ETA que no has de conocer

Pienso en mi hijo y en todos los hijos, que nacieron con todos los modos nuevos de cada cosa, también del terrorismo. Y que, por suerte, no conocerán a ETA por sus hechos, sino por sus desechos y su desarme. La desaparición de ETA era una demanda que generaba ansiedad en la España de los 80 y 90, convicta de democracia, que veía a la banda como la herencia onerosa que se rechaza porque la sucesión patrimonial te sale un ojo de la cara. Era el tiro en la nuca, el legado malo de los falsos mosqueteros de la libertad. Porque ETA se había prestigiado lo suyo con el atentado a Carrero Blanco, y de ahí el malentendido de cierta vitola progre y clandestina que contagió a parte de la izquierda y de la Iglesia (vasca) en pleno zafarrancho de la dictadura.

Cuando Tejero, más tarde, se envalentonó con su asonada de tricornio de poca monta, era un clamor que los militares no aguantaban el goteo de atentados de los gudaris. Y aquel país que trasteaba en democracia con la bisoñez del aprendiz, antes siquiera de cumplir un lustro en las urnas, era todavía la España acojonada por la sombra alargada de Franco, que parecía muerto pero estaba vivo y coleando en los escombros del régimen. La tuitera que se burló del atentado de Carrero Blanco -en la Rambla de Santa Cruz están colgados esos escrotos de la exposición de esculturas en la calle que fueron bautizados sottovoce con alusiones groseras a las partes íntimas del difunto presidente del general- no vivió, por razones de edad, los estertores del franquismo en aquella voladura del sistema y del coche oficial de una víctima estratégica para la CIA y para ETA.

En España, como en América Latina, no se movía una piedra en una dictadura sin que se enterara el Kissinger de turno y la agencia de inteligencia hiciera lo consiguiente. España era una azotea donde cayó un Dodge volando con los restos del régimen, y en el trono estaba un rey que quería legalizar la libertad con el Partido Comunista dentro del rediseño de democracia homologable a la europea. El sarcasmo de los demócratas españoles de nuevo cuño es que pronto empezaron a poner a parir a Suárez -el único civil con dos redaños en un régimen militar por supuesto que había monopolizado la autoridad absoluta- y ahora El País titula su encuesta con la nostalgia popular por tener un presidente como aquel político educado y dialogante que caía bien a las doñas y se metió en el bolsillo al rey. Por eso, el final de ETA, si acaba consumándose con su disolución definitiva, no es un episodio irrelevante bajo el abertzalismo islamista, de Estocolmo al Cairo y Alejandría.

Entregar las armas, o parte de ellas, en los zulos de Bayona es que ETA dobla la cerviz, tras ochocientos muertos y trescientos por resolver, y es una noticia que nos reconforta por toda esa reminiscencia de cabos sueltos. Era la errata etarra de la Transición; nada se había podido hacer para empezar la página en blanco en el 77 sin que la serpiente siguiera asesinando a nuestros pies. El fantasma se incorpora y arroja las pistolas al suelo. Ahora, en España hay un Gobierno y una oposición y sigue muriendo gente, pero ya no hay manos blancas en la calle contra la locura de ETA.

Esta semana ha empezado mal, con la muerte descabellada de Carme Chacón, que era una de las musas del país que se iba desprendiendo de ETA en el canon de Zapatero. Chacón iba a poder seguir viviendo en un país con una deuda menos con el pasado, y habría aportado su mirada inteligente a los ejércitos en guerra de su partido en el Congreso de junio. No va a poder ser. Tan cruel como paradójica la flor en el desagüe. ETA se va, al fin, escurriendo por el sumidero, un buen día de abril, y la flor, en cambio, se nos marchita en primavera.
Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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