La borrachera de éxito y de alcohol

El turista que vino a morir al paraíso subido al tobogán de una borrachera maratoniana estuvo a punto de dejar por el camino una legión de víctimas inocentes, al estilo imperante de las atrocidades en la vía pública. El escocés Kevin D., al que este periódico siguió la pista de su historia de tiovivo y de su histeria mortal como hemos visto, no sienta ningún nuevo paradigma.

Siempre hubo una rama de este negocio -el turismo- consagrada al segmento de la droga y la dispsomanía, consciente de que es un cliente sin límites, que arriba a la isla decidido a tirar la casa por la ventana y a tirarse detrás él mismo a la piscina. En esas condiciones hemos ido multiplicando exponencialmente el número de llegadas, y el motor ha seguido tirando de la economía.

Pero el viaje a Tenerife no puede ser un viaje a la muerte. O no hay peor publicidad para este destino que vive de cubrirse las vergüenzas por el qué dirán. Esta no es una noticia más de la crónica de sucesos. La foto del sujeto que puso en jaque el tráfico, provocó el caos en la autopista, asaltó vehículos y secuestró a ocupantes indefensos, hasta caer herido de muerte por un edema pulmonar producto de una ingesta desmedida de alcohol, ha circulado masivamente en las redes sociales y es la estampa de un hombre sonriente delante de una caña de cerveza que halló la muerte en Tenerife y santas pascuas. El destino se resiente con imágenes de ese tipo. Cuando en otras latitudes, como la Cataluña que hierve a estas horas en la olla a presión de su procés, algunos arremeten contra el huésped masivo en una fiebre de turismofobia altamente peligrosa para los intereses del conjunto del Estado, Canarias incluida, todo asomo de argumento refractario hacia el viajero incómodo ha de ser una señal de alarma. Esta lo es.

Hubo aquella controversia reiterativa sobre la cantidad o calidad del turismo que nos convenía. Y no nos pusimos de acuerdo. Porque era la pescadilla que se mordía la cola. Canarias aceptaba el desafío de batir cada año su propio récord como una odisea olímpica que no estaba mal. Pero bien que nos preocupa el descrédito de la microalga como el acné al adolescente que le aflora en pleno rostro. Y nos reprochamos airear la caca de la costa como si el turista no tuviera ojos en la cara ni wasap para exponernos al escarnio general. Somos tan tiquismiquis cuando queremos y tan negados a la evidencia cuando nos explota en las narices la verdad sin paliativos.

Este borracho inglés que puso en riesgo la vida de muchos antes de caer muerto en una rotonda de la isla es el prototipo de turista que nos urge someter a revisión. Canarias es un destino borracho de éxito, y, si conjura la asignatura pendiente de sus vertidos de aguas negras y dedica los fondos necesarios a corregir ese problema, tendrá turismo para rato. Sin embargo, no puede autocomplacerse en la estadística, y mirarse el ombligo sin la autocrítica de un empresario serio que invierte en futuro. La polémica tasa turística, que en destinos similares como Baleares cumple su rol sin efectos secundarios, invita a que los dirigentes del entramado hotelero y extrahotelero local y las fuerzas políticas debatan sin prejuicios sobre su idoneidad en Canarias. El turismo nos ha dado muchas alegrías y algún que otro disgusto que debemos digerir sin aspavientos, poniéndonos la venda antes que la herida. Podemos darnos con un canto en el pecho por no ser un infierno de mafias condenado a sufrir bajo el yugo de un índice elevado de criminalidad, como tantos otros destinos que se dejaron cegar por la llegada del dinero fácil. ¿Pero quién ha dicho que estamos a salvo?

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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