Macron, Suárez y el dígito mágico

El ascenso meteórico de Emmanuel Macron recuerda a Adolfo Suárez como una fotocopia defectuosa entre dos épocas tan dispares de la historia de Europa. Francia con España ha tenido siempre poco que ver políticamente, y en la innegable autosuficiencia gala no era nada previsible que el decurso de los años y la historia nos trajera a esta desembocadura de un mismo laberinto. No ha estado nunca Europa tan desnortada, carente de iconos e ideas como ahora. Y no ha estado España, tampoco, tan expuesta a los malos vientos que cruzan de océano a océano, con todos los riesgos al descubierto.

O sea que Macron trae a la palestra el reflujo de Suárez, el centrismo de UCD redivivo en La República en Marcha, como una reedición clonificada del apresuramiento feliz de aquella generación de posfranquistas herederos y réprobos del Régimen. Suárez venía de ser ministro-secretario general del Movimiento, y Macron, de ser ministro estrella de Hollande, su gendarme de la Economía. Así que el hundimiento del socialismo como entonces el del franquismo han tenido en común al delfín.

El éxito deslumbrante del filósofo que hizo la tesis sobre Hegel antes de casarse con la Banca y con una mujer 18 años mayor que él, ha sido tan espectacular como el del abogado que gustaba a las mujeres y acabó gustándole al rey. No tienen Macron y Suárez por qué parecerse en todo. Es cierto que ambos trasudan para la historia una misma ambición desmedida y no desmentida por los hechos. Se propusieron las metas más elevadas y las alcanzaron practicando una similar timidez, como si los ególatras más fructíferos fueran aquellos que disfrazaran mejor su vanidad con seda y guante blanco.

Desde el mismísimo día que Hollande lo encumbró al ministerio de las cifras públicas y Macron no disimuló que le iba el poder, hubo alguien que lo miró de reojo y supo que iba a ser su mayor rival: el español Manuel Valls. Macron es de esas figuras sibilinas que repta por paredes verticales y alcanza la cima como si tal cosa. Ahora que es Napoleón y la segunda vuelta de las elecciones legislativas, del próximo domingo, le auguran más poder que nadie jamás en la República francesa, asistimos a la consagración de un estilo que, sin embargo, no es nuevo. Lo inventó Suárez, que hace cuarenta años, improvisó un partido de centro y lo vistió con retales, como ha hecho Macron con semejante resultado, e, incluso, mejorando la fórmula.

Les separan tan solo tres días para que este paralelismo fuera exacto cuarenta años después. El miércoles se celebra la efeméride del triunfo de Suárez en las primeras elecciones, y el domingo Macron -el Suárez francés- resucitará la Transición española en las urnas de un país que asiste a su mayor metamorfosis y decadencia política de las últimas décadas. Si Macron cita a Suárez no tendría nada de extraño. Si Albert Rivera se abraza a ese árbol y se deja ver con Aznar -que añoraba tanto a Suárez cuando el centro se empezó a poner de moda- no hace sino seguir el guion que más le conviene.

La incógnita de Europa ya no reside en el viejo debate de la izquierda y la derecha, sino en el nuevo debate del populismo y el centrismo. Aquel parecía imponerse en las encuestas europeas y en la Casa Blanca. Macron no le suelta la mano a Trump -en la secuencia que recrea El Español- porque sabe que se juega lo que Suárez el 23 F. Europa ahora es un vivero de tejeros, gentes de ultraderecha, xenófobas y cainitas, cuyo demonio es Macron. Del 1 al 10, Macron es el 5, el dígito mágico.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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