La corona de acebuche

Entre los ciudadanos habita comúnmente un prototipo de ser creativo o despreocupado, que se levanta todas las mañanas, bien con la idea activa de hacer cosas, incluso, completamente nuevas, o de tumbarse a la bartola y vegetar como buenamente pueda pasando desapercibido. La vocación natural de trascender y asomar la cabeza, dar que hablar, eso que abordó Juan Cruz en su libro sobre la fama, no es un rasgo baladí en la sociedad contemporánea. Este factor rige cada vez más nuestro modelo de convivencia en red, cuyo leitmotiv estriba en la trascendencia y promoción.

Tenerife es una isla dominada por ese instinto. Forma parte del ADN local despertar la curiosidad ajena hacia nosotros. Esa es la semilla del turismo, del que no podemos abjurar. Ahora mismo, la isla se sacude la timidez y da otro salto de estrellato con un título cestista de carácter europeo. Nos encanta -sin pudor- enarbolar éxitos de ese ámbito geográfico, justo en dirección contraria a la que han tomado nuestros amigos los ingleses. Yo recuerdo que en mitad del aislamiento español que rebotaba en los Pirineos, los canarios nos decíamos con cierta vanagloria que tocábamos en la puerta de Europa, antes que España, y nos abría. Teníamos presente el Canary Wharf y la dimensión europea de Agustín de Betancourt, el ingeniero embajador que desbrozaba esos caminos en el siglo XIX.

Ahora, ya con el traje de Europa puesto, hacemos constantes esfuerzos por lograr proezas deportivas de ese calado. Las semifinales tinerfeñas de la UEFA con Heynckes y el trono europeo del Marichal en voleibol son los dos antecedentes más reputados desde este domingo, en que el Iberostar o CB Canarias se alzó con el trofeo continental de la Basketball Champions League. En otras modalidades deportivas también se han conquistado copas de ese rango, con una clara propensión europeísta de Tenerife en lo deportivo.

Otra cosa es la lectura del éxito si se toma ese libro por la página equivocada. Isla de gestas indigestas. Tenemos también una deliberada imantación fatalista por el drama de nuestras consecuciones. Solemos añadir a las veladas felices un depresivo presentimiento, porque siempre tememos lo peor, que a la buena estrella suceda la mala pata. Si nos curáramos la hipocondría insular seríamos más felices, como sostenían los clásicos. No propongo que nos idioticemos ahora en el éxtasis de nuestros éxitos colectivos, sino que disfrutemos de ellos sin ser aguafiestas.

Cuando estallaron las redes sociales como una nueva conducta -la exposición inexorable al sol de la barbarie pública- tuve la tentación de pensar que la notoriedad degrada la importancia de las gentes y las cosas, y que, por el contrario, pasar desapercibido era la opción más inteligente. Si pensamos en los poetas, en su esquina íntima, debiéndolo todo -la inspiración- a la soledad y el destierro, no es nada descabellada la fórmula del desconocido. Pero Rilke o Whitman, que ejemplifican lo que digo, no son en absoluto dos personajes discretos, sino dos poetas célebres. De manera que no se trataría tanto de pasar inadvertidos como de ser austeros en el éxito y artesanos en la gloria -laboriosa- que somos capaces de cosechar en la vida.

Tenerife es una isla de éxito. Como los griegos en sus olimpiadas, cuyas hazañas deportivas contribuían a fomentar la amistad entre los pueblos y ciudades, convengamos que esta querencia nuestra por las gestas deportivas es una de las grandes virtudes innatas de nuestro pueblo, capaz de ceñirse su corona de acebuche para que otros pueblos vengan a vernos y a querernos en armonía.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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