Cospedal y Nelson frente a Rabat

Cuando hace 220 años Santa Cruz frustró la incursión de Nelson, la ciudad y la isla, España y el continente europeo contemplaban objetivos y temores que ahora nos resultan desfasados. La vida en el siglo XVIII tenía sus coordenadas, y ahora miramos de reojo a las aguas que llamábamos canario-saharianas y a las pretensiones del vecino que siempre usó el doble lenguaje y las artimañas de la dilación. En aquella centuria éramos menos de 200.000 personas poblando estas islas; veníamos de una tipología social atrabiliaria, de conductas mal encaradas, que incluía las cabalgadas para aprehender esclavos en las costas de África. Sobrevivíamos del azúcar, de la parra y de los beneficios del campo, cultivo tras cultivo, consecutivamente.

¿Cómo éramos, en realidad, nómadas o sedentarios? Enseguida emigramos, y una vez suprimido el tributo en sangre, que implicaba la diáspora forzosa de cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancía exportadas, emprendimos todo un colosal diálogo humano con América que nos distanció de las cercanías africanas hasta mucho tiempo después, que es hoy mismo, en que hemos vuelto a girarnos hacia África tras darle durante décadas la espalda. Pero en el siglo de Nelson éramos una fonda importante de la Corona, que traficaba su oro y su plata de América con que financiar su hegemonía europea. Canarias era inocente, pero no ajena: era un lugar de paso clave. Una base de España.

Como si de un salto atrás en la historia se tratara, la ministra Cospedal ha celebrado con “orgullo” la hazaña de las valientes milicias que en 1797 pararon los pies al almirante de la Marina británica que tenía, sin saberlo, un lugar reservado en la historia. La efeméride se las trae, pues la titular de Defensa no hacía un visita de trámite a la isla que fue objeto del deseo del inglés, sino un viaje de doble jornada por el Archipiélago, donde pernoctó en mitad de una crisis política local, tan empecinada en sus cuatro esquinas que ignora lo que pueda estar sucediendo en las costas de enfrente.

Cuando vino Nelson con su Theseus, sus navíos y cañones haciéndose el despistado ya éramos célebres por nuestros vinos y otras vitolas; teníamos fama entre los naturalistas (apenas dos años después nos visitaría Humdoldt), pero el turismo propiamente dicho como sector económico no estaba en nuestra imaginación ni en la de nadie todavía, como era impensable Internet doscientos años atrás. Lo que descubrimos aquel 25 de julio, de la mano que iba a perder el genial enemigo británico es que nuestro mérito en el mundo iba a ser, sobre todo, estratégico.

Ahora Cospedal festejó la memoria de los héroes locales del general Gutiérrez como si emitiera señales al palacio del rey alauí. Las invasiones de langostas y almirantes han formado parte históricamente de nuestra exposición a los riesgos exteriores, que es un factor determinante inserto en nuestra condición insular. En siglos pasados de ataques y piraterías este era un tema habitual de conversación. Mucho después de la intentona de Nelson, llegaban aún noticias expansionistas muy consistentes e inquietantes, como las de Hitler, Mussolini o Estados Unidos. La matraquilla marroquí sobre Canarias data de tiempos más recientes y ha quedado como una secuela de la agonía de Franco, que era un militar acuciado por delirios africanos. La siempre expectante Canarias asistió a la descolonización del Sáhara como una convidada de piedra, así como en el vagón de Hendaya dos dictadores introducían en su controversia el control de las islas en la Segunda Guerra Mundial, y nosotros, en la luna de Valencia. Los F18 de Gando, los cazas de la Fuerza Aérea española capaces de una respuesta instantánea si alguien atentara contra estas islas, actúan de vigilantes de guardia. El precio de ser islas es no quedar desguarnecidas; son la metáfora de las geoestrategias que asocian una isla a una base militar. Cuando en los 80 el debate era la OTAN, en Canarias había una fiebre antimilitarista que explica el no en el referéndum. Luego se reinterpretaron los hechos y las opiniones refractarias antiyanquis y antiOtan, como si en Cataluña, a la vuelta de unos años, conviniera el estatus español habida cuenta de las amenazas potenciales del mundo exterior.

Los canarios hemos estado siempre en el filo de esa navaja. Si recolectamos los sucesos de toda índole que han ido marcando nuestra historia política, económica y estratégica desde Nelson -y naturalmente desde la Conquista- hasta el inconsciente marroquí que impregna sus mapas del Gran Magreb y sus apetencias del petróleo y el telurio, nos reconoceremos en una cierta desconfianza e indefensión.

Nelson, en boca de Cospedal, es una manera alegórica de hablarle a Marruecos con ironía. La ministra, con sus jefes de Estado Mayor, ha venido a peinar las guarniciones y alentar a las tropas en estas trincheras caldeadas frente al desierto. Era -no hay por qué dudarlo- una visita programada anteriormente, pero se produjo -no hay casualidad más oportuna- pocos días después de que, en una revolera, Marruecos se apropiara de las aguas del Sáhara, que son unos dominios sometidos al arbitraje de la ONU desde hace 40 años. Tanto la miríada de pleitos domésticos como la ceguera temporal que padecen estas islas por la extraña enfermedad de las guerras cainitas de poder, el incidente ha estado a punto de pasar desapercibido, riesgo que los lectores de DIARIO DE AVISOS pueden decir que han sorteado a través de las crónicas de Tinerfe Fumero y las reflexiones publicadas por el profesor y diputado Juan-Manuel García Ramos. Las islas, oficialmente, han disimulado unos hechos que en otro tiempo hubieran desatado un debate no menor, prueba del nivel al que hemos descendido. Pese a la tibia respuesta política insular y las excusas técnicas del argot del ministro español de Exteriores, cobra valor la visita gestual de la ministra de Defensa sobre la huella de la derrota de Nelson, autor de una frustrada invasión, precisamente.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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