Se nos agrió el carácter

Nos acordamos de los alisios cuando arrecia el bochorno como de Santa Bárbara cuando truena, como del alisio del bloom de las microalgas, que alguien acaba de invocar estos días. Jinetes del aire, soplando del nordeste sobre el hábitat y el habitante, la metáfora perfecta de la isla, que se saca el alisio debajo de la manga. El alisio, como factor determinante o desternillante de la impronta del canario, siempre viene a cuento de muletilla. Es un viento “mesurado, más o menos lánguido”, como dicen los franceses, que se define por su “carácter liso, delicado y amable”. Una descripción que casa con la del canario de otro tiempo menos crispado que este; la de aquel paisano que llamaban aplatanado por su pachorra. Siempre cuento que Unamuno ironizó con la soñarrera del canario que no tenía prisa, ni falta que le hacía. Cuando aquí había más soledad que ahora y en la Península creían que llevábamos taparrabos, resulta que el canario tenía un carácter abierto y caía bien; ganó fama de hospitalario, se hizo amigo del inglés y el alemán, y llevado del impulso abandonó la guataca y se hizo camarero autodidacta, pero supo adaptar su flema bucólica a la llegada de europeos en masa. Es impensable por aquí un brote de turismofobia como el del norte de España estas semanas, aunque nunca se sabe, pues -este es nuestro leitmotiv este domingo- tanto nos ha cambiado el carácter, el temperamento, la idiosincrasia, que debería ser objeto de introspección. Es una alteración de ánimo que afecta al ciudadano, la cultura, la economía y la política.

Quizá éramos más asertivos en la modernidad urbanizada del siglo XX que invitaba al individuo a establecer contacto físico y cultural con otras sociedades. Había un optimismo receptivo y una novedad satisfactoria. En su innegable ignorancia, el canario se dejaba llevar por una cándida curiosidad; era humilde y lo asimilaba todo. Pronto alardeamos de un virtuoso mestizaje, cuando Carlos Fuentes hacía proselitismo literario con el argot de la identidad latinoamericana. ¿Por qué el isleño europeizado de ahora, más instruido que aquél, se ha vuelto resabido y desconfiado con los de fuera y los de dentro? El paisano cuanto más aldeano, más sano; ligaba en el Puerto de la Cruz con un inglés de garrafón y volvía a la faena más feliz que unas castañuelas. Hoy esa imagen es todo un vestigio del ingenio de la pobreza. Había –no se olvide- una élite de pensamiento en aquel páramo franquista, con su vanguardia, que se topó con la guerra de sopetón. Luego diré que hemos perdido ese instinto intelectual. Hemos cambiado, somos de otra pasta. Se nos agrió el carácter, como se nos quebró aquel afable cosmopolitismo. ¿En qué momento se jodió Canarias?, preguntemos con el dilema vargasllosiano . La esclerosis de la democracia, el rejo sectario de la vida de los partidos cuando gobiernan demasiado tiempo, los lazos que crean amistades sospechosas entre grupos de intereses y el poder, y luego, la calle que se aleja de ese ático superior y se queja sin método, y lo que resulta es una sociedad enferma, como dice un diagnóstico reciente de un informe económico y empresarial. La Canarias postrada de la que algunos ya hablan va dejando entrever los síntomas del mal que le aqueja. Fíjense en nuestro carácter-insisto-, que no es ni la sombra de lo que era. El humor canario (el cotidiano), ¿dónde radica ahora? Es gente cabreada y triste, como quien dosifica la alegría porque no está el horno para bollos. Culpar genéricamente a la crisis es dictar la coartada del virus que vale para todos los males. Somos más introvertidos que antes, y toda la fuerza se nos va por la boca, con arcadas de insultos en la red, convertido el paraíso en pandemónium. Ahora está de moda fingir y nada es lo que parece en este enorme trampantojo. No es verdad que haya un mayor interaccionismo. Nadie está participando en nada realmente. En el nuevo circo de parlantes solo hay monitos retraídos en su jaula particular pulsando febrilmente la tablet más solos que la una, más toscos que nunca, en plena involución de la especie, camino de la jungla. Esa es la gran conversación, el soliloquio. La isla en estado peyorativo puro. Isla y jaula. Es una Canarias furiosa. Ya no es el pleito insular de una isla contra otra, sino un pleito personal de unos contra otros sin salir de la isla. Este lugar tan exótico que otros venían a explora debería ser visitado por nosotros mismos. No nos conocemos. La vida local ha dado un giro. Todo se ha vuelto más tribal en el sentido literal de la palabra que usaban los evolucionistas del siglo XIX. Estamos en otro estadio posiblemente de involución en aptitudes de convivencia y afecto. Y a este paso, retrocederemos de tribus a bandas. Nos gobernará una banda, si no lo hace ya.

Los espacios comunes -las plazas, las avenidas, las playas, los centros comerciales y parques- dejaron de ser puntos de encuentro: alojan diseminadas tribus herméticas que coexisten, pero no se entremezclan. ¿Dónde está el espejo en el que se miran las islas ahora? ¿Cuál es nuestro modelo de sociedad a imitar? En nuestro falansterio insular hay alianzas y rivalidades, pero una tierra decente no se puede regir por reglas sectarias de una hermandad de intereses. El único éxito posible en una isla es llevarnos relativamente bien. Una isla de tirios y troyanos es un infierno. ¿Dónde quedó la manera tolerante de ser de este pueblo, devenido en una autonomía rencorosa? Recuperar nuestras raíces: queda arqueología por hacer. Sí, hemos ido perdiendo el instinto intelectual -la crítica del tiempo presente- y una serie de espacios permanecen vacíos, con preguntas de futuro sobre temas centrales: ¿qué pensamos del mundo que dejamos a los nuevos canarios que vienen detrás? Alguien debe salirse de la manada con el megáfono, antes de que sea tarde. No hay peor desgana que este desinterés por las grandes y mínimas premisas. Si todo el esfuerzo se reduce a salir del paso, estamos aviados. La falta de generosidad trae consigo la ausencia de metas colectivas. Lo que caracteriza este momento es una profunda desigualdad social. Y ello ha terminado por agriarnos el carácter. La incomodidad general. Hay una tensión de intereses, entre quienes consolidan posiciones enquistadas de poder y quienes piden el derecho a realizarse en su propia tierra. Si el estilo tribal se impone, habrá otro éxodo, este de jóvenes que saldrán de la jaula de la isla con la tablet y se irán con viento fresco. Y tras ese alisio, solo quedará la mediocridad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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