Scaramucci pagó por adulón

Existe la figura del adulón, que deposita todo su éxito en la incontinencia a la hora de exaltar, secundar, imitar y obedecer hasta límites grotescos al jefe, líder y amo que lo nombra y somete. Tener un carguillo eleva la autoestima y, a veces, fomenta una vanidad histriónica que estaba oculta bajo la falsa apariencia de humildad, que es tan común y rastrera como fácilmente desmontable.
Ayer Trump se cargó a su más obsecuente y servil farandulero, el director de Comunicación, Anthony Scaramucci, que acababa de llegar al puesto como elefante en cacharrería, insultando a todo el mundo, pero no a los adversarios del presidente, que son multitud, sino a los propios componentes del equipo áulico del ala oeste de la Casa Blanca, sus compañeros y hasta jefes más directos.

Lo más bonito que soltó Scaramucci por su lengua viperina fue esta sentencia lacónica: “Lo que quiero hacer es matar a todos los filtradores”. Era una conversación telefónica con un periodista que le transmitió un off the record sobre los movimientos del flamante dircom del presidente. Este perdió los estribos y anunció que despediría a todo quisque en su departamento, y no paró de disparar sobre el ala oeste como un energúmeno. Apuntó con ventajismo a la cabeza de Priebus, el tambaleante jefe de gabinete de Trump, en términos tales que no dejaban lugar a dudas del odio que albergaba sobre él: “Es un jodido paranoico esquizofrénico”.

Trump cesó después a Priebus, como si siguiera al pie de la letra los deseos de su vampiro particular. Y Scaramucci debió creerse consolidado en el cargo. El adulón copia hasta los defectos del jefe y los exagera para que se perciba con claridad que admira a su héroe indefectiblemente. Así que el hombre tiró para adelante y se vio subido a la ola de los delfines del presidente, que han de ser pendencieros y déspotas e imbéciles todo a la vez para merecer un carguillo en su depredador ejército de macarras.

El adulón no tiene ideas propias. Repite como un loro las del jefe. Si Trump es un mal hablado, Scaramucci pensó que el lenguaje soez era la mejor arma para granjearse las simpatías del presidente faltón. Como quiera que había liquidado a Priebus de una feliz andanada -“jodido paranoico esquizofrénico”-, probó fortuna contra -nada menos que- Steve Bannon, un periodista chulo y ultra elevado a la canonjía de estratega jefe de Trump para incomodar a toda la aristocracia ortodoxa de su partido. “Yo no intento mamármela como él”, creyó crucificarle -al tanto de que el yerno y la niña del presidente no lo tragan-. Y así fueron discurriendo los días de fuego amigo de este tal Scaramucci que no se quita las gafas de sol y que por lo visto desatendía a su esposa por el amor obsesivo que profesaba a Trump, según ella.

Un adulón como Dios manda puede llegar a amar y hasta a mamársela a su jefe, dicho en la terminología de barricada de este tiburón financiero de Wall Street, reclutado por el presidente para meter en cintura a su equipo de veintitantos inútiles abonados a la conspiración más por hábito que por monjes. Esa es la marca de la casa. Llegar a la Casa Blanca fue obra de una gran conspiración, el rusiagate, que le puede costar el impeachment a un presidente elegido gracias a los votos y los virus de Internet. En esa democracia, Trump querría ser como Maduro y abolir el Senado y la Cámara de Representantes, que bloquean sus leyes draconianas, y poner un Parlamento ad hoc elegido a machamartillo para sepultar de una vez el Obamacare.

Puso a Scaramucci y ayer se lo cargó después de tan solo diez días de jefe de prensa. La orden la firmó el general John Kelly, en el primer minuto de aterrizar en la Casa Blanca en el puesto clave que estaba vacante, el de jefe de Gabinete. Otro adulón. Los adulones se van liquidando entre sí. Son los bufones del banquete.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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