La primavera me incumbe desde que nací en ella, en su equinoccio fundamental, donde los hábitos cambian y paseamos a la intemperie al encuentro de la ciudad en flor. La primavera isleña no es un mito, sino un signo de identidad cuando quiere; hay primaveras y primaveras. Y más de uno es un primavera.

Sentimos rubor por ser las islas de la eterna primavera y hemos ido jubilando el eslogan como tantas cosas, queriendo quitarnos importancia, haciendo mutis por el foro. En cambio, si Noruega es tan feliz como dicen, y ya supera a Dinamarca, que era el edén del relax y, por consiguiente, de la filosofía hygge,vengo a reivindicar nuestra parsimonia y, por ende, el valor retributivo de la paz primaveral que nos caracterizó toda la vida. Fue Bután el reino que midió la felicidad nacional bruta. ¿Por qué no cuantificar, bajo el índice que corresponda, la importancia de ser un territorio dotado de eterna primavera, de los beneficios que ello reporta en términos emocionales y económicos. Dar la medida exacta de nuestra impronta turística como paisaje e idiosincrasia y definir, de paso, el perfil insular del habitante que se dora al sol y vive de PIB de esa estrella que genera tal poder de captación de masas en nuestras costas… La musa del canario es la primavera, su don natural. Los espacios protegidos que proliferan en nuestro cosmos particular descienden de la madre primavera, que urdió su plan en esta posición indiscutible de una encrucijada de mundos y climas que nos proveen. Así que estamos a la espera de los economistas que pongan la ecuación al asunto y acierten en el cálculo de la providencia que nos distinguió primaveralmente eternos. Los hermosos latiguillos del lenguaje abundan en la psique de los pueblos. El nuestro reúne las características de lo ignoto antiguo que pertenece a las quimeras de los primeros narradores cuando confluían la historia y la ficción.

Vendrán tiempos mejores y acaso peores. Pero abogamos continuamente porque vengan turistas. Es cuestión de pelas. El correligionario insular es alguien que vino al mundo con el estigma de la distancia, y se hizo a la mar para alcanzar con la mano orillas lejanas que ni siquiera alcanzaba a ver, como si lo hiciera por instinto. Han pasado los primeros siglos de esa dispersión del canario y ahora se debate entre reanudar el viaje o quedarse, impelido primero por la crisis y después por el temor a que ella vuelva. Pero los turistas siguen volando a este nido, aunque nos turbe y prefiramos llamarnos ultraperiféricos como una conquista de los derechos y el lenguaje. De acuerdo, pactemos la simbología y hagamos las paces con la primavera, con el paraíso y hasta con San Borondón. Entre esos que se designan isleños y mundanos y, por tanto, soñamos con viajes interminables en la eterna primavera, me cuento, iluso de mí. Un primavera.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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