Sentimientos que mueren como el dolor

Tenemos presente al amigo cuando se va. Pero tememos que un día la muerte de Juan José Delgado, que es el ejemplo más próximo, sea parte de una rutina de indolencia, y el dolor se disipe al instante. Nuestro temor es razonable, pues trabajamos con denuedo el modo de aliviar el dolor de la muerte, de tanta muerte interiorizada como conducta de seres precarios como nunca antes. El cáncer, esa bomba atómica silenciosa, no acapara todos nuestros miedos, sin embargo. Aquí hablo de esto, de aquello, de todo lo que nos golpea el alma a diario y nos convierte en supervivientes, nómadas huyendo de la muerte cargados de recuerdos de víctimas queridas. El hombre resultante se esfuerza en inhibirse de todo sufrimiento posible, matando el dolor y quizá lográndolo. Me asusta esto último.

Esta es una crónica negra que escribo a mi pesar, pero cómo escapar de este bucle sin hacernos preguntas sobre el cóctel de amenazas que se ciernen sobre nuestras vidas (de la salud al terror) haciendo de cada uno de nosotros verdaderos artistas del miedo, como aquel artista del hambre de Kafka, que alardeaba de ayuno tras las rejas de la jaula. ¿Los millones de evacuados a estas horas en Florida, tras tapiar las ventanas de sus casas, dejarán un día de estremecernos? Obligados a resetearnos, ya somos definitivamente otros. Gentes curadas de espanto, dicen. Lo siguiente es la represión de los sentimientos. En una etapa hiperacelerada como esta, el dolor -del que hablo- tiende a durar menos y a desaparecer. Me sorprende la frialdad y vértigo con que pasamos página tras un drama cualquiera en la gran pantalla del mundo -somos la primera generación que accede a ella en tiempo real-, con una habilidad contraída que fecho en el 11-S, aquel shock en televisión -mañana cumple su efemérides números 16-. Un escudo protector ante el miedo. Lo comprendo. Vimos gentes arrojándose al vacío. Fue horrible, nos superó. De ahí que sostenga que somos desde entonces unos supervivientes armándose de valor (a riesgo de un brote de insensibilidad colectiva). Lo hemos aprendido: ya no es necesario ir a la guerra para jugarse la vida; los ciudadanos sabe que corren peligro desde que salen de sus casas. Tanto como nuestras familias, amigos y conocidos, el círculo que nos conforma e identifica.

La inseguridad actual es una anomalía reciente provocada por la anomia de una sociedad a la deriva; por suerte, hemos generado un mecanismo de normalidad ante ese común denominador. Si fuéramos una tropa civil, como somos, movilizada las 24 horas ante una amenaza cierta, seríamos un ejército a lo Benny Hill avanzando entre bolardos y maceteros, que se distrae trayendo hijos al mundo, trabajando en quehaceres cotidianos y asistiendo a espectáculos de masas, donde, precisamente, nos alertan de que nos acecha el enemigo. Y cruzamos las grandes avenidas con nuestros seres queridos desafiando la idea de un atropello indiscriminado de lobos con cimitarras. En nuestro Matrix particular la vida discurre ahora así, suspendidos en una verdad ficcional.

El horror llegó y no se ha ido. Las últimas noticias le auguran cierto porvenir: no hay sino que repasar la fauna política que nos gobierna. No hay esperanzas a corto, ni medio plazo. Convivamos con el mal infinito como si tal cosa. Fue el Papa uno de los primeros en acertar a ver: vivimos una guerra solapada en numerosos escenarios a la vez. Es cierto que en París, Londres, Berlín o Bruselas el peligro en la calle es más latente. Pero la calle ya es todas las calles en la terrible lógica bélica.

Y hemos adquirido una evidente cultura del riesgo y los desastres. Ahí están las catástrofes naturales ayudando a entender el dolor en Florida y México. Los dos trabajadores que encontraron la muerte el jueves en la TF-1 junto a los túneles de Güímar, arrollados por un tráiler que no hacía la yihab, son parte de ese guion.

El desorden y exceso de realidad nos conduce a este mundo imaginario de soluciones patafísicas. En nuestro marco mental aumentado cabe todo horror potencial. Pero siempre retornamos a los círculos endógenos de felicidad abstrayéndonos del contexto y el conflicto, en nuestro nido con nuestras crías, cada cual haciendo acopio de hierbas y plumas para albergarnos. ¿Perderemos la noción de perplejidad, el sentido del dolor algún día? Junto a lo dantesco, se yergue una indiferencia instintiva de superviviente que nos vacuna frente a la tragedia y la tristeza, colindantes con la muerte. Mi hijo me habla de esta última con menos de siete años y propone soluciones providenciales que provienen de héroes que salvan el mundo, como en sus videojuegos más cándidos. Sospecho que este tema que hoy abordo será pronto irrelevante para él y un día verá el peligro humano con tedio y hartazgo.

¿Cómo es que la amenaza de una guerra nuclear no me haya quitado el sueño? ¿Y que los atentados de Barcelona y Cambrils me resulten ya lejanos? Decía Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés sustantivamente provocador, que ya no hay realidad que valga, sino simulacros de realidad. Cuando la primera guerra del Golfo, de Bush padre, en 1991, él sostenía que las bombas eran un espectáculo televisivo. En nuestro modelo Matrix paseamos a riesgo de morir arrollados porque no aceptamos que el peligro sea completamente verídico. La vida se ha vuelto demasiado fugaz para tomarla en serio. Durkheim hablaba de “amar a la sociedad”. El joven español Ignacio Echeverría halló la muerte enfrentándose en Londres a los terroristas. Pero admitamos que la mayoría evite meterse en problemas. Cuando los griegos hablaban de esto lo llamaban cobardía, y Aristóteles – indulgente- elogiaba la prudencia de quienes eligen el término medio entre la huida del cobarde y la temeridad. El miedo y la felicidad se disputan las ventas en ese mercado. O compras lo uno o la otra. Todos queremos desde niños poseer el placer. Y no hay vuelta de hoja. Somos, siempre seremos niños.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario