Orson Welles, Fausto y Dios

Ante la necesidad de buscar una explicación a la guerra de los mundos -que es la continua matraquilla de todas las épocas- habíamos deslizado aquí la semana pasada la posibilidad de que nos sorprendiera cualquier día un gran apagón en Internet. Máxime tras el ensayo a gran escala de aquella desconexión global del servicio de wasap que sufrimos días antes. Lo sucedido el viernes en decenas de países, con el ciberataque masivo de piratas de la red a empresas e instituciones para pedir rescates en bitcoins -moneda virtual en cuentas irrastreables- por la información secuestrada, no es lo mismo exactamente que imaginé aquí el domingo pasado. Pero se aproxima al pandemónium sugerido en esta columna como la guerra previsible que nos declararán, llegado el momento, enemigos potenciales que de momento se arman hasta los dientes de herramientas certeras, algunas de las cuales usurpan a organismos de inteligencia, como ahora parece haber ocurrido con la norteamericana NSA (agencia de seguridad nacional). Nos ha entrado ese pánico este viernes a la invasión de los alienígenas imaginarios de Orson Welles, encarnados esta vez por un virus malicioso que se multiplicó como una plaga por los ordenadores de medio mundo. Cuando supimos, a media tarde, en la Redacción que el ciberataque se cobraba sus primeras víctimas en Telefónica y que, parcialmente, afectaba a los terminales de las Islas, recordé como un relámpago los 59 minutos de Welles en la CBS en aquella broma apocalíptica y apologética de octubre del 38 en que enfrentó a sus oyentes norteamericanos –por entonces conturbados por las secuelas de la Gran Depresión, tras casi diez años del estallido económico, como ahora nosotros tras un decenio de la pandemia financiera de 2007- a sus fantasmas todavía angelicales comparados con los de hoy.

En La Guerra de los Mundos del que iba a ser uno de los cineastas más colosales de la historia, Orson Welles dramatizó hasta los tuétanos la novela de H. G.Wells, e hizo creer a una audiencia en estado de shock que los extraterrestres habían aterrizado masivamente en los Estados Unidos de América, y que, por tanto, la suerte estaba echada. Solo quienes siguieron el docudrama desde el principio supieron que se trataba de la representación radiofónica de una novela; el resto, en sus coches y oficinas o sintonizando en sus casas distraídamente a mitad de la transmisión sufrieron el canguelo de sus vidas, miraron por las ventanas, cerraron las puertas o se quedaron paralizados asistiendo a una impresión que los superaba, para la que no estaban preparados psicológicamente.

Fue una psicosis inédita, que –de ahí la celebridad de esos 59 minutos- nos ha perseguido a las generaciones siguientes. Porque después han sobrevenido episodios de ese jaez referidos, ya no a visitantes de otros planetas, sino a peligrosos agentes internos, de a bordo de nuestro propio mundo, que ha perdido el control de la naturaleza de sus riesgos inmanentes en manos de sus habitantes. Vimos las Torres Gemelas caer a plomo con sus centenares de muertos tras el ataque de unos aviones que parecían proceder del infierno. Presenciamos las múltiples variantes de terrorismo asesino y suicida distribuidas por distintas capitales del globo. Soportamos los hachazos de la crisis que destruyó millones de empleos y causó también inmolaciones. Con lo cual hemos llegado al punto de partida de La Guerra de los Mundos de Orson Welles, de la Gran Depresión a la Gran Recesión, separados por 80 años, en los que al mundo no lo conoce ni la madre que lo parió.

Cuando hacíamos las inocentadas del 28 de diciembre en Radio Club, a instancias de Paco Padrón, todos teníamos en mente en Suárez Guerra la hazaña de Orson Welles, que había sido capaz de entretener atemorizadamente a una audiencia gigantesca con el recurso de lo que ahora llamamos la posverdad. Lo que dista entre aquella puesta en escena en las ondas del inimitable autor de Ciudadano Kane y los epígonos transversales de su pieza radiofónica como Jordi Évole en la recreación contrahecha del golpe del 23F, es una cosa invisible que llamamos genialidad y que se tiene o no se tiene. Nos encontramos delante del espejo de la realidad travestida de nuestra era, viéndonos reflejados en la imagen inversa que asegura que el lunar ha cambiado de sitio y ahora está en la mejilla derecha. Welles convendría con nosotros que este tiempo irreal de enemigos virtuales bebe de la misma esencia de su guerra de las ondas hace 80 años. No es una inocentada, sino la nueva guerra de los mundos, en las andanadas de internet. El viernes nos invadieron los marcianos, pero no sobre las ciudades, sino sobre los ordenadores, que son el nuevo teatro de operaciones en que se libran las batallas de nuevo cuño.

El ciberataque expansivo no solo robó información e hizo pagar por ello 270 euros por cabeza a sus rehenes, sino que paralizó el sistema de salud público de Reino Unido. Es un aviso a navegantes. De inmediato, las autoridades –Theresa May acotó los daños y Putin lamió sus heridas como quien se quitaba culpas- se congratularon de que el bombardeo no hubiera afectado –esta vez, salvo la sanidad británica, desde luego- a infraestructuras críticas. Lo que equivale a decirnos que lo peor no ha sucedido todavía, pues si llamamos a esto caos, ¿qué no llamaremos a lo que acontezca cuando los ciberterroristas ataquen a las torres de control de los aeropuertos, a los trenes y hospitales –ya no solo del Reino Unido-, a los bancos y redes eléctricas …, a nuestro modo de vida ya dependiente tan estrechamente de internet, como si hubiéramos vendido nuestra alma al diablo en un rapto fáustico de megalomanía para superar los límites –todos- y compararnos, al fin, con Dios?

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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