Chirino, 92 años siendo Chirino

Puede alardear Canarias de la fortuna de tener hijos como Chirino, que es un superviviente excepcional de sus mejores efectivos en las artes y la cultura. Lo de Chirino es harina de otro costal, alguien que rompe todas las reglas, no solo de la subsistencia y el arte, sino de algo tan difícil como el arte de llevarse bien con la gente. Son pocos los canarios que conviven como si todo el mundo fuera jauja. ¿Enemigos de Chirino? Los habrá, no lo niego, pero es como decir que nadie está en paz consigo mismo. El mayor enemigo de este vulcano que no desiste de la fragua con 92 años, ni cien que tuviera, es el tiempo. Ahora quiere pensar en marzo -del 2018- y hacer realidad la gran exposición que está construyendo para el día de su cumpleaños. “Si llego”, le dijo a Karen Estévez. Lleva llegando toda la vida y siempre hizo gala de saber guiarse por los caminos más tortuosos.

Cuando a mediados del siglo pasado se marchó a Madrid-era el desasosiego de los artistas de posguerra encerrados en la jaula de la isla-, Martín Chirino tenía la impronta, pero no la certeza de alcanzar el éxito. Por entonces, unos cuantos canarios procedentes de distintos peñascos salieron volando a sus madriles y nuevayorks alentados por el miedo a ser devorados por la censura y el poco caso que les hacían los críticos de arte del Régimen. Eran artistas, gente peligrosa. Manolo Millares, César Manrique… Martín Chirino. En esta página de su historia, ha confesado que Tenerife es el sitio donde siempre se sintió feliz. Y es cierto, porque ya lo decía entre amigos cuando el pleito insular estragaba lo suyo a políticos, empresarios y los dos equipos de fútbol. Chirino, en cierta forma, siempre fue una especie de papa de las artes de Canarias, alguien de voz ecuménica capaz de hablar en nombre de todos los paisanos sin que sonara a pose o circunstancia.

La noche que lo conocí en Madrid,en la tertulia de un pub sobre un disco de Taburiente, dijo, con ese don pontífice y natural en él, que Canarias, toda, era una tierra de gente muy dada al arte, muy apta para ello y en nada inferior a cualquier gran capital. Ahora, cuarenta años después de aquel acto celebrado en la Transición, declara en DIARIO DE AVISOS que “Canarias es también el centro del mundo”. Piensa en el instantáneo Internet. Uno de los debates que han acompañado al escultor más importante de este país es si era o no nacionalista. Una voz sin herrumbre, que ha dicho toda la vida lo que piensa, como un herrero de espirales que nos llevan siempre lejos. No lo sé, creo que Chirino no es nacionalista en el sentido político de la palabra; acaso sí en el sentido artístico, cuya etimología es diferente, y donde la obra desborda todos los clichés y sambenitos.

Fue África la que le abrió los ojos. Por eso dispuso un enorme casco negro en el patio de CajaCanarias. Chirino abogaba por África cuando por aquí estaba mal visto, por los estigmas del momento en plena efervescencia argelina de Cubillo. Pero él hablaba de África con aquella misma autoridad moral que lo hacía de Canarias sin tribalismos. Y ahora lo sigue haciendo, sigue hablando de África y de Canarias como alguien que está y no está y puede decir lo que piensa porque mañana saltará del nido y las miserias del lugar no lograrán aprehenderlo. Es la manera que ha tenido de vivir apareciendo y desapareciendo como un canario que nos resume a todos y que nos hace creer lo que tanto nos ha dicho sobre la canariedad sin complejos y el talento genético del insular. Conoció a David Rockefeller porque hablaba inglés en Madrid y el magnate le invitó a Nueva York. Chirino se ha pasado la vida entre orillas, Canarias y la Península, España y América. Y no para como un chiquillo en su espiral…

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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