Todo el peso del Estado sobre los hombros de Quevedo

Con el regreso de Sánchez se esclarecen los hechos y nada escapa al viejo maniqueísmo político de todo hemiciclo. A un lado la izquierda y al otro la derecha. En cuestión de horas, el domingo, separó la paja del trigo. El PSOE con S de Sánchez es un partido que gira a la izquierda, y en esa orilla confluyen rabiosamente Podemos y el ala ríspida del soberanismo. No es inquietante el reagrupamiento de esas filas, que, por su propia naturaleza, bebe en aguas agitadas o no existe. Al igual que Pablo Iglesias inventa cada mañana qué desayunar con el periódico, si una moción de censura o un tramabús, ahora a Pedro Sánchez le compete otro tanto, montar el departamento de estrategias virales que dé visibilidad a la “regeneración” del partido en su senectud. Regenerar el PSOE a lo Sánchez implica, ya en la tumba de los socialismos europeos del siglo XX, diseñar un partido de nuevo cuño, tan antagónico como sea posible del de González, como el de González quiso serlo del de Llopis. Y esta metamorfosis conduce a pocos centímetros de Podemos, que ya era un PSOE incrustado en esos aledaños. O sea que.

Todo empieza a estar -digo- más claro que ayer. Rajoy es ahora perfectamente consciente de que depende de un médico canario, a cuya receta ha de fiar toda la salud que le queda de presidente en lo que la legislatura dure de por sí. A las 7 de esta tarde, ese médico insular que nunca pone mala cara, volverá a sentarse junto a Soraya Sáenz de Santamaría y Cristóbal Montoro para hablar de Presupuestos. Pero estarán hablando, implícitamente -habida cuenta lo que pasó el domingo-, del Gobierno. Rajoy queda en manos de Quevedo, poderoso caballero. En lo que la política de Estado, a menudo, nos reserva, no cabía, hace tan solo unas fechas, presagiar semejante escenario ni tan abusiva carga sobre los hombros del solitario diputado de NC. Un caballero todo lo poderoso que se quiera, pero, a fin de cuentas, humano. Por si se nos había olvidado, Quevedo, que era un escaño discreto en la cámara de los horrores, se ha visto envuelto, de la noche a la mañana, en los mayores líos del reino.

Estar en boca de todo el mundo le ocurre a pocas gentes pocas veces. Quevedo no es que esté en todas las canciones, es que es la rima y la métrica. Y hasta en su ausencia hablan de él, le llaman, le invocan y le piden que presida la comisión más envenenada de la legislatura, para que haga de árbitro cuando se tiren las piedras sobre los trapos sucios del PP. Quién sabe si a este paso lo proponen para una investidura in extremis allá por los meses finales de año, cuando la olla esté a punto de explotar y las bancadas de la oposición sumen, pero no logren consensuar el candidato que desempate, y la misma bola caiga en su casillero como todas las bolas del azar político majadero del país hasta hoy. O sea que. Digamos que un hombre de izquierda, que anhelaba un bloque bastante para desalojar a Rajoy, se encuentra en la tesitura de sostenerle en la mano como un trompo.

Rajoy queda en manos de Quevedo por arte de birlibirloque, y solo sabremos cuánto tiempo a partir de esta tarde y otras tardes por venir en que se irá hablando de cosas serias, las de yantar y las de legislar. A juzgar por el desiderátum de Román Rodríguez, lo que ese voto solitario de su partido persigue es atraer inversiones y una reforma electoral que redibuje el mapa político de Canarias en 2019. Por el camino se ha colado esta cuestión banal de la gobernabilidad del Estado en un momento cualquiera del irredentismo catalán, que coloca España ante la hipótesis pueril de un brexit de tacón. Y es todo eso, nada más y nada menos que eso, empezando por unas cuentas del Estado para seis meses, siguiendo por la ruptura de los puentes del PP con el PSOE y desembocando en el riesgo de secesión de Cataluña, lo que depende -si se mira bien- del pobre galeno canario que a veces usa quevedos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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