Antes de que muera Venezuela

Tiene hoy razón de ser un régimen como el bolivariano, a todas luces víctima fatal de sus propios errores de fábrica, tras 18 años de ensayo impulsivo de un modelo sui géneris que oscilaba entre el castrismo y el libro verde de Gadafi?

Cuando el joven coronel libio se hizo con el poder, desató una corriente de simpatía hacia su novedosa revolución socialista de duendes nómadas que poblaban jaimas y alentaban su ideal de convergencia panarabista. Era un hombre joven, treintañero y bien parecido que volvía a su pueblo natal a compartir la mesa con los suyos, sentado en el suelo comiendo cuscús y tomando el té de los desiertos con timidez delante de las cámaras.

Los líderes populistas, entonces, tenían mejor prensa que ahora. En América, Torrijos era un militar venerado por la izquierda por su corte de mangas al Tío Sam y defensa soberana de su Canal de Panamá. Torrijos agradaba a Fidel. Bolívar inspiró a Hugo Chávez. Y así se iban sucediendo, históricamente, los líderes de nuevo cuño, pasándose el testigo en aquella oleada de presuntos mesías. Eran los cachorros de nuestra América, como tituló su famoso ensayo José Martí, el poeta revolucionario cubano hijo de la canaria Leonor Pérez.

Las revoluciones, casi siempre de corte militarista y juvenil, de América, como las de África y Asia de la segunda mitad del siglo pasado, contrastan con las rebeliones estudiantiles europeas, en países como Francia o Italia, que tanto subyugaron a los radicales españoles de izquierda alzados en las universidades durante la dictadura de Franco. Chávez era el producto de una deconstrucción de las revoluciones convencionales de América, tras fenómenos tan determinantes como Cuba desde 1959 al cabo de una guerra de guerrillas de dos años en la Sierra. Fascinado por ese colapso de la historia de la isla que estableció una especie de canon en el marchamo de las revoluciones de medio mundo, ansioso de hallar soluciones drásticas y vertiginosas a la democracia enferma de Venezuela, el paracaidista venezolano inventó su receta de consumo interno y tendió un puente discipular con La Habana, ya en las postrimerías de Fidel.

Cuba es un fenómeno ilustrativo en todo seminario que se precie sobre revoluciones en el mundo. Es el caso paradigmático para considerar el meollo de las transformaciones políticas en situaciones de falta de libertad: la evolución y la involución de las revoluciones.

Venezuela viene de mirarse en ese espejo, cuando los actores principales en ambos casos ya han fallecido: Fidel Castro en noviembre de 2016 y Hugo Chávez en marzo de 2013. La progresía española -la progresía internacional y también la gran hipogresía que se redimía los pecados viajando a Cuba con cosméticos y afeites para compensar amores en el Malecón- se deslumbró con el fogoso espíritu de los barbudos de Sierra Maestra, capaces de derrocar con su artesanía revolucionaria al dictador Batista, que huyó finalmente como sueña todo levantamiento popular. El carisma personal de Fidel alimentó el culto a su personalidad y la repercusión mediática del Che -el fetiche adorable de hombres y mujeres de tinte rojo, una vez consagrado en la mítica foto de Alberto Korda- reveló que la insurgencia debía tener look, encanto y mercadotecnia, entre sus claves de éxito. La barba que ahora lucen deportistas y cantantes como signo de una estética transgresora dudosamente encasillable en alguna ideología, era entonces, en la efervescencia castrista, una moda de izquierdas. Chávez inventó su propia simbología, la boina roja y los atuendos del mismo color, y copió los discursos intermimables de Fidel, pero les añadió canciones y ejemplares diminutos de su Constitución que lo hacían un político cómico. Un cineasta que le propuso hacer una película de su vida, cuando ya enfermo se encerraba a llorar y a dormir, pensó que todo el ardor de Chávez se había caído por un sumidero y los que heredaron su poder se quedaron buscando el chavismo en las cloacas del régimen. El misticismo de Chávez se fue con él. La religión que fundó no le sobrevive, porque era de este mundo, unida a su presencia de un modo inmanente. Hoy sabemos que Chávez no se perpetuó.

La figura de un líder ídolo ha sido común a los grandes partidos y movimientos de izquierda a derecha. En el PSOE español y en los socialismos francés o sueco, por poner tres ejemplos, nadie discutió ese extremo: buena parte del secreto de que llegaran al poder residió en la imantación popular de sus dioses respectivos, Felipe González, François Miterrand y Olof Palme. Chavez heredó esa tradición en un país que confortó indistintamente a demócratas y dictadores, a Rómulo Bethencourt como a Pérez Jiménez, al breve Chalbaud asesinado como al eterno Carlos Andrés Pérez.

Bastaba decir CAP o El Gocho, y el pueblo apostillaba, “sí, Carlos Andrés Pérez roba, pero deja robar”. La corrupción recorre las venas de América, y cuando ahora confiesa el exabogado de Odebrecht que el empresario de este imperio brasileño de la construcción sobornó a no menos de mil personas, está diciendo que el continente americano -donde la multinacional extendió sus tentáculos entre jefes de Estado y subalternos- no tiene remedio.

En el callejón donde está metida Venezuela puede pasar cualquier cosa desde este domingo en que Maduro ha implantado la elección forzosa de una dudosa Asamblea Constituyente tras un reguero de medidas coercitivas que han acabado por arruinar todo asomo posible de democracia. Con Maduro en manos de Trump todo desenlace es imaginable. Que los Estados Unidos, que llevaron a cabo el cerco a Noriega a finales de los 80, declaren a Venezuela un narcoestado y lo invadan, no es una posibilidad remota. Pero la democracia debería anticiparse al matón del norte. Venezuela ya es una guerra civil callejera. Una causa suficiente para que se eviten más muertos antes de que muera el país.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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