La corrupción, Francia y el nativismo

La lucha contra la corrupción debería ser la premisa que aliente todos los programas y hasta los hologramas políticos, como ha puesto de moda en Francia el insumiso Mélechon. Pero, desgraciadamente, la corrupción se ha cronificado en la patología de la vida pública y privada, con sus vasos comunicantes que lo contaminan todo como tal lacra, y la evidencia establece un nuevo discurso a espuertas sobre inmigración, globalización y nuevas fronteras proteccionistas. Un miedo nacional, en fin. Hablo de Europa, que hoy arriba a la segunda estación de su inmolación colectiva (todo empezó con el austericidio) en las elecciones abracadabrantes de Francia. Si habláramos de Canarias, tampoco cabría extrañarse del apagón informativo acerca de la corrupción sistémica y de los telares que entretejen tupidos intereses político-mediático-empresariales en las islas. Si alguien pone el dedo en esa llaga, se activa automáticamente un campo magnético de conmiseración que trivializa el episodio y lo reduce a una rabieta aislada de los pocos apéndices que el sistema no controla.

Lo cierto es que en España ahora mismo sí se habla sin atajos de corrupción político-empresarial, gracias a una corriente de jueces y fiscales con manos libres que demuestran entereza e independencia -las dos cosas hay que tenerlas al entrar en ciertas leproserías autonómicas del país-. ¿Está Canarias a resguardo de esos síntomas pútridos de las cloacas políticas y económicas de la Comunidad Valenciana o Madrid? El tiempo y los jueces lo dirán, pero tirar la primera piedra en la autopsia del mal estado ético de las autonomías no se torna en absoluto fácil, cuando la tangentópolis avanza sin receso y los próximos meses serán la prueba de fuego de una sociedad que disimula su picaresca, pero sabe que un tsunami baja de la Península ibérica con nombres y apellidos de dirigentes y empresarios entrando en las prisiones del país, abriendo las venas del continente hasta sus islas.

En Francia, donde han tenido en el pasado reciente sus ignaciogonzález y gürteles –como en casi todos los estados de la UE- ahora –decía- el gran conflicto no es ya la corrupción –con haber ocupado por un tiempo las portadas de la campaña electoral-, envuelta en la burbuja de problemas emocionales más candentes como los refugiados, los inmigrantes y el paro que desató la crisis en su gangrena doméstico-laboral. Las deudas pendientes ante la Justicia de Fillon y Marine Le Pen por sus empleos ficticios a asesores y familiares no les impide disputar a día de hoy, ante sus oponentes más directos, la primera vuelta de las elecciones presidenciales de un país que es un auténtico volcán a punto de explotar en el corazón de Europa.

La deriva que tome este nuevo test al estado de salud de la sesentona y achacosa Europa no solo pone irónicamente a prueba la grandeur de la France, sino a toda la UE, con pronóstico reservado ante posibles estallidos por desencadenarse. En las flaquezas intelectuales que muestra una Europa escuálida y aterrorizada, a nadie sorprende la apropiación apresurada de algunas de las ideas de pensadores de un pasado sin duda más lúcido, como hace la propia Le Pen citando a Albert Camus en el New York Times, con tal de vestir su patriotismo con plumas ajenas de las Cartas a un amigo alemán escritas por el autor de El extranjero en las hogueras de la posguerra tras la ocupación nazi.

Europa ahora ya no piensa, sino actúa por mediación de líderes ágrafos y oportunistas que incendian con la leña de los árboles caídos de la vieja política todo asomo de convivencia con las culturas de llegada. El lema y el limo de este fango es el rechazo al otro. Una idea fuerza que transita demoledoramente de Europa a América, ida y vuelta. Con los consejos de Trump, Marine Le Pen sueña una Francia libre de las ataduras de Europa, de toda pertenencia a mundo alguno, salvo al propio monstruo interior que devora dogmas demonizados, como apertura, coexistencia y vida en común. Es una de las dos opciones favoritas para pasar a la segunda vuelta. Lo que llama la atención frente al nativismo visceral de la hija del patriarca descarriado del Frente Nacional es que sus rivales –el culto y extrostkista Mélechon, también- la imitan hasta donde pueden, evitando parecer delante del espejo demasiado europeos y cosmopolitas, las dos grandes conquistas del ciudadano de la segunda mitad del siglo XX.

Una vuelta a las cavernas con el brexit y quién sabe si el frexit tras los comicios galos, nos devuelve a todos, en realidad, al hombre primitivo anterior a la informática. Una sociedad intramuros como pregonan Trump, Theresa May y Marine Le Pen –y otros candidatos franceses, salvedad hecha del liberal Emmanuel Macron, un economista y exbanquero que procede de la filosofía y Hegel- no congenia con la vida en redes que hemos abrazado a través de las ventanas de Internet. De este bucle saldremos, a buen seguro, una vez superemos la patología posdemocrática que atraviesan poderosas naciones como Estados Unidos, Reino Unido o ahora Francia. Y cuando las aguas turbias por las ideas más infelices que han logrado imponerse acaben aclarándose, tendremos que volver, una y otra vez, al problema central, la corrupción, que es el agente patógeno de la metástasis al que sucumbe nuestro pequeño mundo insular y europeo. Origen del mal que, finalmente, enloquece al conjunto de la sociedad, por lo que se ve.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a La corrupción, Francia y el nativismo

  1. Manuel Dóniz

    Saludos afectuosos Sr. Rivero, hace tiempo que no paso por su Blog. En mi modesta opinión, la corrupción actual y todas las que, lamentablemente, vendrán, tienen que ver con un hecho lamentable, la escasa o nula cultura política y democrática del electorado español que vota en cada comicio a grupos políticos salpicados por la corrupción. En otros países con mayor arraigo democrático, esto sería impensable y los políticos, por esta razón, se cuidan muy mucho de corromperse porque nadie les votaría.
    Esta, sin duda es la madre del cordero, el español no le da ningún valor a su voto y, sistemáticamente, lo da al partido que luego ni tan siquiera protege a este electorado, entre otras razones porque sabe que le volverá a votar un y mil veces. Un ejemplo de lo afirmado me ocurrió el otro día en el que una veterana señora me dijo: Pobre PP, ¡la tienen cogida con ellos con tantos juicios!, sin comentarios.

     

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