El escalofrío

Ha sido un gran escalofrío. Lo de Idlib, los niños gemelos de ese buen hombre que posa con ellos en sus brazos sin vida, y la historia del hombre que perdió a 25 miembros de su familia… En el ataque químico de Idlib, el miércoles pasado, el homo videns que somos, según el desaparecido estos días Giovanni Sartori, sufrió un escalofrío delante de las imágenes. Porque lo irrefutable de la barbarie de esa lluvia deletérea de gas sarín, o del gas que sea, que cayó de madrugada sobre las viviendas y entró por las ventanas en las habitaciones y camas donde dormían vecinos inocentes de una de las guerras infaustas de este siglo, es que existen fotos, filmaciones e imágenes de las consecuencias del horror. Lo que condena esta vez delante de las cámaras del mundo a Bashar al-Asad, autor de la matanza según todos los indicios, es el rastro evidente de las víctimas palpables en el regazo de sus padres o regadas por el suelo como ángeles caídos muertos o moribundos. De ahí la tromba de condenas y el diluvio de vituperios contra la ignominia de este médico tímido, carniseco como un estafermo que sucedió hace diecisiete años a su padre, y que lleva más de un lustro sin dejar un día de matar por miedo a que lo maten.

Cuando simplificaba sus opiniones sobre la política y la democracia, Sartori soltaba ideas que podían parecer extravagantes, pero, como quiera que su autor era el gran pensador de la democracia, convenía escucharle para saber si eran fruto de la experiencia o chocheaba a sus noventa y tantos años de edad. Decía, por ejemplo, que estos líderes protervos de la hornada inmunda que revuelven el patio –hablaba de Erdogan, de Trump, de ese taxón de tiranuelos, supongo que sin mencionarlo también lo hacía de al-Asad, Putin y tantos por el estilo- eran unos homos cretinus, que estaban de moda, porque se multiplicaban por los distintos estados y continentes, pero que serían una fiebre pasajera, no podían durar demasiado. Uno quisiera darle la razón a Sartori, que nos dejó esta semana con el deber de releerle, como corresponde hacer siempre que un sabio de estos se va. Pero la deriva del holocausto que va progresando por los múltiples escenarios del horror vigente no invita a tanto optimismo. ¿Efímeros? Son líderes que emergen con una virulencia despiadada, y, en efecto, como dice el papa Francisco -y también sostenía Sartori- estamos en guerra. La masacre química de Idlib lo confirma. Al Qaeda, la hidra de mil cabezas que inventó Bin Laden y nos parecía la crueldad insuperable cuando derribó las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001 y vimos a la gente tirarse por las ventanas de los rascacielos en aquel espantoso salto mortal que era el reflejo de nuestra impotencia colectiva, hoy resulta un episodio asimilable, que se acomoda y encuentra sitio en nuestra nueva concepción de la humanidad amenazada, porque ya no entendemos la vida sin el miedo inherente a morir arrollados por un camión en una avenida comercial de cualquier ciudad mientras paseamos. No tenemos escondites seguros para vivir sin esa clase de riesgos y otras. Todo es un gran parque de atracciones donde los monstruos son de verdad.

Los viernes, como este de Estocolmo, a veces son negros en efecto, y hasta cierto punto, el Black Friday, como reclamo comercial que surge de una noción de calles abarrotadas de gente, abunda en esta nueva forma de convivir con el terror públicamente cerca. El fantasma del camión asesino, ese coloso calle abajo a toda velocidad como salido de un videojuego de civilización frustrada, ilustra el hecho incontrovertible de que estamos en guerra. En boca de Hollande, en su momento, tras el atentado de París, producía rechazo. ¿Cómo vamos a estar en guerra y atacar por toda respuesta desatando una espiral de violencia sin fin? Pero en boca del papa, ya es otra cosa. Y en la de Sartori es una corroboración. ¿Guerra con quién, contra quién? ¿Es la misma guerra la de estos camioneros posesos que atraviesan multitudes embistiendo y aplastando cuerpos humanos como si fueran maniquíes, que la de al-Asad gaseando a hombres, niños y mujeres mientras duermen?

El hombre inventó la guerra para tener con qué matar el tiempo, llenarse los bolsillos con las armas que vende a otros hombres y llenarse de poder vendiendo su alma al diablo. En ese instante rompe el hilo rojo de la libertad. Provoca un gran sarcasmo en los tiempos de disforia que vivimos cómo mientras unos matan como nunca, otros como Eta se desarmen al fin. Pero nadie mide los tiempos de la paz y la guerra. Sumidos en esta gran confusión ignorando todo lo que está por suceder –por sucedernos-, se nos ha caído el sistema democrático como una enorme central eléctrica produciendo un aparatoso apagón (como en Venezuela, Estados Unidos, Rusia y quién sabe en qué otras partes de Europa en estos meses venideros), como denunciaba Sartori, que ideó in extremis un sistema electoral perfecto para evitar un perfecto desastre del sistema.

Camisa blanca, corbata roja y traje oscuro. Es Trump. Y lo vemos con sus asesores delante de una pantalla siguiendo el ataque televisado de la primera potencia del mundo sobre la base siria de la que partieron presumiblemente los aviones que bombardearon con gas a los niñitos de Idlib. Y nos parece bien, nos sentimos acólitos del homo cretinus delante del televisor, del homo videns incapaz de creer otra cosa que lo que sus ojos ven. ¿Entonces, vemos por los ojos de Trump? Y sentimos de nuevo un escalofrío.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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