El terremoto de Perú, diez años después

Hace diez años viajé a Perú por primera vez, como tantos turistas, atraído por el Machu Picchu, con la salvedad de que iba al encuentro de la futura madre de mi hijo. Nos reunimos en Lima, hicimos noche en Cuzco y recorrimos juntos la ciudadela incaica, hechizados por la mística del santuario. Al regresar de la excursión, quisimos pasar la tarde en el oasis de Huacachina; tomamos refrescos y paseamos por los lugares de la leyenda de la doncella que lloró la muerte de su guerrero y engendró la hermosa laguna bajo las dunas donde los niños se deslizan en tablas felices en el desierto. Antes de que anocheciera tomamos un taxi hacia la capital de Ica, el ‘sur chico’ de Perú, ajenos al horrible trance que nos aguardaba. El taxi describió un repentino zigzag y nos espantó en el horizonte un resplandor violáceo seguido de un apagón general. El hombre detuvo el coche, casi sin habla, y se marchó sin cobrar como alma que lleva el diablo. Entonces comprobamos que no podíamos mantenernos en pie y nos cogimos de la mano en corro; éramos cuatro personas. El periodista Javier Cabrera me miró temiéndose lo peor y alguien pasó a nuestro lado gritando ¡es el fin del mundo! Un terremoto de 7.9 grados de magnitud en la escala de Richter, casi justo en su epicentro, es, en efecto, lo más parecido a una escena final. Como una bomba a punto de caernos encima o un avión que se precipita con uno dentro. En un movimiento telúrico de ese calibre, la tierra puede fingirse una cama de agua, pero temes que se rasgue y te devore. Durante dos eternos minutos no repasas tu vida, te quedas en blanco -en un Kipling al cuadrado-y algo sonríe dentro de ti burlonamente, estás muerto de miedo, pero sobrevivirás. Había un niño con nosotros, cuyos hermanos sufrían en ese instante el mismo remezón, a pocos kilómetros, dentro de una casa que se movió “como un caballo loco”, según la descripción de la abuela, Emilia Verde. No se abrió la tierra. En aquella carretera, no. Todo se había movido como una tramoya cogida con papel de fumar, dejando intactos en la memoria los dos minutos del infierno diez años más tarde: una fracción de tiempo en el recuerdo como algo presente.

Como seguíamos vivos nos pusimos a caminar a tientas en la noche profunda, apenas alumbrados por el haz del teléfono móvil. Cuando llegamos a Camaná, la calle había perdido una fila completa de casas y la acera era un solar. La gente no durmió hasta que se hizo de día buscando los enseres y los seres queridos. Había dos países, el que habíamos visto de noche y el del día después. La mayor parte de las viviendas de adobe se habían venido abajo. Y en nuestro hotel, Sol de Ica, había caído una viga sobre nuestras habitaciones. En la Plaza Mayor de Pisco, meollo de la sacudida, los cadáveres fueron alineados a la intemperie para su identificación. Los féretros llegaron antes que la comida, hasta que los convoyes con alimentos donados comenzaron a ser asaltados en la Panamericana Sur.

Lo que presenciamos durante las semanas siguientes al terremoto de Ica, Lima y Huancavelica (aquel 15 de agosto de 2007, miércoles, a las 18.41) fueron secuencias de lo que llamamos la trágica realidad. Los presos del penal Sarita Colonia de Tambo de Mora -más de 500, casi tantos como el censo de difuntos del seísmo- se fugaron al derrumbarse una pared de la cárcel y sembraron el pánico: iban armados y entraban a la fuerza en las casas a robar víveres y dinero. Pero los saqueos de Subtanjalla eran obra de una turba hambrienta que no dudó en llevarse arroz, azúcar, frijoles y leche para sus casas. “¡Que vengan los músicos, los actores y los cómicos!”, clamaba un histriónico Alan García, incapaz de reconstruir la región en los cuatro años que le restaron de mandato.

Hartos de réplicas de más de cinco grados, Javier y yo no hacíamos caso en Huarango, donde sirven el mejor pollo a la brasa de Ica, cuando el edificio retemblaba en el almuerzo. Eran escenas duras. Visité hospitales y ‘pueblos jóvenes’ , que son los barrios de chabolas humildes. Presencié en el estadio local la llegada del helicóptero con agua embotellada para calmar a un pueblo que se moría de sed. “¡Primero el agua, después que traigan comida!”, se desesperaban los peruanos, que siempre creyeron más a la tristeza que a la alegría. Hacía frío y pedían frazadas a la espera de un techo provisional hasta que viniera otro terremoto. El país vive consciente de estar en el Pacífico sísmico. Pasaron días de ayuno; el caldo de gallina dejó de valer cuatro soles para costar el doble. “¡Antipatriotas!”, protestaban, sin éxito, mientras proliferaba la especulación. Un catalán que regentaba un hotel en Pisco fue uno de los héroes solidarios en un pueblo extinguido. La tarde noche del ‘cataclismo’, cerca de 200 feligreses que abarrotaban la iglesia de San Clemente murieron sepultados, todos, menos un bebé y el cura que oficiaba misa. Una de las peores escenas de la tragedia era ver aparecer la hilera de ataúdes blancos en el cementerio iqueño de Saraja. Pero milagrosamente, cada día había noticias de alguien rescatado con vida por los perros de los bomberos internacionales.

Pese a todo, Perú dio una lección de camaradería y no tardó en resucitar: pronto ya crecía por encima del 8 por ciento, exportaba minerales y productos agropecuarios, y yo los veía con envidia, bajo el síndrome de la crisis española, entrando en masa en los centros comerciales. “Perú ya está mejor”, dijo Vargas Llosa, en el museo O’Higgins de Lima. Pero al año siguiente, cuando volví al escenario de la catástrofe, Pisco continuaba estando en los huesos. Busqué al cura y ya no estaba. Allí sí seguían Virginia Cueto, a la que se le cayó la casa encima y le enyesaron las dos piernas, y María Elena Ramírez, habitando en precario un callejón en la Quinta Lucero, entre las ratas y el temor a que volviera un impostor que se declaraba dueño del terreno por herencia “y me bote como basura”. Y estaba la mujer que vendía golosinas y cojeaba. “Se me hincha el pie todavía”. El terremoto se lo partió y a cada paso se acordaba de él.

Volví al Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo, pero nunca repetí la excursión a Huacachina porque fue previa al terremoto. Al cabo de algunos años, insistieron tanto que accedí a quebrar la superstición. Cuando ya me sentía liberado, antes de llegar se formó, de pronto, una cola de coches insufrible. Dimos media vuelta en el cinturón de fuego y renunciamos definitivamente como si burláramos el destino.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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