Leonardo Padura, en DIARIO DE AVISOS

Nos encontramos el otro día en la Redacción de DIARIO DE AVISOS con Leonardo Padura, el novelista cubano que ganó el Premio Princesa de Asturias siendo el autor de novela negra más reconocido del momento. Pero la novela pasó a un segundo plano en la conversación narrativa del periodismo que entablamos nada más sentarse y ponerse a pensar de lejos en Cuba, recién llegado de La Habana que alimenta las andanzas de Mario Conde. El periodismo. Esto -dijo, tocando el papel del DIARIO de esa mañana como un pan recién salido del horno- pronto no nos dará de comer. Con toda la razón del mundo, Padura relató a Santiago Toste, que le hizo la entrevista del viernes, y a quienes le escuchábamos, que el formato de este oficio tiene los días contados en favor de la expansión de Internet, que ha invadido los espacios de la información y se ha hecho dueña absoluta de la verdad, esa cosa ya inexistente.

Al autor de Las cuatro estaciones no le trae sin cuidado la deriva del periodismo de papel camino de su Santa Lastenia particular. Repuse el argumento del periódico local bien avenido con los gustos todavía inextinguidos del lector medio que quiere tocar la lectura de las noticias como si tuvieran carnalidad para su creencia. Quién sabe, quizá -concedió para mi consuelo-. ¿Por qué escribir en el aire donde nada la posverdad? En las aguas de tinta y celulosa, la mentira se hunde, lo que flota en el tiempo es lo cierto. Pero en ese éter burlón del bulo y el bullicio, ya sabemos lo que pasa: las redes se infectan de fakes y no hay manera de desmentir nada, porque todo aspira a parecer mentira. Y lo que no lo es, no vende; se trafica en esa clave, y el juego funciona como en un envite de faroles. Pero antes no se jugaba con la información, y la palabra veracidad -adscrita a todo un reglamento de etiquetas, junto a conceptos sacrosantos como la credibilidad- marcó a generaciones de periodistas, instalados en su cuarto poder como notarios de la actualidad que convenían a ciudadanos y gobernantes en la esperanza de un mundo justo y verificable. Todo eso se ha ido a hacer puñetas, en el puro vuelillo de un encaje de falacias virales.

Padura volvió a tomar entre sus manos uno de los ejemplares del DIARIO depositados sobre la mesa. Hay un nuevo canon, donde el redactor y el director son la misma persona ubicua, que se abstiene de contrastar dato alguno y publica lo primero que le viene en gana, sin ninguna clase de control ni deontología. Bueno, y entonces hablamos de novela. Porque la realidad es lo bastante amarga como para no ahogarnos en ella y quedarnos con mal sabor de boca. La ficción nace en las calles de La Habana, que yo he transitado tantas veces como si estuviera en casa. Padura habla de Alejo Carpentier, que llevaba los adjetivos en los bolsillos por esas calles cuyas columnas describió como nadie fue capaz de hacer. Y Padura habló de sus maestros americanos de novela negra. Pero entonces trajo a colación el nombre de Manuel Vázquez Montalbán, su maestro. Y la memoria se me disparó. Montalbán me dijo aquello de que Carvalho no podía aspirar a capturar a Bin Laden, porque era “un investigador peatonal”. Todavía quedaba flotando en el ambiente la palabra periodismo de apertura de este diálogo. Estábamos entre periodistas. Padura se definió como un periodista que escribe novelas -o cuentos y guiones de cine-. Montalbán me dijo algo por el estilo, pero añadió fútbol, gastronomía y poesía. Periodista es aquel que no sabe hacer otra cosa que escribir. En la novela del periodismo, donde vasculaban Tom Wolfe o Gay Talese, militó aquella “máquina de primicias”, Jimmy Berlin, que acaba de morir. Había sido un periodista de calle que arañaba cada mañana el velo que cubre la ciudad de Nueva York y metía las manos hasta sacarlas llenas de sangre. Así, entrevistó al sepulturero de Kennedy y dejó en 88 años de vida medio siglo de columnismo del periodista que contrajo la rabia. Mantenía la boca cerrada y los ojos abiertos, y no dejaba de moverse. Esa era la fórmula de su género iracundo.

En la tertulia con el escritor cubano que ha roto los esquemas de la novela negra urbana nos permitimos pausas de aliento para rebatir a la tecnología su poder de captación. ¿Habrá periodistas sobre la tierra cuando haya extraterrestres y no sean noticia? Estas cosas me las guardé, y me dije que acaso seamos supervivientes contra viento y marea, contra el espacio y las redes, con tal de seguir contando las cosas comunes que pasan a nuestro alrededor. El periodista Gilberto Alemán era Jimmy Berlin en Santa Cruz. Ernesto Salcedo subía las escaleras de Radio Club con un papel doblado en el bolsillo que leería delante del micrófono sin perder nunca el tono de voz. Ese tono de voz me lo recordó el otro día un taxista, porque los taxistas se quedan con los tonos de voz de la gente que habla por la radio. Me hizo la exégesis de Salcedo, como si lo hubiera conocido toda la vida. El gremio tiene sus miserias -cómo no-, pero ha tenido tantos buenos periodistas, que siendo un oficio de tinieblas, con más pobladores fantasmas que periodistas de carne y hueso -porque los buenos son pocos-, sostengo la certidumbre de que hay cuerda para rato. Es como un oficio interminable que se refleja en La eternidad de un día, el libro del mejor periodismo literario centroeuropeo de entreguerras. Caben todas las elucubraciones sobre la caducidad del papel, pero hubo un período en que este escaseaba, antes del siglo XV, y estaba muy lejos aún de llegar el invento de Internet, y, sin embargo, las noticias se difundían. Nació el que inventó la imprenta, y la prensa echó a volar. Así que volvemos al principio, a una etapa incierta, donde las tiradas de papel declinan. Y ya existe Internet. Vendrá otro Gutenberg a prestarnos las alas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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