Aires, aguas y lugares

No siempre las cosas han sido iguales ni han significado lo mismo. Medio ambiente (que sigo prefiriendo al medioambiente que recomienda la RAE) era una consigna de izquierdas, demonizada por la derecha. Y el ecologista era el terror de los partidos tradicionales. Un grupo de activistas afines -al estilo incordiante de Podemos- podía constituirse en un temible grupo de presión, con tan solo alzar la voz en contra de alguna actividad o espejismo que a su juicio pudiera alterar el medio ambiente. La defensa de las especies y la vida natural se erigió en la segunda mitad del siglo XX -de la que provengo- en una de las grandes olas de contestación social y política. Sin embargo, los ecologistas alcanzaban poca relevancia en las urnas. Cuando en Alemania vimos irrumpir a aquel ministro verde, Joschka Fischer, que cohabitó con Gerhard Schroeder, no dejó de admirarnos el éxito de una alternativa condenada a chocar contra las barreras electorales. Dice Antonio Machado (el nuestro) que un ecólogo es respecto a un ecologista lo que un sociólogo a un socialista. Faltaban ecólogos que sustanciaran las proclamas ecologistas impulsivas de mediados y finales de siglo, pues muchas de aquellas campañas feroces contra el sistema decaían con el paso del tiempo como una fiebre pasajera.

El ecologista más sincero y querido que ha tenido esta tierra fue indiscutiblemente César Manrique. Cuando inauguró su jardín de cactus, en Guatiza -sitio natal de mi padre-, que iba a ser su testamento espacial en la isla-factoría de sus obras, se le veía moverse como un guardián proselitista de las plantas temeroso de la mano del hombre. Porque César –que era un adelantado del cambio climático antropogénico- quería que sus vecinos usaran el ambiente de mutuo acuerdo, con la cordialidad de los campesinos, y, en cambio, se enfurecía cuando a alguien con dinero y poder se le iba la mano y atentaba contra el territorio que amaba. Mirar con el arte de querer. La miró con buenos ojos, dice la gente de campo. Al jardinero de cactus de César le acaba de entregar Luciano Benetton el premio Carlo Scarpa, porque en ese lugar perfecto se percibe la “belleza con otros ojos”.

La palabra sostenibilidad no existía por entonces. Y todo lo que él hacía y decía, con la verdad convincente de la palabra y la obra, iba en esa dirección. Lanzarote era la isla del día del medio ambiente (mañana, 5 de junio). Han pasado a toda prisa los años sin César, que era nuestro guía perfecto -como han pasado ya seis años de la muerte de Gilberto Alemán, que fundó Atan-, y ahora nos debatimos entre escépticos y profetas del calentamiento global. Ya nadie ponía en tela de juicio la defensa del medio ambiente a secas, todos nos habíamos convencido y convertido en ecologistas; las grandes empresas, incluso las más contaminantes, promueven acciones de ese cariz en sus fundaciones desgravatorias y plausibles ante la sociedad. Nada malo habría en ello, en construir tras destruir y descontaminar tras contaminar, si no fuera porque estamos llegando tarde a reparar los daños de la mala influencia del hombre en la casa que habita: el planeta se calienta con el deshielo de las montañas y regiones polares, y sin el reflejo de los casquetes, disminuye el albedo de la superficie terrestre -su capacidad de repeler la radiación solar- y nuestro mundo se vuelve un infierno insoportable. De manera que el ecologismo ha dejado de ser de izquierdas para ser un asunto de supervivencia. Pero cuando todos habíamos abrazado su ideario, corre riesgo de ser una batalla perdida. Pese al Nobel de la Paz al famoso panel intergubernamental del ingeniero indio Rajendra K. Pachauri y al exvicepresidente norteamericano Al Gore, la lucha contra el calentamiento global inicia su travesía del desierto. Los escépticos del cambio climático comparten la apología pasiva del feedback natural del medio con sus mecanismos de moderación del CO2. Como el creacionismo en sus escuelas frente a la evolución de Darwin, en los Estados Unidos se abre paso el negacionismo -por omisión- del cambio climático con Donald Trump, recién llegado como elefante en cacharrería, que esta semana aplicaba la pena de muerte al Acuerdo de París, apartando a la primera potencia del mundo del foro de pensamiento que alienta la necesidad de salvar al planeta reduciendo los niveles de gases de efecto invernadero.

Estas islas -como todas las islas- son sensibles a los riesgos que amenazan al medio ambiente. Porque somos una tierra de solana y umbría y estamos dotados de una biodiversidad providencial que nos fue otorgada en el origen de los tiempos. De tal modo que es inherente al isleño canario cuidar de su naturaleza con mimo hipocrático: aires, aguas y lugares. Alisios y maresías, lavas y barrancos. Nos perturban fenómenos como el Delta, porque nos va en ello la subsistencia sobre territorios frágiles y fácilmente inundables. Aprendimos de la geografía lecciones dantescas, como los derrubios y deslizamientos que crearon formidables depresiones naturales: el Golfo herreño y tantos otros. Ahora –con ayuda de divulgadores contumaces como Nemesio Pérez en seminarios y colegios- vamos perdiendo el miedo a hablar del volcán que nos agasaja. Hacer confortable nuestro entorno para nosotros y nuestros hijos y las generaciones futuras -como aquella maravillosa carta que nos trajo a La Laguna Jacques Cousteau- es ahora más imperioso que nunca, cuando gobierna una élite que disiente de las verdades que anuncia el deshielo de las banquisas árticas y corremos peligro de caer en el escepticismo ignorante como ideología de un siglo descabezado que se automatiza y prescinde de la inteligencia. Con dirigentes como Trump, lo tiene fácil El Roto: es un siglo sin rostro, un sujeto que anda decapitado. Hoy y mañana, nuestro deber es vencer la tendencia de todas las falacias. Y he aquí una, quizá la más importante y peligrosa.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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