Aquella hermosa democracia envejeció tan pronto

Si toda una generación -camino de dos- no conoció la dictadura de Franco, sería razonable que estos 40 años de democracia, que ahora despachamos en un pispás cediendo con pudor a la pulsión nostálgica de la efeméride, mereciera un extenso pie de página aclaratorio. Líbreme Dios. De entonces a esta parte, a España no la conoce ni la madre que la parió, parafraseando a Alfonso Guerra. Era un país tildado de caverna. Aquella anomalía europea que había sobrevivido a las autocracias correligionarias de Hitler, Stalin o Mussolini, se jactaba de vivir en completo aislamiento bajo la barrera física y psicológica de los Pirineos, y los más intrépidos cruzaban la frontera en autocares para ver en Perpignan El último tango en París –en el mítico Cinéma Castillet-, cuya escena más caliente, donde Marlon Brando sodomiza a Maria Schneider en la cópula de la mantequilla, era un reclamo de salidos bajo el yugo del militar que visionaba Cabaret a solas en su cine reservado del Pardo.

Cuando Interviú inicio el destape en sus portadas y, poco antes, Juan Tomás de Salas levantaba las faldas de la política nacional en Cambio 16, supimos que el país cambiaba como de la noche a la mañana. Pero faltaban las elecciones. La prensa fue trayendo la democracia con pinzas hasta que se convirtió en un torrente que lo inundó todo. La venida de El País fue la señal definitiva. El periódico era como el tajamar de esa democracia que se había resistido cuarenta años, tras el golpe de Estado del 18 de julio del 36, que fue sábado. Porque hubo un tiempo –que ahora parece inconcebible- en el que las dictaduras se perpetuaban durante décadas y décadas.

Yo recuerdo crecer viviendo, huyendo y leyendo de dictaduras como si fuera lo más natural del mundo. Cuando éramos pibes y escribíamos Martín y yo en la revista Triunfo –la osadía iconoclasta de José Ángel Ezcurra- nos empapábamos de la realidad latinoamericana, que era como un tornado de dictaduras a la española. Stroessner, en Paraguay, era un personaje totémico que marcaba estilo. Toda América transpiraba tiranías militares, como si fuera terreno de mala hierba y aunque plantaras democracias no pegaran. Aquel mapa militar absoluto era una foto del desaliento democrático hispanoamericano, como un calco, una prolongación de España, la decana de dictaduras que se miraban en el espejo desde la otra orilla.

Chile y Pinochet, como Nicaragua y Somoza, eran parte de una corriente continua. “Pinochet será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, bromeaba el general Vernon Walters, número dos de la CIA, un halcón de Jimmy Carter, pues a Estados Unidos le convenían sátrapas en el patio trasero.
Europa, en cambio, ya había elegido otro rumbo, y España era una errata. Cogí el avión y me fui a Madrid a entrevistar a los popes de la Platajunta, que aglutinaba a la oposición clandestina, muerto Franco e inevitables ya unas Cortes Constituyentes. Entré en unos salones de metacrilato y me recibió el hombre que estaba en la sombra moviendo los hilos de la ruptura democrática, con intenciones inconfesables de erigirse en presidente de la República. “¿Tú quieres ser de los míos en Canarias?, ahora mismo te nombro”. Y me evadí con rubor temiendo por la entrevista. El abogado Antonio García-Trevijano era un pollo de mucho cuidado en ese momento crepuscular del franquismo, cuando todavía no había llegado el Mesías –que procedía de las tinieblas del Régimen e iba a ser Adolfo Suárez-. Trevijano era un político avispado que conspiraba de anfitrión en la cúpula de las oscuras sesiones clandestinas en su suntuoso despacho cuando el dilema era si convenía una reforma o una ruptura. Venció la primera y las elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 (miércoles) las ganó Suárez con la UCD.

Rafael Calvo Serer, el escritor liberal y donjuanista, me transmitió el desánimo que guardaba durante una entrevista camuflada atravesando en taxi la Capital del Reino. Antes de exiliarse había presidido el diario Madrid, que había sido un referente de aperturismo hasta que Franco lo cerró. Nazario Aguado me esperaba con un periódico bajo el brazo en la puerta de un bar como habíamos convenido y lo entrevisté paseando sin mirarnos a la cara, como dos transeúntes desconocidos que caminaban juntos. Era líder del PTE, el famoso y temible Partido de los Trabajadores de España a ojos del sistema que se caía a pedazos.

“¿A qué viniste a Madrid?”, me preguntó mi tía Carmenza, que era amiga personal de Arias Navarro y vivía en una calle noble de la ciudad. “A nada importante”, le mentí, porque era una mujer de derechas a la que apreciaba y me alojaba en su casa; le ahorré el disgusto. Una parte de España era como ella. Yo me parecía a la otra parte, que era muy joven todavía, con la bisoñez de los pecados recién debutados, sin poder arrancarnos la culpa de los padres y creyendo que teníamos toda la verdad de nuestra parte.

Así sucedió. Vimos nacer la democracia, la libertad, como si fuera un parto con nuestras propias manos. Han transcurrido 40 años y ahora somos los restos de esta nave en el dique del olvido. Dicen que la llamarán de otro modo, que viene otra forma de convivencia y de gobierno aproximándose. Que las urnas las carga el diablo… Que se ha vuelto irreconocible aquella hermosa democracia que envejeció tan deprisa en tan solo 40 años. Y no sabemos qué va a ser de ella. Ni de nosotros mismos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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