Las batallas políticas y científicas de Canarias

Técnicos y científicos han vuelto a ponerse pinturas de guerra, incitados por las microalgas y la deyección del litoral. Así que el Gobierno se frota las manos; esa es su coartada perfecta. Mientras discuten ellos, la política sigue de vacaciones: es un asunto de expertos –se escuda el Ejecutivo sin ejecutar-. Las playas producen repulsión este verano, alternándose el excremento como cosa de ciencia infusa, así como la boñiga de la mañana es para versados en el tracto. La KK, como dicen los indignados en las Teresitas, es caca, la de toda la vida. Ganar tiempo espoleando a los científicos –subsidiados por definición, dada la precariedad consustancial a la ciencia – sobre si la costa se tiñe de marrón por la calima o los vertidos es un timo a la opinión pública. La papa caliente es el desagüe fecal, esos 57 millones de litros diarios de aguas residuales sin tratar que van al mar. Pasarán las cianobacterias cuando quiera el alisio, pero los vertidos ilegales permanecerán. Son vergüenzas al aire.

Hubo polémicas –menos pueriles- entre bandos científicos antagónicos. Las veladas de la crisis volcánica tinerfeña en 2004, por ejemplo, enfrentaron a dos colosos del género: Carracedo, todo un tótem del volcanismo militante, y Nemesio Pérez, que importaba artes del súmmum geológico japonés. Fue una lucha de cánones en la cumbre de una disciplina tabú, porque el volcán está dormido y el estamento lo trata como si fuera el coco. El volcanismo ganó visibilidad y recursos, y después nació Involcan, que ha puesto las pilas al Instituto Geográfico Nacional. La política de abrir la caja de Pandora que aplicó José Segura (delegado del Gobierno) fue un exorcismo efectivo: mentó la bicha y se superó la nigromancia del tema Teide.

En el estallido del volcán submarino de El Hierro, en 2011 -donde el mar se llama de las Calmas-, revivimos secuencias del mismo docudrama volcánico local. En La Restinga, el estupor del vecindario era real: evacuaban sus casas pensando que no iban a volver. En el dêjá vu de estas microalgas se suma al malestar de puertas adentro –a falta de información oficial, la gente se echó en brazos de las redes sociales- el temor a que el turismo se resienta. Ajenas a la turismofobia, estas microalgas resultan unas aguafiestas. En los citados episodios las autoridades tuvieron protocolo y discurso. No miraron para otro lado. Entre aquel boom y este bloom no hay color. Juan Manuel Santana, que era director general de Seguridad y Emergencias, selló un estilo abierto que ahora resulta impensable en el marco del mutismo de este Gobierno, partidario del apagón informativo sobre las cloacas submarinas, no vaya a explotar otro volcán debajo de esas alfombras.

Así que me quedo con aquel toples volcánico. Había buenas cabezas coordinando la crisis. Los especialistas discutían de manera espontánea, por interés científico. Ahora los azuzan desde los despachos por interés político. Y se persigue al desertor.

En las Islas, las batallas políticas suelen ser también científicas. La de Vilaflor contra las torretas de alta tensión, y contra Ati por hartazgo, fue una discusión sobre los espacios naturales y la defensa de las especies. Otro tanto pasó con el puerto de Granadilla. En el fragor de la controversia, un desconocido abroncó con malos modos, en mi presencia, al biólogo Antonio Machado, que cuestionaba la inviolabilidad del sebadal en la biota de la isla. En la confrontación universitaria, eran profesores y catedráticos tirándose los trastos a la cabeza, y por suerte la división académica no resultó un mal invento. De igual modo, en la guerra del petróleo entraron en lisa los geólogos, enfrentados a las corrientes defensoras de las energías renovables. Claro que entonces primaban más que las ideas los intereses de la compañía Repsol y que estos se confundían con las banderías políticas que se alinearon a favor o en contra. Pero, en definitiva, fue otra batalla político-científica, con el cambio climático de fondo.

Hay ya todo un cuerpo teórico con estos antecedentes para hacer una crítica de la sinrazón pura del mal gobernante.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a Las batallas políticas y científicas de Canarias

  1. jose miguel

    Quienes hemos seguido todas esas polémicas cíenfíco-politicas sabemos bien de lo estériles que han sido sus corolarios, y lo mal que lo han solucionado (?) las administraciones de turno. Vendrán más.

     

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