El martes es el big bang

Lo que estamos viviendo, sin dar crédito a cuanto acontece desde el 1-O, es como un ejercicio de fabulación que se cuece en las cabezas de una brigada de guionistas de la realidad impuesta, todo un género ciertamente en auge. La historia -en la presunta maquinación- reúne los ingredientes del formato para provocar el impacto emocional que se requiere. Es una manera de guiar los nuevos acontecimientos que se está adueñando de nuestras sociedades en una suerte de literatura inverosímil y al mismo tiempo real. Con esa lógica, la independencia de Cataluña, como argumento y trama, está cosechando un indudable éxito que guarda parentesco con el brexit, Mr. Trump y la ola de populismo en Europa, bajo la sombra intrigante de los rusos como mecenas tutelares de toda esta desestabilización. Nos hemos vuelto paranoicos o nos estamos adaptando a una irracionalidad moderna que quisiéramos pasajera.
La atribulada Cataluña de estos días es una contribución al género. Trapero, Forcadell, la pareja de Jordis traviesos de ANC y Òmnium, Junqueras, Puigdemont, Anna Gabriel… son como avatares que alguien puso ahí a pulular para que desencadenaran este monumental lío, y ahora se fugan las empresas -que no participan de la posverdad del procés- y los guionistas llevan 72 horas viendo la manera de recomponer el puzle para que este imprevisto no traiga consigo la ruina de toda la narrativa, una vez colocada en el mercado, que es su mayor aliciente y precio.

¿Ahora qué? Estamos todos ansiosos por conocer los siguientes pasos de los actores en las nuevas escenas programadas. Sabemos -tanto como los supuestos guionistas- que el serial ha calado en la opinión pública y a estas alturas -gracias a las imágenes de la represión, con su efecto deseado- ya ha dado el salto al plano internacional y es objeto de consumo en todas las esquinas del mundo. Lo cual es una evidencia que desata pasiones y ahora el problema es cuánto le queda de vida a esta historia-producto. La tendencia conspiranoica que se ha apoderado de los resortes de los grandes asuntos que nos preocupan invita a mantenernos atentos a lo que pueda ocurrir en las próximas horas. Si los rusos y su maquinaria cibernética disponen a su antojo gran parte de la evolución de los hechos que vemos desfilar delante de nuestras narices -hoy Cataluña, ayer el referéndum de independencia del Kurdistán, mañana…-, mantengamos los ojos en estado de alerta. Cataluña era un caso de estudio en una probeta de ensayos, pero, como tantos otros virus en otras tantas historias, se escapó del laboratorio y ahora no lo controla ni Artur Mas, que anda predicando en sus desiertos contra los riesgos de una soberanía prematura.

En sí misma, esta revolución no es tal; lo dijimos aquí la semana pasada y lo ratifica Almudena Grandes a su paso por el sur de la isla, basada en el déficit de verdad que padece: no procede de abajo arriba, sino al revés, porque en su génesis cuenta con la semilla de un sentimiento remoto de pertenencia, pero en la eclosión de estos días el pueblo ha sido el instrumento. Los guionistas del docudrama le confieren el protagonismo del domingo, la algarada, pero se reservan la parte mollar de la ficción, la pasarela y el éxito en la pequeña pantalla jugando a jefe de Estado: el reyezuelo. Han llegado los bancos y las empresas estelares al punto de hartarse, y haciendo mutis por el foro dejan la historia en punto muerto y el escenario vacío de discursos y denuedos. El pueblo queda in albis, teme que estos líderes no tuvieran las cuentas hechas y ahora les puedan empobrecer. Los guionistas nunca lo tienen todo previsto. Ernesto Sabato contó una vez en La Laguna que un personaje al que le encomendó suicidarse decidió por su cuenta salvarse. Así que ahora Cataluña está en manos del azar, la obra se escribe a estas horas contra reloj en esa brigada de guionistas capitulares. Porque el martes puede pasar de todo o de nada en la comparecencia de Puigdemont: que Cataluña se declare independiente o que Puigdemont llame de nuevo a las urnas, pero no a las urnas chinas, sino a las de verdad. La experiencia del procés en directo es como aquella erupción submarina del volcán herreño que deslumbró a la ciencia, por ser testigo en vivo.

La aparición del rey Felipe VI en la pequeña pantalla la noche del martes, en un discurso cívico-militar, nos recordó, con evidente paralelismo, a la de su padre Juan Carlos hace 36 años, en aquella alocución nocturna contra el intento de golpe de Tejero. En el diario de los avisos de esta crisis hacemos un periódico que lee la gente como una novela por entregas, estamos tratando a personajes de la vida real disfrazados de personajes de Javier Cercas. La actuación policial del día del referéndum, que Max Weber habría abarcado en su paraguas de violencia legítima de Estado, fue, sin duda, el hallazgo más afortunado de los guionistas del separatismo, todo un momentazo que el previsible Rajoy no previó. Hemos retrocedido de golpe 500 años en la historia de la génesis de España. Los hechos vuelan en una regresión al futuro poblada de internautas. Y la letra y la música las ponen unos y otros, como en las manifestaciones de ayer y las que les precedieron. Lluís Llach, el irredento compositor e intérprete, llevó siempre la rebeldía en las venas, y vino en los años 70 a Tenerife para no poder cantar, prohibido por la autoridad, y dar sentido a su canción más conocida, L’estaca: “¿No ves la estaca a la que estamos todos atados? Si no conseguimos deshacernos de ella nunca podremos caminar”. De esa guisa transitaba por las Españas de Franco, de la Transición, del Estatut… hasta llegar a Puigdemont, en las barranqueras por donde se irán CaixaBank y Freixenet. No todos cantan lo mismo: al que pregunta a Serrat, otro gallo cantaría. Nuestra posición es privilegiada.

Nos levantamos cada mañana ansiosos de conocer el siguiente capítulo. Hoy escribirá sus párrafos, en las calles de Barcelona, Mario Vargas Llosa. No faltan autores subidos al carro de España por las Ramblas, como Eduardo Mendoza o Juan Marsé, que recrudecen las diatribas de los secesionistas hacia quienes españolean con el paño cambiado, como antes Espriu o Pla. ¿Es esto, entonces, un golpe de Estado? ¿Y la Bolsa ha hablado? ¿Y es por eso que los bancos y las empresas han dado el contragolpe, con las herramientas de la política de los mercados? En este punto estamos, a las puertas del desenlace inminente con el que titulamos en portada. Seguimos levantándonos con la avidez del lector enganchado a su historia de cabecera. Esperando a Rajoy…, como un personaje de Beckett. Atrapados a la acción y la inacción de unos y otros. Cataluña, nuestro bestseller, nuestro Código Da Vinci.

Alguien copuló con la historia y procrea otras historias a su antojo y se compara con dios a la hora de los discursos televisados como si moviera los hilos en la cúpula de su mundo, y el martes es el big bang .

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a El martes es el big bang

  1. Victorio -Fidel Díaz Marrero

    Apreciado Carmelo, se puede decir más alto pero no más claro y tan didáctico.
    Un fuerte abrazo desde la Villa de Tegueste.

     

Añadir comentario