Macron, el relojero de Europa

Si Francia hubiera tenido hoy de presidenta a Marine Le Pen, el juicio que haría todo el mundo -y aquí significa todo el mundo- tendría más que ver con el inconsciente colectivo de un psiquiátrico que con el de lo que conocemos como opinión pública -que nadie sabe lo que es, pues las opiniones son privadas-. Hace tiempo que los pensadores se tomaron unas vacaciones. Y la causa de esa deserción es posible que radique en un estado estéril de la cosa, una sequía temporal, porque los filósofos sufren alteraciones cíclicas de un cambio climático de las ideas cuando vienen mal dadas las agujas del reloj de la historia. Hace tiempo que el tiempo se salta sus leyes a la torera y se retrasa o adelanta a capricho sin ninguna explicación. ¿Por qué temíamos razonablemente hasta el otro día que pudiera ganar Le Pen? Porque asistimos a este despropósito de la ucronía, que avisa y convierte en real lo esperpéntico de otras épocas remotas. Le Pen, la hija del viejo Le Pen, era -y sigue siéndolo con su derrota humillante este domingo en el cenit de la grandeur del parisidio familiar- una amenaza seria a la integridad física de la Unión Europea.

Europa venía siendo una postura quebradiza. El brexit rompió los planes de la ceremonia; llegó el 60º aniversario de los tratados de Roma y nos quedamos lamentando la amputación del miembro cuando tocaba celebrar la consistencia de una declaración de paz tras la última gran guerra innoble que destruyó vidas y sueños de toda una generación.

Sin embargo, el recuerdo de Europa en ruinas no ha logrado disuadir ahora a quienes anteponen el discurso de la fobia al otro frente a la panacea de la paz de todos. Y entonces llegó Macron, cuya irrupción napoleoniza a su modo a una Francia que estaba al borde del abismo y reafirma su porvenir en el seno de Europa y no al margen de ella. O sea que Macron ha venido a salvar a Francia y a Europa de una tacada. El alivio de los líderes europeos -incluido el de Rajoy en Canarias- refleja una circunstancia inédita en estos 60 años de historia del club. Jamás como ahora Europa en peso se ha alegrado tanto de que un político de la ideología que fuera ganara unas elecciones en Francia. Porque Europa era hasta el domingo un pimpampum tramposo de países disputándose el pan y la sal del refectorio bajo el imperio del egoísmo y la zancadilla a traición. España ha sufrido en períodos ese abanico déspota con que Merkel se quitaba el agosto en cualquier sendero con vanidad germánica. Ahora, la canciller es otra. Le han sentado las caminatas gomeras, el descanso de la guerrera a la sombra del Garajonay, y de un tiempo a esta parte se ha humanizado, casi ha regresado a sus orígenes izquierdistas en el pulso con los ultras de su país a cuenta de los refugiados. Pero, sobre todo, se ha erigido en una dama de seda europea, camino del cuarto mandato si el efecto Macron calma las aguas de Alemania cuando en septiembre le toque votar.

Lo de Macron no es coña. Cuando ganó Obama, hubo un salto de alegría en distintos países al unísono, como si le hicieran la ola a aquel desconocido joven valeroso que rompía tabúes de razas y credos en un país tan poco transgresor como Estados Unidos. La victoria de Macron opera en Europa un fenómeno parecido, como si, de pronto, los peores fantasmas se hubieran replegado y la gente recuperase el tino del citado reloj de la historia. Como si Macron fuera ese relojero que arregló la avería de un tiempo que parecía fuera de toda lógica temporal, y, de la noche a la mañana, volviera a salir el sol en Europa otra vez. Y luciera un día normal. Un día como todos los días. Macron ha puesto ese reloj en hora.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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