¡Abril de 2017!

Necesitamos una computadora que verifique el tiempo real, el que transcurre en el cálculo acelerado de las nuevas cuentas del tiempo, que es un inventario inédito comparado con el letargo de los días pretecnológicos de anteayer -cuando todavía era el siglo XX-, un tiempo vertiginoso en una sociedad frenética que llega atropelladamente al mes de abril, ahora mismo, sin respiro. ¡Abril de 2017! ¡Pero si este año era un recién nacido!

La imagen de un reloj siempre desató un sentimiento de miedo oculto en mi subconsciente. El tiempo (“porque sin él lo que llamamos vida sería de piedra”, escribió el mexicano José Emilio Pacheco, poeta del tiempo) nos conturba, es la losa que lo aplasta todo, y nos queda el resorte de saltar sobre él en los sueños, que son atemporales y ficticios y muy útiles para vencer los límites del tiempo. De pequeños, el tiempo era grande -como todas las cosas parecían a las edades tempranas-; de mayor se nos achica y escapa entre las manos, casi convertido en arenilla. El tiempo es una playa que se deja tentar por el horizonte, sin moverse del sitio, como si fuera eterna.

Hay un tiempo para cada cosa. Dividimos la jornada en fracciones de tiempo, asignando una función a cada margen del mismo, convencidos de que troceamos el discurrir de los acontecimientos y somos dueños, de ese modo, de la duración de las cosas. Pero es inútil comerciar con la resuelta marcha de las agujas del reloj. A veces se nos pasa el tiempo volando, se acaba en nada una legislatura, por ejemplo. Y en ocasiones se nos hace interminable. O pasa con la jornada laboral, como sucedía en la escuela cuando se nos hacían insoportables las clases más antipáticas y los profesores más tediosos; las largas misas de los curas apáticos en la infancia, y el tiempo de sobremesa cuando los mayores disertaban de temas aburridos y nos robaban el tiempo de ocio en la esquina del barrio con los amigos…

Ahora todo se ha complicado mucho más. El tiempo ya no es el que era. Porque ahora corre más deprisa, sin lugar a dudas. Este es un tiempo desbocado, que se precipita sobre nosotros y nos arrastra con él alocadamente. Ahora no tenemos tiempo para nada. Para leer. Para pasear. Para conversar. Para pensar. Para nada. El tiempo es una dictadura. Somos esclavos del tiempo.

Breve historia del tiempo, escribió Stephen Hawking, cuya presencia me impactó durante las jornadas que seguí sus pasos. En la imagen del hombre postrado en la silla de ruedas, simbólicamente estático, sin apenas movimiento de sus facciones, se depositaba la esencia de la espera de un tiempo cósmicamente infinito, que en su caso se encierra en 50 años que ha sobrevivido al instante de su muerte pronosticada por los médicos que diagnosticaron su esclerosis lateral amiotrófica. Hawking es el perfecto gendarme del tiempo, aquel que le dio captura y logró transformarlo en dosis más largas de un modo conmovedor. El tiempo es su esclavo, él lo detenta.

En cambio, nosotros, víctimas de una vida sin pausa, no tendremos jamás esa opción, porque nuestro mayor imponderable es querer atrapar el tiempo entre nuestras manos; de ahí la apresurada existencia que imprimimos a nuestro quehacer diario. Como en la huida desesperante de algunos sueños, descubrimos en nuestra impotente carrera contra el tiempo que, a la postre, permanecemos rehén de él, como el jarrón chino de T.S.Eliot, que “quietamente se mueve perpetuamente en su quietud”. Así sucede, acaso felizmente, atrapados para siempre en una isla.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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