Sampedro en Santa Cruz

Las vivencias de José Luis Sampedro en Santa Cruz fueron las de un escritor sobresaltado por la tragedia del mundo en busca de una orilla de esperanza. El mar chicharrero le consolaba. Lo que buscaba el hombre de letras y números en una ciudad insular como Santa Cruz era, en cierta manera, la inspiración optimista para descifrar el caos de las torres que se caían a su alrededor, con el peso de los años que hacían mella en su salud, siendo él mismo de una estatura desgarbada en una sociedad muy española y retaca, con la que otear ese horizonte. El hallazgo del autor y la isla, de Sampedro y Santa Cruz, era un mutuo descubrimiento, y se fueron frecuentando a lo largo de la vida. Santa Cruz guarda el recuerdo de aquel hombre vivaz como Lanzarote el de Saramago o Puntallana el de Günter Grass. Gilberto Alemán me contaba que un día se tropezó con Sampedro bajando por la calle del Castillo; iba al trote, campechano y silbando, mucho más joven que cuando yo lo conocí. Silbar públicamente es una antigua costumbre que remite; antes era más corriente cruzarse con alguien que silbaba una melodía ensimismado en sus cavilaciones, con esa manera mecánica de darse ánimos y espantar las monotonías.

Una vez en Madrid, Sampedro impartía una charla en una sala abarrotada, parecía en su salsa, hablando a un público de fans universitarios –en eso era como Emilio Lledó- como un político de las finanzas del género humano. Y como mi presencia era completamente casual, asistí a la liturgia como alguien que entra en una iglesia inopinadamente y le da vergüenza marcharse justo cuando el cura comienza a oficiar misa. Muchos años después, Sampedro prologó en España el libro que dio un rapapolvo a las arrugas del sistema capitalista y al sistema político neoliberal, ¡Indignaos!, de un coetáneo combativo, Stéphane Hessel. Sampedro entraba a saco cuando quería contra los cimientos de una metodología del poder con la que estábamos condenados a sucumbir bajo nuestra propia fortificación, en medio del aparente auge tecnológico. Cabe leer sus diatribas en Los mongoles en Bagdad, que le presentaron en Santa Cruz Juan Cruz y Loly Palliser, o en El mercado y la globalización. Le dio tiempo en su dilatada vida de asistir a la demolición del World Trade Center de Nueva York. Y con esos indicios, rubricó una y otra vez su rechazo a la invasión de Irak. De haber sobrevivido a su muerte en abril de 2013 habría visto confirmados hoy, con cien años de edad, sus peores augurios en las postrimerías de una vida de gallo de pelea reluctante al imperio insolidario de la ley.

Tachaban sus detractores a Sampedro de provenir del régimen bancario y corporativo que cuestionaba con ardor en sus escritos y conferencias. Muchos desconocen quién era y desde cuando pensaba como pensaba. Era fácil retomar su pasado profesional en el sistema financiero, pero la evolución de sus creencias y credenciales se dio antes y después de Franco. Cuando había que dar un portazo por los colegas represaliados, lo daba. Sampedro silbaba y era feliz y jovial, pero tenía retranca y dolor por la injusticia humana que le duró hasta su último aliento.

Como las huellas de este país han vuelto a ponerse al descubierto estos días con la celebración de los cuarenta años de democracia, conviene redimir los pecados, ya no de los que hicieron la Transición con indulgencia, sino de quienes obraron entonces y ahora creyéndose en posesión de la verdad. A tal punto, Sampedro no se concedía ese don inverosímil, que tiró por tierra cánones y dogmas de su generación sobre el mundo y el hombre y se alineó con los jóvenes que reclamaban otra vuelta de tuerca en la Puerta del Sol aquel año fronterizo de 2011 –antevíspera de su muerte- en que se soltaron las cuadernas del barco y todo hacía presagiar este naufragio. No era un advenedizo que hizo el 15-M como un perroflauta. Teníamos delante de nosotros al mejor profesor de Estructura Económica del país, que se había enrolado en la docencia tras ser un alumno pionero de las primeras facultades de la materia que él siempre consideró una rama política, o sea, una ciencia social. Por eso no era de extrañar que Sampedro, a la vuelta de los años, le viera las orejas al lobo y no ahorrara en admoniciones contra el despertar de los monstruos venideros. Aún no había llegado Trump cuando falleció, pero diríase que lo tenía en mente como un personaje de ficción antes de que fuera real.

Sampedro, fascinado por la visión keynesiana del mundo, había hablado y escrito sobre el hombre y sobre el hambre desde los años 60, con la misma pasión con que había escrito la Sonrisa etrusca, Octubre, octubre o La senda del drago, con el Teide mitológico al fondo estimulando en su destino insular a un desencantado Martín Vega, en el que el autor nos nombraba a todos, incluido él. No, no acababa de sufrir ninguna revelación cuando estalló la guerra de Irak o la Primavera Árabe, no era un espontáneo podemita y transgresor antes de que el mismo Pablo Iglesias entrara por el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo… Algunas veces –pocas para mi gusto, que apreciaba mucho escucharle- conversé con él en Madrid o Canarias. Recuerdo algunos encuentros: en la desaparecida librería Foro Literario de San Clemente, en un plató de televisión, en un estudio de radio y en la calle. Le gustaba pasar inviernos y quedarse a vivir temporadas largas en Santa Cruz, como han puesto de manifiesto ahora amigos y familiares en CajaCanarias en el homenaje por su centenario. Le agradaban la Rambla, la Plaza Weyler, el Parque García Sanabria, la Plaza de los Patos…, Taganana, La Laguna, el Puerto de la Cruz, el mar, algunas cafeterías… En 2005, hojeando su entrañable sonrisa etrusca, compruebo que la novela cumple veinte años y se lo transmito al editor, con el gozo de un lector que pide honores merecidos para esa obra. La reedición con la solapa conmemorativa hizo justicia poco después.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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