Los sabios que frecuentamos

Todo anciano es una biblioteca. Contamos con eso y damos cuenta de ello, de la pérdida irreparable de información cuando mueren. Estos días han sido devastadores, con la marcha de Lothar Siemens, Leoncio Afonso y Antonio Bèthencourt Massieu. Se nos están vaciando los estantes de sabios, y es tan cierto que su ausencia nos debilita como que se tarda generaciones en sustituirles, ya no en una sociedad determinada como Canarias -con sus peculiares cainismos que trasgreden y agreden el sentido común desde la Universidad a los círculos intelectuales-, sino en todas las latitudes, continentes o islas.

Cuando expiran, de pronto, nuestros sabios favoritos en cualquier faceta es como encajar un golpe definitivo. Ahí queda la pequeña o la gran lesión, con su pequeña y gran lección de por vida. Se van. De esto iba la cosa. Venimos y vamos. Y el malestar permanece en nosotros, testigos de la deriva indefectible, pero testigos resignados y conscientes, a sabiendas de que sabemos que perdemos para siempre pozos de sabiduría. De lo poco o mucho que podamos legar, deberíamos hacer acopio sin dilación, dejar la huella sobre la arena. Mañana siempre es tarde. Pero tengamos la fiesta en paz. Nadie debe oponer resistencia a la sucesión natural de las cosas, que otra cosa no somos sino cosas, cuerpos que se extinguen tarde o temprano. La sabiduría es otra cosa, la inteligencia es otra cosa, el alma de los seres humanos es otra cosa, el software de sus vidas. Bèthencourt Massieu, concebido como parte de una larga nomenclatura de personalidades selectas, como Agustín Millares Carló, María Rosa Alonso… era en la universidad que regía un habitante de mucho cuidado. Lo recuerdo en su fragilidad de pequeña estatura… Eran gente de trato afable, sonriente, como chorro de una fuente en la que uno se inclinaba a beber y es incesante. Tenían en el trato esa generosidad de donar lo que sabían. La de artículos y reportajes que yo escribía con tan solo preguntarles, abusando de su sabiduría cuando no había Internet. Eran bibliotecas ambulantes. Bèthencourt Massieu, Leoncio Afonso, Telesforo Bravo, María Rosa Alonso, Antonio González, Guimerá Peraza, Cioranescu…

Cioranescu me asombró un día. Todos eran asequibles. Y el historiador rumano era una de mis fuentes preferidas. Quedé en su casa de Méndez Núñez aquella tarde que me dedicó entera. Y el bueno de don Alejandro me reveló su verdadero hobby intelectual: escribir novelas policíacas.

Muy al contrario de lo que muchos decían de aquellos popes altivos, a mí y a mi hermano nos parecieron siempre una gente formidable. Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl lo eran. Nosotros cruzábamos la puerta de sus casas con una familiaridad ingenua de intrusos en el Buckingham de aquellos dioses penates. Nunca nos pusieron mala cara. Minik era -acomodado en su sillón de General Goded con un güisqui en la mano- un personaje transitable y cariñoso que nos deleitaba contándonos historias que alimentaban nuestra curiosidad adolescente. Después lo escribíamos todo en el periódico y así nos íbamos haciendo mayores. Westerdahl y Maud procuraban hacernos un hueco en su tiempo, se alegraban de que fuéramos a visitarles, a preguntar, a saber, a descubrirlos… en su castillo. Minik nos habló de Bertrand Russell en el Puerto de la Cruz y de la rubia esposa de Breton. Un día les íbamos a echar de menos para siempre a los dos.
Como a Alfonso García Ramos, de cuya evasión tan temprana nos quedan dos novelas y miles de artículos, pero a mí me sigue matando a solas el recuerdo de haberle tenido de director en La Tarde, todo lo que aprendí con él, que nos mandaba (con Martín y Zenaido) a entrevistar a Alberti o a Severo Ochoa donde quiera que estuvieran viviendo en sus exilios, en Roma o Nueva York. De él heredé una visión del mundo que trasciende la isla y lo envuelve todo.

Contar, siempre contar. Los sabios no son perecederos con tal de que no olvidemos contar lo que hicieron, fueron y dijeron. Es lo que hago aquí, mencionarles con emoción y nostalgia. Historiadores, artistas, científicos y poetas. Había poetas entrañables como Agustín Millares Sall. Irrepetible. ¡Cómo me acuerdo de Pedro García Cabrera!, aquel viaje en barco a su islita, para inaugurar su busto en Vallehermoso (“navegar, navegar, navegar,/ enhebrar en los ojos/ todos los horizontes de la mar”); lo que me contó en la travesía de su fuga de Villa Cisneros a Dakar y la amistad que entabló con el gran Leopold Sedar Senghor, el poeta de la negritud. Aún escucho su voz solemne y lo veo moviéndose por el barco con Matilde Marchal, la enfermera que había conocido en un hospital de Jaén cuando sobrevivió a un accidente de carretera en la guerra. Y no olvido a Pedro Lezcano, la historia de un hombre íntegro, al final de sus días, cuando más lo frecuenté. Los sabios tienen su manera de ser y marcharse. Estas semanas han sido tremendas… Van quedando muy pocos dragos en pie. Por suerte, asistimos a los sabios retoños de unas islas que cultivan el conocimiento y la fantasía con una vocación que se reproduce. Es cierto que así somos, unos seres creativos desinquietos habitando nuestro mundo insular, con mucha rivalidad y celos por serlo y por ser los mejores en nuestros recónditos reinos de taifas. ¡Qué se va a hacer! Con nuestras luces y sombras, así somos y seremos por los siglos de los siglos…

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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