Merkel y el ‘land’ catalán

El 24-S alemán es una fecha que deslumbra esta semana en Europa. Si Merkel -como pronostican todos los sondeos tras el reasfaltado electoral de Austria, Holanda y Francia en lo que va de año- vence con holgada mayoría al socialista Martin Schulz y se sube al andamio del Bundeskabinett por cuarta vez consecutiva, su trono empezará a competir con el de Isabel II y será, sin duda, la monarca de Europa. Merkel trae avales para serlo. No se arrugó cuando el tsunami de los refugiados reavivó la llama nazi y euroescéptica en su país y el continente, y ha tenido lo que le envidió a Rajoy, piel de elefante, para soportar el desgaste y doblar el brazo al enemigo. Así que Angela Merkel, nuestra senderista del Garajonay, endereza el rumbo de Europa por la senda de siempre cuando todo parecía amenazar esa hoja de ruta (la muletilla manida que ya nadie utiliza, pero que viene como anillo al dedo).

Esa es la fecha faro esta semana para el Viejo Mundo que, tras una temporada con la cabeza gacha temiendo el apocalipsis a raíz del brexit y el fenómeno Le Pen, recompone la figura y lanza un discurso plenario sobre el Estado de la Unión, por boca del Juncker más eufórico que se recuerda y, por lo que se ve, con los problemas de salud superados. Cuando cayó Londres y ganó el no a Europa en el referéndum que estimula al secesionismo catalán, Juncker tenía la mala leche del animal herido y le espetó a Farage -eurodiputado separatista- cuando se lo tropezó en el Parlamento europeo: “¿Por qué está usted aquí?” Ahora le augura lo mismo a los catalanes. Si se van, se van, dice.

A Merkel y a Juncker no les hace ninguna gracia que, en medio de la buena racha de las urnas y las encuestas, justo cuando ya es historia la crisis que engendró toda aquella jerga que nos aprendimos de memoria (de las primas de riesgo a la austeridad) y Europa crece con brío, que precisamente el motor de esa recuperación, España, se vea intimidado por el referéndum de Cataluña, dentro de nada, el 1 de octubre.

Europa vive una primavera que nadie podía sospechar en 2012 cuando Rajoy decía no al rescate (otra de las palabras que estaban entonces de moda). ¡Europa mía, cuánto ha llovido! Éramos el vertedero de los improperios y los oprobios de aquella Europa ufana -Merkel incluida- que designaba a España como la mayor deformación de las economías de su entorno. Al unísono, Francia, Alemania y todo el coro nórdico narcisista del euroclub componían una imagen de España, humillada y preterida, que hacía albergar toda suerte de infortunios para su gobierno y habitantes. De tal manera que se ha probado una vez más la máxima de Cela, “en España quien resiste gana”, que el Nobel gallego extrajo de la sentencia latina del poeta Aulo Persio Flaco que no podía ver en pinta a Nerón: “Vincit qui patitur”, “vence el que persevera”.

Es por ello, dado el giro de los acontecimientos, que a Merkel, a Macron, a Juncker, a la Europa que sale del túnel y ve la luz le tiene sin vivir lo que pueda pasar en Cataluña dentro de doce días, el primer domingo de octubre. El pequeño brexit catalán no tambalea ninguna estructura del complejo comunitario, pero jode. Es un precedente sismíco que desata el pánico a las réplicas. No están los estados europeos, en su megalítica concepción, para este tipo de bromas. Ya tuvo bastante Italia con lo suyo, La Padania de Umberto Bossi, que no hace tanto, en 2014, se plantó un tanque de fabricación casera en la plaza de San Marcos para reivindicar la independencia de la región del Véneto, la Serenísima República de Venecia, que existió hace mil años. Así que ni de coña.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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